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Libros - September 24, 2015

“Fuácata”, novela del poeta cubano Raúl Ortega Alfonso, una oda al amor y a la literatura

par de pies perfectos, el que alimenta la amistad. El que sostiene al mundo. Para mí, de eso trata “Fuácata” (Editorial Terracota, México, 2012), la primera novela del poeta cubano Raúl Ortega Alfonso (La Habana, 1960), que también puede ser vista como un alarido, como una denuncia o como una novela de tesis.

Aunque apenas se publicó en México hace tres años, al final, en la última página, aparece fechada en Cuba en 1994. Es decir, pasaron casi veinte años para que pudiera salir a la luz. No obstante, la novela no ha perdido ni un ápice de vigencia, de calidad. Quizás hayan cambiado un tanto las circunstancias sociales que le dieron origen (Cuba en los grandes momentos del bloqueo estadounidense) o quizás sean peores, el hecho es que, entonces, a Raúl Ortega tal vez la poesía (había publicado en su país, en 1992, un magnífico poemario, “Las mujeres fabrican a los locos”) ya no le bastó para expresar las miserables e inhumanas condiciones en que vivía la mayoría de los habitantes de La Habana y tuvo que recurrir a la narrativa para poder darle salida a toda la impotencia y a la creatividad que sentía y amenazaban con explotarle y pudrirse, respectivamente, en la cara, en el alma. Tal vez comprobó que la poesía no se prestaba para darle corporeidad a tanta injusticia, a tanta desesperanza. Hablar no bastaba; apenas el alarido prolongado le daba sentido a lo que se expresaba.

En “Fuácata” (según el Diccionario de la Lengua Española, de la Real Academia Española, una interjección cubana equivalente a nuestro zas, que también implica escasez de recursos, especialmente económicos), Raúl Ortega va trazando los rasgos vitales de María y El Poeta, los dos personajes principales de la novela, hasta hacerlos coincidir y emparejarlos, acompañados de su pesimismo y amargura, de su desencanto y frustración, de su miseria y su hambre. Pero también del amor, que los salvará al final, pese a todo, incluso a la misma muerte. Esto con base en un manejo del lenguaje impecable, crudo, descarnado, sin concesiones al lector, al sistema que lo engendró ni a sí mismo. Por supuesto, otra interpretación o lectura es la falta de posibilidades de realización para la juventud cubana de la época o cómo murieron nuestros sueños en una isla autoantropófaga.

Para ello, el autor se vale de un mar de historias –al final es la misma–, de personajes entrañables, para entretejer un fresco en el que la vida cubana en los años ochenta, supongo, queda retratada en toda su brutalidad, en toda su inconmensurable desesperación. Así, la gente, el pueblo, se ve obligado a robar para sobrevivir, a traicionar, a prostituirse, a delatar… teniendo como contexto la “ronera más grande del mundo”, donde se fabrica el Havana Club.

Decía antes que la novela sigue vigente, y esto es porque su calidad literaria, su calidad de verdadera obra artística, rebasa con mucho su carácter testimonial, su denuncia, su relación de los hechos. Pero, más importante aún, con ella, Ortega Alfonso inicia su consolidación como un escritor cubano-mexicano (ya se naturalizó y vive en nuestro país) de excepcional poder narrativo, poseedor de variados recursos y técnicas, pero, sobre todo, dueño de una imaginación y un cofre lleno de historias que nos auguran grandes novelas en el futuro.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

Foto: cortesía Editorial Terracota.

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