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Columnista Invitado - March 13, 2015

Tengo perdido un país

Era un país donde encontré grandes amigos, paz, solidaridad, amor, unión y progreso. Era un país donde todos vivíamos como hermanos, como en familia y si moríamos lejos de él, solíamos decir que dijeran que estaba dormido y que me trajeran a él. México lindo y querido, así le llamábamos. Hoy ya no, ni siquiera podemos dormir en paz.

     Era un país, donde, desde Sonora a Yucatán, no solo se usaban sombreros Tardan, sino donde, en todo este territorio había alegría, facundia, humor y folclor. Hoy ya no, solo escuchamos gritos, terror y lamentos.

      Era un país donde salías a bailar desde las 5 de la tarde, pues quien no conocía eñ salón Los Ángeles, no conocía la Ciudad de México y no faltaban lugares como el California Dancing Club que tenía un señalado aviso que decía “Se suplica a los caballeros no arrojen las colillas de cigarro al piso porque las señoritas se queman las patas”  Y después de escuchar y bailar con las mejores danzoneras de México te seguías el reventón en el Tío Sam, el Social, el Azteca o el Savoy para terminar en “El Burro” en ese mismos estado y no pasaba nada. Podías dormir tranquilamente, sin sobresaltos ni angustias y mucho menos balaceras.

     Era un país donde podías estar seguro a cualquier hora del día en la parada de un camión sin que te pasara nada. Nadie te asaltaba en plena luz del día, ni eras víctima del secuestro “exprés”  Era un país donde, con una mochila en la espalda y una tienda de campaña podías conocer cientos de lugares, donde los mismos campesinos y pescadores eran tus amigos, te daban de comer de lo poco que tenían y te cuidaban. Hoy huyen de tu presencia y si bien te va, se esconden.

       Era un país donde el alumno respetaba al maestro y este se dedicaba a enseñar, no hacían manifestaciones, ni disturbios, ni se suspendían las clases por cualquier pretexto y la fiestas patrias y los acontecimiento históricos se celebraban en su día. El 5 de febrero era el 5 de febrero, el 21 de marzo era el 21 de marzo, el 20 de noviembre era el 20 de noviembre y así se respetaba y se promovía, no solo la identidad nacional, sino el civismo ciudadano.

     Era un país donde nuestros amigos eran bien recibidos en casa y se disfrutaba en ella de cumpleaños, aniversarios, celebraciones, posadas, rosca de reyes y un titipuchal de acontecimientos más, sin necesidad de ir al “antro”.

     Era un país donde ibas a comprar un par de zapatos, un pantalón o una camisa y aún te quedaba dinero para invitar a la novia al cine y comprarle sus “palomitas”. Donde cada semana, desde que eras pequeño recibías tu “domingo” que te alcanzaba para la torta, el refresco y el helado.  

      Era un país donde disfruté de sus blancas playas sin sentir la discriminación de ser mexicano y no pagar con dólares, de sumergirme en aguas de increíble transparencia y bellos animales que ahora han desaparecido o emigrado por la brutal contaminación que solapan las autoridades. Donde al llegar a un país extranjero y preguntarme mi nacionalidad, respondía orgullosamente ¡SOY MEXICANO!,  y recibía, por lo regular la petición de transmitirle saludos a Pancho Villa, sin lugar a dudas el más popular de nuestros revolucionarios en el extranjero. Hoy, me da vergüenza enseñar mi pasaporte y verme tratado como vil delincuente.

     Hoy les pido a mis amigos y lectores, con el corazón roto y lágrimas en los ojos de tanto extrañarlo, que si ustedes lo ven, le digan que llevó en mi mente su imagen, su aroma en mi piel,  su recuerdo en el corazón y que sueño con encontrarlo y volverlo a ver.

     Por favor, ayúdenme a difundir este mensaje, que con todo el dolor de mi corazón escribí esta mañana y quizás alguno de ustedes me dé una pista de dónde encontrarlo, porque después de esta vida, no tengo otra oportunidad. Aunque digan que estoy dormido, tengo perdido un país.   

 

      

FILOSOFÍA  PESQUERA,

     Beto  “El Manotas” viejo pescador le explica a un joven colega:

     Mira “Charal”. Cuando uno está muerto, uno no sabe que está muerto, pero los demás sí lo saben y ellos son los que sufren. Lo mismo pasa cuando uno es pendejo.

                                 

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