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Expos y Museos - May 22, 2015

“Tras las huellas de la veneración”, muestra que revela el ceremonial mediante el cual los “tiemperos” veían por el ciclo agrícola

Este rito forma parte de una tradición prehispánica que, con una mezcla de elementos principalmente católicos, persiste hasta nuestros días. El también llamado “tiempero”, como mediador del ciclo agrícola, ejerce un control de los fenómenos atmosféricos: lluvias, rayos, tempestades, granizos, plagas, vientos y periodos de sequía, porque de esto depende la producción de alimentos.
A mediados de la década de los años 60, el antropólogo Guillermo Bonfil Batalla penetró en el mundo de los teciuhtlazquie, “el que tira o lanza granizo”. Algunas de las imágenes capturadas como parte de sus investigaciones dentro del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) forman parte de esta muestra.
La etnohistoriadora Aidaly Castañeda, curadora de la exposición, señaló que en las fotografías se puede observar cómo la ofrenda que se depositaba en cuevas y abrigos estaba compuesta por grandes cantidades de pan y fruta, agua, sal; con el tiempo se han añadido guisos y otras piezas, aunque la cruz se mantiene como un elemento primordial, porque personifica el poder de mando de un granicero viejo.
Como explica en un ensayo la historiadora del INAH, Rosa Casanova, los graniceros que acudieron a  la Cueva de las Cruces en Tepetlixpa, Morelos, fueron fotografiados por el documentalista Alfonso Muñoz, colaborador de Guillermo Bonfil, quizá desde un árbol para no irrumpir en la ceremonia; de esta manera reveló el rito, cuyas tomas guardan la sacralidad y solemnidad del acto.
“Los miembros de la corporación (de graniceros) son sujetos fundamentales que establecen el clima ritual; el fotógrafo (Muñoz) los mira en su rol de oficiantes del acto, aunque también asienta la percepción de su humanidad. La serie crea un ritmo y una narración que constituyen una constancia de ese rito en un tiempo y espacio determinados”, explicó Casanova.
De la serie de 51 negativos que integran el trabajo de Muñoz en torno al “Enfloramiento de cruces en Tepetlixpa”, seis de ellas se pueden admirar en Tras las huellas de la veneración. Estas instantáneas han sido publicadas por otra historiadora del INAH, Margarita Loera, en su libro Memoria india en templos cristianos.
En esta exposición destacan además tomas de la serie “Imágenes de lo sagrado”, del fotógrafo Everardo Rivera. En las alturas del volcán Popocatépetl, aparece en primer plano la expresión absorta de los devotos. Con cirios y ofrenda en mano, su fe parece inquebrantable mientras permanecen hincados sobre la nieve del paraje Las Cruces, a 4,500 msnm y a 700 metros bajo la cumbre de “Don Goyo”.
La muestra, que ha contado con el apoyo del INAH a través del Proyecto Eje de Investigación, Conservación y Restauración del Patrimonio Cultural y Ecológico de los Volcanes, da cuenta de las transformaciones en el ritual de los texispec, “bendecidor y espantador de granizo”, o teciuhpeuhqui, “aquel que vence al granizo”, evidentes principalmente en los elementos de la ofrenda.
Algunos de los graniceros que mantienen y salvaguardan la tradición son Don Pedro —quien sigue los pasos de su padre, Aniceto Córdoba Páez, “Don Cheto”— y también don Moisés Vega Mendoza; a ellos se les ve ofrendando o haciendo “limpias” en Amacuilecatl o la Cueva de Tlalpanzingo, lugares sagrados.
El arqueólogo Arturo Montero, coordinador de la exhibición fotográfica junto con don Moisés Vega, explicó que hoy en día a los que trabajan con las nubes (clima) se les denomina, de acuerdo con su región, “graniceros” en el Estado de México, “tiemperos” en Puebla y “misioneros del temporal” en Morelos, a los que se suma otra media docena de nombres.
Por medio del rayo ellos reciben el poder de curar, pedir la lluvia, evitar plagas, desviar el granizo e impedir las sequías. Quienes mueren por esta causa estarán destinados a trabajar desde el cielo. También se puede ser granicero por herencia familiar o por revelación onírica. Esta congregación actúa en laderas, cañadas, cuevas, cimas y santuarios.
Ya en la Breve relación de los dioses y ritos de la gentilidad, escrita en 1569 por Pedro Ponce, y en el Manual de ministros de indios para el conocimiento de sus idolatrías, de Jacinto de la Serna (contemporáneo del primero), se daba cuenta de la celebración de esta ritualidad en las inmediaciones de la Sierra de Tlaxcala y en Tenango, al pie del Nevado de Toluca.

Fuente: (CONACULTA)

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