Artefactos y materiales que van de barras de copal, cuentas de piedra verde, cetros serpentiformes y cuchillos de pedernal, a vestigios de animales y otras aves como el águila dorada, tanto los individuos completos de espátula rosada (tlauhquéchol en náhuatl), como sus pieles, fueron orientados en el sentido oriente-poniente y con la cabeza dirigida hacia el ocaso.

Ciudad de México.- 7 de Septiembre de 2013.- En el marco del homenaje a su padre Alfredo López Austin, el arqueólogo Leonardo López Luján, director del Proyecto Templo Mayor, a través de la ponencia enviada y  leída por el etnohistoriador Guilhem Olivier, dio a conocer uno de los hallazgos más reveladores efectuados en el predio del Mayorazgo de Nava Chávez: la presencia de restos de siete aves espátulas rosadas, cuatro de ellas objeto de trabajos de taxidermia, en las ofrendas 99, 101, 104, 120, 128 y 141.

 

Lo anterior se dio a conocer en la tercera sesión de c onferencias del coloquio,  en la que estuvieron presentes autoridades de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), además de gran cantidad de público, reunidos en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón del Centro Cultural Universitario.

El etnohistoriador Guilhem Olivier —quien realizó junto con el doctor López Luján la ponencia titulada De ancestros, guerreros y reyes muertos. El simbolismo del tlauhquéchol—, abundó en las connotaciones de este descubrimiento, en ausencia del especialista del INAH. 

Dispuestos en compañía de una gran diversidad de artefactos y materiales que van de barras de copal, cuentas de piedra verde, cetros serpentiformes y cuchillos de pedernal, a vestigios de animales marinos y terrestres, y otras aves como el águila dorada, tanto los individuos completos de espátula rosada (tlauhquéchol en náhuatl), como sus pieles, fueron orientados en el sentido oriente-poniente y con la cabeza dirigida hacia el ocaso.

Además ¬—continuó el investigador del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM—, “siempre se hallaron asociados a imágenes de divinidades del agua y de la fertilidad y cubriendo con su rico plumaje aquellos niveles compuestos por símbolos relativos al inframundo, descrito en las fuentes como de carácter acuático, nocturno y de la muerte”.

En lo que respecta a la distribución espacial de las ofrendas halladas en el predio donde se descubrió el monolito de la diosa Tlaltecuhtli, todas fueron sepultadas bajo el piso de la plaza, exactamente al pie de la fachada principal de la pirámide (Templo Mayor) que da hacia el poniente.

El antiguo significado religioso atribuido por los antiguos nahuas al tlauhquéchol, ha brindado información relevante para comprender los móviles de los sacerdotes que las inhumaron. Éstas se relacionaban con los difuntos, en particular con los guerreros, los nobles y los reyes, teniendo connotaciones solares.

“Según lo narran Alvarado Tezozómoc y Durán, al fallecer los soberanos mexicas, sus cadáveres eran cremados en una gran pira construida para tal efecto al pie de la fachada principal del Templo Mayor. Las cenizas resultantes eran colectadas en urnas o mantas y finalmente sepultadas en el Cuauhxicalco, edificio circular ubicado al pie y al poniente de la gran pirámide”.

Así, anotó Guilhem Olivier, aconteció al menos en tres casos, con tres hermanos que se sucedieron en el trono de Tenochtitlan: Axayácatl, Tízoc y Ahuízotl.

A la luz de esta evidencia, “creemos que los ejemplares de espátula rosada, enterrados en ocasiones junto con águilas doradas y colibríes, frente al Templo Mayor, pueden aludir al Sol y a los guerreros caídos en contienda […], por tanto, su presencia en los contextos arqueológicos del recinto sagrado, serían el mejor indicio de que los cronistas no se equivocaron y que aún se encuentran los sepulcros reales de Tenochtitlan, esperando a ser descubiertos”.

Fuente: (INAH)