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Por la Espiral - July 13, 2014

Alisios de Tierra Santa

El proyecto sionista, tras la Segunda Guerra Mundial, es en realidad británico; son los ingleses los  más aferrados en la  tierra prometida.
La maldición del judío errante llevada al exceso, como si se tratara de pagar un pecado histórico. El conflicto no podría recalar en peor sitio.
La portada del ABC muestra a Haifa rodeada de alambres, se trata del puerto de entrada a la entonces Palestina y en la foto, en blanco y negro, figura  un judío de contrabando; alguien introducido sin papeles a un país, hasta ese momento,  dominado  por árabes.
También el editorial reza que “los palestinos amenazan con actos terroristas a los británicos”. En la actualidad,  en pleno siglo XXI, nos parecerá de lo más común, máxime después de los hechos perpetrados el 11 de septiembre de 2001 y sus posteriores secuelas, nefastas y condenables, en Gran Bretaña y España.
Pero el entramado  tétrico es que, al pueblo palestino, se le ha segregado, robado y despojado.  La misma política dura y fascista de los Nazis contra los judíos ha sido aplicada por éstos hacia los palestinos. Hasta replegarlos, boicotearlos, quebrarles sus negocios;  expulsarlos del territorio.
Es como una amiba invasora que anida en el cuerpo humano y termina ganando la batalla contra los glóbulos blancos hasta asirse del control total.
La de palestinos y judíos es una historia cruel. En la Segunda Guerra Mundial (1939-1945)  el llamado “pueblo de Yahvé” pagó por la ira de Hitler. Distintos documentales hablan de más de 6 millones de judíos fallecidos en el Holocausto.
Después vino la redención, la política sionista de expansión familiar, que había que impulsar desde un Estado inexistente hasta el término de la conflagración mundial.
Con medio mundo mal herido había que elegir tierra para la expansión del pueblo judío y fueron los británicos quienes decidieron. Entre las penumbras de la Historia quedan muchos por qué y cuánto dinero e intereses hubo detrás.
Lo diametralmente verídico es que el mundo Árabe ha vivido en una especie de guerra permanente, dado que el virus del odio y divisionismo fue sembrado desde entonces y la marisma de cambios ha sido trascendente.
De alguna forma se evitó que el polo de poder central fuera el eje árabe-musulmán para que predominara el Occidental-Católico-Cristiano. Empero, las consecuencias están a la vista de todos.
A COLACIÓN
Es el año del Jubileo, la conclusión del 2000, el número fatídico que levantó toda serie de suspicacias oscuras acerca del fin del mundo. Soy testigo fiel de lo qué pasa en Israel.
Mi desembarco en Haifa, el puerto de entrada a Israel, me muestra submarinos, portaaviones y otros barcos con un sistema para destruir mísiles. En ese momento reparo que me encuentro en tierras ajenas y especialmente complicadas.
Todavía me lo recuerda la joven judía que toma mi pasaporte mexicano y pregunta en hebreo a su compañera si México es un país terrorista o no; y por ende yo tengo derecho a ingresar o no a su país.
Finalmente me dejan pasar  y conmigo a diez mexicanos más que vamos en ese periplo de viajeros europeos en visita a Tierra Santa.  Pero Haifa es únicamente la salutación.
Jerusalén me muestra su encanto y desencanto. Yo le pregunto al guía que  nos desdibuja la ciudad por qué de repente de un barrio a otro,  de una acera a otra, vemos casas opulentas y otras con aguas residuales, fecales y de aspecto fantasmal.
Él me explica que son las casas abandonadas por los palestinos “debido a que el gobierno israelí les cortó el suministro eléctrico o el agua; aumentó los impuestos de sus comercios o cayeron totalmente sus ventas hasta hundirlos y dejarlos en la opción real de abandonar e irse a replegar hacia Belén.”
Es decir, la misma política antisemita nazista sobre de los judíos, esta vez aplicada por los judíos hacia los palestinos. La misma fórmula. Ojo por ojo, diente por diente.
Después, entre Jerusalén y Belén, observo una alambrada que va construyéndose. Es el año de 2000. Catorce años después, el Estado de Israel ha despojado a los palestinos, los ha replegado; allí están del otro lado de la valla alambrada. Hace rato los acaban de bombardear, la flama sigue encendida hasta que no termine de introducirnos en otra gran conflagración global de la que nadie saldrá ganador.

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