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Columnista Invitado - October 17, 2014

Animalismo no es humanismo

Algunos antropólogos han apuntado (y Bruce Chatwin recogió esta teoría) que hubo cierto gran felino prehistórico que se alimentaba de homínidos y contra el cual éstos se asociaron por primera vez. En cualquier caso, la batalla ha terminado y los animales han sido derrotados definitivamente. Ya no son una amenaza ni rivales dignos de consideración, por lo que todos -incluso los más fieros, el tiburón blanco, el tigre de Bengala o la cobra- se han convertido en pobres animalitos. Merecen nuestra compasión como víctimas ya que los hemos vencido. Fue precisamente Gautama Buda, en el ‘Sutta-Nipata’, quien por primera vez señaló que tenemos una responsabilidad con ellos porque somos los más poderosos.

Desde esta óptica las corridas de toros, que simbolizan a su modo el ancestral enfrentamiento del hombre con la bestia, resultan para algunos reprobables. Y sin embargo en ellas la fiera, el toro bravo, recupera algo de su perdida y temible dignidad. En cualquier caso, lo que resulta excesivo es pretender homologar éticamente a los animales con los humanos y dotarlos por tanto de derechos como los que reconocemos a éstos.

A veces se argumenta que también antaño se negaron tales derechos y hasta la posesión de alma a los negros o las mujeres. Es un razonamiento radicalmente antihumanista, que podría cínicamente ser interpretado así: «Ya que hoy pueden tener derechos humanos los negros o las mujeres. ¿por qué no vamos a reconocérselos también a los chimpancés y a las vacas?». Evidentemente, el progreso de la comprensión ética no va bien por ese camino.

Hay otra argumentación antitaurina no menos chocante. Cuando se constata, obviamente, que la desaparición de las corridas supondría dejar de criar reses bravas y enviar al matadero a los cientos de miles existentes, algunos radicales dan por bueno ese exterminio si de tal modo se acaba con el dolor de los toros en la plaza. Ahora bien, todos los seres vivos padecen dolor y sin duda los seres humanos son más capaces de sufrimiento que ningún otro, por tener imaginación y memoria. Al final de su obra ‘El mundo como voluntad y representación’, el pesimista Schopenhauer -convencido de que nuestra existencia es fundamentalmente dolorosa- abogó porque la verdadera actitud ética de la humanidad sería renunciar a la procreación y dejar de reproducirse. Otros, aún más atroces, proponen esterilizar en los países del Tercer Mundo a la mayoría de la población, para evitar nuevas vidas destinadas a padecer sufrimientos y miserias. Quienes no compartimos ese planteamiento apocalíptico para los humanos, difícilmente podemos encontrar razones para extenderlo a otras especies, aunque no sean nuestros semejantes. El dolor es uno de los precios que pagamos por la vida -la muerte es nuestra deuda definitiva- pero no anula ni condena el valor de la existencia.

Es evidente que no podemos tratar a los animales como meras cosas, porque son seres vivos y por tanto sensibles. Pero a cada especie la consideramos según su propia naturaleza y también según las exigencias de la nuestra. El hombre ha criado -que casi equivale a decir ‘creado’- las especies que nos alimentan, nos visten, nos prestan su fuerza o participan en nuestros ritos.
No es maltrato adecuarlos a la función para la que su condición les dispone. En el caso del toro de lidia, el trato adecuado es lidiar a ese escaso 5% de la especie que justifica con su combate bravo en la plaza -que nada tiene que ver con la tortura- la perpetuación del resto de la raza.

* (San Sebastián, 1947) Filósofo y escritor español dedicado sobre todo a la reflexión sobre la ética. Profesor de Filosofía en diversas universidades, y más tarde de Ética en la Universidad del País Vasco, su amplia labor de divulgación y de crítica cultural lo ha convertido en un referente imprescindible para toda una generación en España. Sus comentarios críticos, sus gustos y claves de lectura son determinantes para la configuración del gusto estético y de los hábitos de lectura de su multitud de seguidores. En su obra se ha dado, además, el raro fenómeno de que libros cuyo tema central es la ética se hayan convertido casi en best-sellers, como ha sucedido con su Ética para Amador (1995) o El contenido de la felicidad (1996).

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