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Por la Espiral - February 2, 2015

La delgada línea roja

Su actualización es de una impronta indiscutible, primordialmente urge dotarla con mayor autoridad ante el desarrollo de los conflictos que ponen en riesgo a la población civil.
Asimismo transformarse en un organismo respetable que logre contener el desgaje del bosque de la civilidad y de la deshumanización. Las cabezas cortadas  por los yihadistas devuelven a esta Civilización a los tiempos de Vlad “el empalador” y  sus sanguinarias formas de matar al enemigo.
Desde su  creación bajo la Liga de las Naciones, con la ratificación del Tratado de Versalles (enero de 1920) en pleno siglo XXI, a la ONU se le desdibujan los objetivos de promover la cooperación internacional, lograr la paz y seguridad internacional.
La complicidad con Estados Unidos para la invasión de Irak en marzo de 2003 también figura como una de las acciones más polémicas del organismo.
En la actualidad es Irak y Siria con los guerrilleros del Estado Islámico los que provocan un terror denodado entre la población y pone contra las cuerdas la capacidad de pacificar de las Naciones Unidas, su mediación en los conflictos y la atención a los afectados.
Todos quisiéramos que los desequilibrios fueran menos y los equilibrios más, sobre todo en pro de la continuidad. Para muchos analistas después de la Segunda Guerra Mundial, el mundo ha experimentado su periodo de “paz” más largo de su historia.
El entrecomillado es entendible por todas las guerras civiles y conflictos armados acontecidos en el mundo desde 1945 a la fecha. Muchos países de África viven en reiterado conflicto de intereses lo que provoca guerras civiles e insurrecciones. 
Por ello es que, ante los desajustes, más la incipiente credibilidad en los organismos interlocutores, no llega la hora en que emerja una propuesta congruente para reestructurar, democratizar y fortalecer a la ONU y llevarla a convertirse en un verdadero fiel de la balanza.
A COLACIÓN
Guerra y desplazamientos. Conflictos y movimientos humanos.  El informe de la ACNUR es escalofriante: “El número de desplazados y refugiados ha alcanzado su nivel máximo desde la Segunda Guerra Mundial. A finales de 2013, unos 51 millones de personas vivían alejados de sus hogares como consecuencia de los conflictos, la persecución y la violencia generalizada”.
Y aún hay más: “En el mundo hay ya unos 33.3 millones de desplazados dentro de sus propios países y 16.7 millones de refugiados en otros países. Estos últimos son 2.5 millones más que en 2012, un incremento que no se observaba, según la ONU, desde 1994, durante las guerras de los Balcanes y el genocidio de Ruanda.”
Y con el nuevo conflicto en Irak y Siria, con los del Estado Islámico,  se añade   más presión para la capacidad de gestión e intervención de la ONU, para preservar precisamente la paz de todos los ciudadanos del mundo.
Precisamente la ACNUR señala que el año pasado, las solicitudes de asilo en los países industrializados aumentaron  8%,  en buena medida por los conflictos en Siria, Afganistán, Irak y Somalia.
El  principal país receptor de las solicitudes de asilo es Estados Unidos con 83 mil 400 peticiones (7 mil 400 más que en 2011), mayoritariamente procedentes de China (24%), México (17%) y El Salvador (7%).
Es decir, que la aldea global resulta ser un mundillo harto difícil, las tensiones sociales y civiles aunadas con las rupturas económicas y las disputas políticas constituyen un desafío real.
Pero también está el otro cáncer desestabilizador y no es únicamente el que deriva del terrorismo sino también el de los grupos de control de  la droga.
En México existe una correlación directamente proporcional entre el incremento en el número de solicitudes de asilo político con la virulencia del narcotráfico y sus grupos de poder en los estados de la zona norte del país.
En todo caso, sea en conflictos pequeños o grandes, la ONU requiere desde mucho tiempo atrás de una mayor capacidad de acción y gestión de una crisis humanitaria. La paz a veces parece una delgada línea roja.

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