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Por la Espiral - September 9, 2015

Las servilletas de Carmena

La empresa privada está para buscar una rentabilidad vía las plusvalías y las ganancias, sostener un equilibrio entre ingresos y adeudos, de tal suerte que el apalancamiento financiero nunca ponga en riesgo futuro ni su liquidez ni mucho menos su solvencia.

En cambio, la administración pública tiene una vocación de servicio social y humana está concebida para restar desequilibrios a una sociedad que por su naturaleza heterogénea no será uniforme; lo está además para crear estrategias para incluir a los excluidos, dar ayudas, subvenciones, subsidios; etc.

Es decir, tratar en lo más posible  de resarcir la pobreza sin tener que escatimar esfuerzo, ni recurso alguno, tampoco se trata de sobreendeudar las arcas públicas pero hay una tolerancia al déficit siempre y cuando sea manejable sobre del PIB y del pago de los compromisos futuros. 

Así como nadie quiere arruinar una empresa privada mucho menos un  municipio o las arcas de un gobierno estatal, ni llegar  a la escandalosa  situación de límite cero de Grecia, cuyas consecuencias funestas estamos atestiguando.

Yo creo que lo peor que le puede pasar tanto a la administración como a las finanzas públicas es el arribo al poder de gente sin  talento, visión ni experiencia alguna en el amalgamiento de políticas  ni mucho menos en  ejercer el gasto  mediante esquemas programáticos. 

Tan malo es quien se gasta el dinero público en proyectos estériles pensando más bien en trincar que en servir a la sociedad como malo es quien no sabe qué hacer con los ingresos, cómo ejecutar el gasto y entonces hay déficit de obra pública y social.

A COLACIÓN

Ayer conocí a Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid, una mujer inteligente y con la sobrada veteranía de profesión y vida que le han dado sus 71 bien puestos años de edad.

Ella se presentó en el Foro de Deloitte reinaugurando esta fase postverano y lo hizo además presentándose ante un importante grupo de empresarios y librepensadores de derechas, justo lo que ella no es. 

Carmena tiene cierto aire mordaz para poner las cosas en su sitio, comenzó por no definirse comunista (recordemos que ella ganó por la plataforma Ahora Madrid formada entre otros por grupos radicales de izquierdas). 

Después de escucharla me quedé con la impresión de que ella razona como lo que ha sido toda su vida: jurista y juez su hemisferio del pensamiento se ubica bajo esa lógica. Por ello es que no ve por qué debe discriminarse a  una persona de un puesto público nada más por ser familiar directo de algún miembro recientemente elegido en un cargo oficial.

Es decir, pasa por alto el nepotismo o los cargos clientelares o por compadrazgo, amiguismo o dedazo directo; y nuevamente aquí se confunde el quehacer y la gestión entre un ente privado respecto de otro público.

En la defensa de sus ideas -no de su ideología-, la alcaldesa  virtió una ristra  de esbozos de lo qué discurre por su mente y la de su equipo como la de confeccionar unas servilletas “y unas bolsas de plástico” que el Ayuntamiento podría vender a restaurantes y comercios con la finalidad de homologar que todos tengan el logo de Madrid. 

Fue el silencio en la sala y la cara de mutis y desconcierto de los asistentes lo que me recordó que Carmena no es la simpática gerente de marketing de una multinacional que busca posicionar ni sus hamburguesas, ni sus sodas, no ella es la alcaldesa con toda la envergadura de la capital de España.

Estar mentalmente más enfocada a crear productos y  marcas vendibles por el Ayuntamiento no es la esencia, ni su finalidad, me quedé con las ganas de escuchar los proyectos de mejoría del metro, de la recogida de basura, del incremento de la seguridad; de hacer menos sombría la ciudad por las noches. 

De cómo, simplemente, sin excusa alguna, será la estrategia  para dar cabida y atención a los refugiados sirios que serán trasladados próximamente a Madrid. 

 

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