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“Jaraberos de Nochistlán”, un documental de colección de Edín Alain Martínez

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A don Nicolás Puentes Macías, con respeto y admiración

Por Gregorio Martínez Moctezuma
Corresponsal Azteca 21

¡Ay, Zacatecas, qué hermosa eres! Lástima que esta mañana tu placidez característica esté alterada por esa ola de violencia que recorre el país como un ente maldito insaciable de sangre y crueldad. Por otro lado, desafortunadamente, no es la primera vez que esa ciudad ve interrumpido su sosiego... Incitada e incluso “justificada” por el Gobierno Federal, esa ola de terror inducido cada vez más está afectando nuestra cotidianidad, al grado de que ya se le considera parte de la misma. ¡Ay, Dios mío, cuánto te debe México que lo has dejado de tu mano...!

Esto viene a cuento porque en esta entrega de “Memorias...” deseo evocar a un conjunto extraordinario zacatecano, Jaraberos de Nochistlán, tal como lo es su director, don Nicolás Puentes Macías, a quien tuve el privilegio de conocer en ¿2007, 2008? por intercesión de Alma Rita Díaz Contreras, entonces directora del Instituto de Desarrollo Artesanal del Estado de Zacatecas (IDEAZ), quien me lo presentó en su oficina y a quien le agradezco este gesto, además de ser una persona generosa, sensible y decidida impulsora de todo lo mejor zacatecano; a partir de ese momento, pude charlar con don Nicolás por más de una hora en otro lugar.

Quedamos de continuar la entrevista al día siguiente, pero sus ocupaciones contraídas por su participación en el “Festival Zacatecas del Folclor Internacional” y las mías como periodista cultural lo impidieron. Como esa charla fue inesperada, está perdida entre los respaldos de mi archivo, pero confío en recuperarla próximamente porque don Nicolás es un personaje que debe ser más conocido por su apasionada labor de rescate que ha realizado con los Jaraberos de Nochistlán.

Ahora quiero hablar de este excelente conjunto musical con motivo del documental homónimo, el cual se estrenó en esa población del sur de Zacatecas en marzo de 2010, según me refirió Esaúl Arteaga Domínguez, productor de ese audiovisual, con quien platiqué a finales de ese mes en el céntrico y tradicional café “Acrópolis” de la capital zacatecana y posteriormente en su estudio, ubicado en las afueras de la ciudad, durante mi estadía ahí para cubrir algunas actividades del Festival Cultural Zacatecas (FCZ) 2010. Días más tarde, el documental se estrenaría en el programa del FCZ, pero entonces yo ya no estaría ahí... Aquí cabe hacer otro agradecimiento, esta vez al maestro y músico cubano Ricardo Justiz, docente en la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ), a quien conocí en el vestíbulo del hotel donde me hospedaba, por haberme contactado con su colega zacatecano.

El maestro Esaúl también es docente de la Unidad Académica de Música de la UAZ y fue miembro muchos años del grupo de música folclórica latinoamericana Huayrapamushka, que aún está vigente como grupo artístico de esa universidad estatal. La primera charla fue como de reconocimiento, pues precisamente él venía llegando de Nochistlán, cansado; la segunda, por la mañana, fue la mejor y más fructífera, en su estudio, repleto de discos y libros, acompañados de un café y acuciados por el inexorable paso del tiempo. Ahí, en ese ambiente acogedor y grato charlamos del documental, Huayrapamushka, los Jaraberos de Nochistlán, la UAZ y de las dificultades en nuestro país para llevar a cabo proyectos culturales. También tengo entre mis pendientes localizar esta entrevista; ahora, vuelvo al documental.

“Jaraberos de Nochistlán” inicia con los créditos, en este caso, con los de la UAZ, su Unidad Académica de Música, el Programa Integral de Fortalecimiento Institucional (PIFI), la Coordinación de Extensión Universitaria y Esaúl Arteaga Domínguez. Después, abre la voz de Nicolás Puentes Macías, violín segundo y director del grupo homónimo, quien en el interior de un autobús dice que van rumbo a Guanajuato a cumplir su participación en la edición 37 del Festival Internacional Cervantino (FIC), en 2009, en la que Zacatecas fue el estado invitado de honor. En seguida, suena el son “Los gorgoritos” y Nicolás menciona a los integrantes de la agrupación jarabera: Josafat Puentes Vargas, arpa; José Manuel Aquino, tambora; Samuel Aguayo, voz, guitarra quinta y vihuela; David Pérez Gómez, violín primero; Antonio Sandoval, bajo y guitarrón, y “servidor” en violín segundo. Como un dato extra, los Jaraberos han sacado dos discos (o yo tengo dos, uno cortesía de don Nicolás y otro, de Esaúl) y ahí se consigna que tenían la participación de otro vocalista, Martín Díaz Muñoz. Por lo menos, bien podría hacer la reseña de esos discos en otra entrega.

Así, se van alternando imágenes del grupo tocando ese son y del viaje a Guanajuato, con inclusiones en close up del arpista y de sus dedos sobre las cuerdas; luego, vemos cómo descienden del autobús y se dirigen a sus habitaciones en el hotel. Lo siento, pero en términos generales, da la impresión de que el documental fue hecho un tanto precipitadamente, sin un guión previo, que no es requisito indispensable, pero... creo que les hizo falta. Me parece que una de sus virtudes es poder escuchar a don Nicolás, y no tocando el violín precisamente, que no lo hace nada mal, al contrario; me refiero a las anécdotas y a los recuerdos que brotan de su corazón jarabero, a la información que nos proporciona para saber más acerca de su música. A veces, quisiera sólo enfocarme en los aspectos positivos de los productos culturales relacionados con la música tradicional, ya que casi siempre es un auténtico triunfo dar a la luz uno, pero... si después de leer esta serie un lector ve lo que yo y se da cuenta de que omití algo, pues como que no va por ahí el asunto.

A continuación, don Nicolás dice que no le corresponde decir el lugar que tienen los Jaraberos, que éste se los dará sólo el trabajo, que el grupo nació en “2000, 2001”, son seis miembros, y que es un género que viene desde el siglo XIX y es el origen del mariachi, sin trompetas y con una tambora. Más adelante, otro de los integrantes –creo que Samuel Aguayo– afirma que van a cumplir una participación más para proyectar su música y realizan una labor de rescate para que se mantenga viva aquélla. Luego, se ve a los dos violinistas ensayando en el cuarto del hotel. Después, don Nicolás dice que se había perdido esa música, pero que son culpables los músicos, que no “le dimos el valor que tiene”, y aclara que se refiere a su hermano Hipólito y a él. Respecto de Hipólito Puentes dice algo así: “Quizás, no quizás, es el último de los jaraberos con nosotros”. Por cierto, añade que su hermano reside en Estados Unidos. Qué interesante sería hacer un censo o registro de los músicos tradicionales que han emigrado de sus lugares de origen y ahora están en “el otro lado”, generalmente trabajando en otra labor y algunos tocando otro género musical.

El director de los Jaraberos acota que la intención de formar el grupo fue rescatar lo que se había ido mientras se ven imágenes de Nochistlán, la placa que da cuenta de su fundación, su quiosco y una de sus iglesias principales. La voz del músico enumera algunos datos de su municipio: que está a tantos kilómetros de Guadalajara y a otros tantos de Aguascalientes, que es semillero muchos músicos, de todo tipo, de jaraberos, luego de mariachis y ahora de bandas, y que se dice que ahí debajo de cada piedra se encuentra uno. Para ilustrar esas palabras, se proyectan a continuación las imágenes de unos músicos campesinos en un costado, supongo, del Jardín Principal, tocan tambora, dos violines, guitarra y vihuela.

En seguida, el director, tal vez, interroga a don Nicolás acerca de si son jaraberos. Éste responde: “Sí, es un grupo de jaraberos, pero ellos no tocan jarabes, nosotros sí”, entonces le pregunta que cuál es la diferencia, y el músico argumenta que los jarabes fueron cayendo en desuso, que ellos se preocuparon por rescatarlos para tocarlos, así como retomaron la indumentaria, consistente en calzón y camisa de manta, ceñidor, paliacate en el cuello y sombrero; ésas son las diferencias: tocar jarabes y la indumentaria. Irónicamente, la entrevista se da cuando don Nicolás está vestido de mariachi, pues también es parte del Mariachi Imperial, de Nochistlán, con el que tiene más chamba que con los Jaraberos, me dijo esa ocasión referida.

Posteriormente, habla de las bodas, que los novios llegaban a la enramada e iniciaba el baile, que el esplendor era de las diez de la noche a las nueve de la mañana siguiente, lapso en el que se daban las competencias –que no lo eran, aclara– de las parejas de jarabe, que tanto hombres y mujeres se sentaban en los extremos, que a ésta no se le invitaba a bailar, que el hombre brincaba a la tarima y empezaba a bailar solo, y luego alguna dama tenía que acompañarlo, ya fuera la novia, la hermana u otra, pero no lo dejaban solo. Explica que se cavaba un hoyo, abajo se ponían los cántaros y encima un tablón, que era la pista de baile para que sonaran los huarachazos. Por supuesto, dice que nunca faltaba el tequila y refiere que cada vez que se alternaba un bailador le daba un trago a la botella y así consecutivamente la botella daba la vuelta, de mano en mano y de boca en boca. Luego vemos una de las mejores, para mi gusto, escenas del filme:  los Jaraberos tocan bajo la sombra de un gran árbol (creo que es un mezquite) y una pareja baila sobre la tabla, ataviados de forma tradicional, él de charro, tipo chinaco, ella de falda floreada y blusa, ambas orladas con holanes. Me parece una bella toma de un paisaje campirano. Sabor del campo de veras.

Más adelante, vemos a don Nicolás entrando a una casa y explica que ahí nació, señala dónde estaban los cuartos y unos azafranes. Luego hace una remembranza de su padre, quien fabricaba violines de forma rústica. Cuando concluía uno, le pedía a su hijo que caminara a cierta distancia para medir el alcance del instrumento... Ahí, en el patio de esa casa lo acompañan su esposa, Ana Rosa Vargas, su hija menor, Ana Lidea, y la otra hija, mayor y más alta, Alma Adelina Puentes Vargas. Para cerrar esta escena de añoranza, se produce un momento de gran emotividad: don Nicolás anuncia que va a interpretar algo que tocaba su padre, Josafat Puentes Veliz. Se oyen las notas tristes y lánguidas de su violín... “Es un lamento”, dice el jarabero, “se llama ‘La vida del hombre’, se la escuchaba mucho”, y añade que ese violín es una reliquia para él, pues lo construyó su padre, quien lo terminó el 31 de octubre de 1955, y agrega que éste murió en la ciudad de México en 1979 de cáncer en el estómago, pero, como era su deseo, lo llevaron a Nochistlán, donde el maestro Nicolás le toca en su tumba y, sollozando, comenta que lo añora, aunque, dice, está seguro de que lo está esperando para tocar un jarabe juntos. Sin duda, el momento más emotivo del documental.

A continuación, siguen comentarios de su hijo Josafat acerca de su inclusión en el grupo y de cómo piensa seguir la tradición musical familiar con sus hijos; luego se ven imágenes de los Jaraberos en un auto en un túnel de Guanajuato, donde tocaron el 17 y 18 de octubre de 2009. Otro integrante comenta que están rescatando su música, “había quedado en el olvido”, y que la han dado a conocer en varias partes de México y del extranjero. Otro: lamenta que los jóvenes no le dan valor a esa música, que se está perdiendo y que los Jaraberos han podido salir adelante a pesar de los obstáculos... En seguida, don Nicolás apostilla: “La música no se está perdiendo, nosotros estamos perdidos por no acercar a los jóvenes a este tipo de música... Nuestra vida no es de ocio, sino de proyectos, de hacer algo”. Vemos imágenes de su presentación guanajuatense en el Mercado Hidalgo y en la Plaza del Baratillo y se escucha un fragmento de un corrido: “El general Quevedo”, que les escuché a Los Jilguerillos del Huerto a finales de 2007 en Morelia, sólo que con algunas variaciones en la letra, la más inmediata, éstos decían “Mi capitán Quevedo...”. Luego suena un son, pero solamente en el violín –no cabe duda, lo que se denomina música de Tierra Caliente tiene reminiscencias en este grupo zacatecano–, y la voz del maestro Puentes Macías: “La música del campo, la música rural, de jaraberos, tiene que hablar de las cosas cotidianas... Los árboles, animales, de las aves, dependiendo de su lugar de origen, de todo lo que representa el sentir de una gente del campo... Para poder interpretarla, se necesita sentirla...”. Sigue el son, el violín solo y la voz: “El sentir de México, de los mexicanos, no lo podemos cambiar... con nada”. Pasan los créditos finales acompañados, creo, de un chotis e imágenes de viejos jaraberos... El documental está dedicado a varios jaraberos ya fallecidos y se menciona a la familia Puentes Vargas, Huayrapamushka y al grupo de danza folclórica “Tenamaxtle”, dirigido por Octavio Romo.

Desconozco si el documental ya se encuentra a la venta en DVD o está en ese proceso, pero, dada la escasez de testimonios de esta índole, es un esfuerzo loable y digno de apoyo. Si se vende, cómprelo, vale la pena para conocer más de lo nuestro y olvidar, aunque sea por un rato, estos días lúgubres y aciagos del Señor. Seguramente, el maestro Esaúl, en Zacatecas, podría dar más informes. Por mi parte, le agradezco sus atenciones y tiempo. “Jaraberos de Nochistlán”, director: Edín Alain Martínez; asistente de dirección: Mónica Luján Chávez; fotografía: Eduardo Román Quezada; coordinador del proyecto: Esaúl Arteaga Domínguez; México, 2010.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

Foto: Los Jaraberos de Nochistlán, un grupo excepcional de música tradicional mexicana.
Cortesía: Esaúl Arteaga Domínguez.

 

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