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Columnista Invitado - April 21, 2014

¡Llegó la hora de actuar!

Constantemente escucho voces de lamento. Nos vemos rodeados de problemas y no de soluciones. La situación se perpetúa sin una aparente salida.

Por generaciones, un sector reducido de personas -auto denominadas “políticos”- acompañados de una vil elite empresarial, han tomado pésimas decisiones, propiciando: corrupción, su enriquecimiento, atraso, pobreza, división, ignorancia, discriminación, rencor, violencia y miedo. El desánimo se aposentó en el país, hasta el punto de renegar de nuestra identidad.

México no lo merece.

Fallamos nosotros, no él.

Falta valor para enfrentar la injusticia. Dignidad contra la arrogancia. Claridad que limpie confusiones… Dios se ha convertido en recurso de los usurpados. La clase dominante parece no invocarlo.

El nicho que nos cobija, se aloja en la resignación, aunque enojo y descontento han crecido hasta llegar al colmo.

Nuestros líderes optan por cuidarse de la burla y el escarnio silencioso. Marcan distancia y en lo posible ausencia. Hablan con larga parsimonia para evitar mostrar su evidente ignorancia. Aparentan un Estado de Derecho, mientras cobijan al cómplice. Desconocen la lógica y nosotros la indignación. La decadencia ha sido demasiado larga. Tanto así, que aprendimos a vivir con ella.  En esta absoluta oscuridad, ya no parecemos requerir de LUZ.

¿Qué dónde está?

En la educación en todos los niveles, direcciones y sentidos.

En el fomento -hasta la obsesión- por la sofisticación cultural.

En la investigación, ciencia y tecnología. En encender imaginación y propuesta.

En pensar en los desposeídos.

En el castigo ejemplar a los que históricamente se han burlado de la justicia. También a los que piensen que seguirá siendo posible.

En arrancarle las máscaras a los que dolosamente han engañado a generaciones enteras.

En imponer la honestidad como un principio nacional.

En oponernos a corromper o ser corrompidos.

En el rediseño de la ley. Simple, claro y aplicable a todos.

En la unión de este noble pueblo.

En recoger nuestra basura y limpiar a México. Ríos, valles, montañas, litorales, calles y hasta el subsuelo claman por mayores cuidados.  Veneremos flora y fauna.

En poder vernos a los ojos sin vergüenza.

En abrazar a la diversidad de etnias, con un sentido de igualdad y no limosna.

En cambiar suspicacia por entrega.

En no tomar lo que no es mío.

En denunciar lo que incomode a otros o a mí.

En levantar el optimismo, la esperanza y la fe.

En ser ejemplo y no excepción.

En creer en nuestra juventud y escuchar a nuestra vejez.

En cultivar el valor espiritual… intrínseco.

En saber que himno, bandera y escudo son mi identidad.

Las familias comparten sentimientos sonriendo a la escasez impuesta.

Amamos el alegre son del mariachi y la jarana. En la sangre hierve la redoba, la trova y las notas de Moncayo  o Manzanero. Las odas al amor de un trío, entornan nuestros ojos.

Comemos platillos fuertes de carácter… saben a chile y marcan paladares.

El color de la patria se hace eléctrico con el fuego de artificio.

Las letras de Paz, Novo, Monsivais y Fuentes nos señalan.

Orozco, Siqueiros, y Rivera nos dibujan.

Con todo esto… es fácil concluir que ser lo que aspiramos nos llevará al orgullo, no al rubor.

Pensamos igual. Queremos lo mismo. Sabemos que es factible, aunque decaemos ante el horizonte.

Pero… Llegó la hora de actuar. Trabajemos por lo que se pensaba imposible… irremontable.

Claramente así, cambiaremos crisis por cambio. Maleza indomable por camino. “Esto” indescriptible aunque detestable, por algo digno para los que vengan detrás.

La Revolución del Intelecto depende de todos.

Primeramente de ti.

Si esto te entusiasma, reprodúcelo por todos los rincones de México.

Por una simple razón y la repito: ¡Llegó la hora de actuar!

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