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Por la Espiral - April 11, 2014

En busca de contrapesos

Demasiados desequilibrios con irrupción social: demográficos,  climáticos, económicos y políticos. Desde el Estado Nación hasta la célula de la familia tradicional están en crisis.
No será un siglo fácil y si se mira al pasado más reciente tenemos que  fue catastrófico con millones de muertos y que quizá “la paz” después de la Segunda Guerra Mundial ha sido la más duradera en los últimos sesenta y tres años.
Aunque siempre sobre de una delgada línea roja menguada en la medida  que los interlocutores globales van quedando incapacitados para aglutinar, consensuar y actuar.
La Organización de las Naciones Unidas (ONU) no deja demostrar su debilidad acentuada en los últimos años, desde su incipiente creación bajo la Liga de las Naciones con la ratificación del Tratado de Versalles en enero de 1920,  en la actualidad se le desdibujan los objetivos de promover la cooperación internacional, lograr la paz y seguridad internacional.
No debemos soslayar el ridículo mayúsculo que hizo la ONU con lo de Irak, al avalar la invasión estadounidense, que ha pagado con creces convertido en un  interlocutor ignorado: ni Rusia con Georgia, ni Israel con Palestina; ni siquiera los estados africanos le prestan atención con facciones confrontadas en verdaderas guerras civiles con niños, mujeres y ancianos de víctimas del  coltán, los diamantes, el carbón o el petróleo.
Ante los desequilibrios, más la incipiente credibilidad en los organismos interlocutores, parece que no llega la hora en que emerja una propuesta de credibilidad para reestructurar, democratizar y fortalecer a la ONU y llevarla a ser un verdadero fiel de la balanza.
A COLACIÓN    
Una aldea global violenta: a la espera de que la ONU y la ACNUR actualicen los datos, sabemos que en 2007 había 15 guerras en desarrollo en el mundo; el globo terráqueo tiene más de 30 mil armas nucleares; cerca de 600 millones de armas de fuego con un tráfico ilegal creciente.
Las consecuencias, desde luego además del incremento en la tensión internacional, recalan en millones de personas que huyen de estos conflictos, abandonan su lugar de origen y se asientan en los límites con los países vecinos creando verdaderos vecindarios fantasma, territorios de nadie, fuera de presupuestos y sometidas a una economía tribal de práctica de intercambio y trueque, de mera supervivencia humana.
En 2008, el Consejo Noruego por  los Refugiados estudió a los desplazados debido a guerras, conflictos armados, luchas entre sectas o facciones, encontrando que aproximadamente 26 millones de personas figuran en  la categoría señalada.
Otras 16 millones  buscaron refugio en otros países  de la misma zona geográfica y si su capacidad económica lo permitió eligieron mudarse a otro continente en busca de familiares que anteriormente emigraron.
Los principales focos de conflicto están localizados en África, Medio Oriente y sur-suroeste de Asia.
Sin embargo, hay otros a los que nos hemos ido acostumbrando en la región de América Latina en Colombia, Centroamérica y México, añadiendo una corriente humana de desplazados  por el hambre, falta de oportunidades, narcoviolencia y  exclusión.
Faltaría sumar a los otros desplazados y refugiados por su condición de damnificados de catástrofes naturales o bien porque dejan el terruño en busca de agua y de otros insumos vitales.
Que todos los países cuenten por igual en la ONU, sin cuotas ni repartos de poder, hacerlo efectivo permitiría llevar políticos de alto nivel al seno del Consejo para ganarse a pulso los consensos y sumar mayorías.
Permitiría buscar un diálogo efectivo, no un sistema de mínimos que impone su jerarquía a muchos. Los tiempos apremian sobre todo con países que van emulando a Estados Unidos con el unilateralismo del que presume,  hay que mirar con bastante reserva el posicionamiento estratégico de Rusia, China e India dentro del mapa de los energéticos renovables y no renovables.
Así es que hay que echar manos a la obra, que nuestros líderes mundiales además de preocuparse por el rumbo del capitalismo atiendan el  deber civil y moral de ocuparse por solidificar a las instituciones para lograr los equilibrios y  contrapesos necesarios, de forma urgente.

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