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Inolvidables - November 24, 2013

Rememoran al gran muralista Diego Rivera, fallecido el 24 de noviembre de 1957 en la Ciudad de México

 

Para Guillermina Guadarrama Peña, investigadora del Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de Artes Plásticas (Cenidiap) del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), no podemos imaginarnos “un México sin los murales de Diego Rivera, el colorido, el trazo, su capacidad de trabajo, los temas, sus diversas etapas. Él fue el gran constructor del muralismo”, afirma.

Un plumeado preciso, así define el muralista Antonio González Orozco, el trabajo de Diego Rivera, a quien tuvo lo fortuna de conocer cuando él era estudiante en la Academia de San Carlos y Rivera acudió a impartir un curso, precisamente sobre muralismo.

Y para Diego López Rivera, nieto del artista, la mejor forma de celebrar a su abuelo es continuar con la labor de la fundación que él preside, y la cual se dedica a la promoción y difusión de la vida y obra del pintor, y en particular a desarrollar programas de pintura mural dirigidos a jóvenes de zonas marginadas. Proporcionar a los jóvenes conocimientos y un mayor dominio de técnicas les permite desarrollar un oficio y “es una muy buena manera de celebrar en forma permanente al maestro”, dijo.

En sitios como Palacio Nacional, el Palacio de Bellas Artes, la Secretaría de Educación Pública (SEP) y el Palacio de Cortés, entre muchos otros recintos nacionales, así como en algunas ciudades del extranjero, su pintura es fiel representante del México contemporáneo.

“¡Diego Rivera!”, es el nombre que todos los entrevistados pronuncian sin pensar, cuando se les pide el nombre de un pintor mexicano, y es que el muralista –a 56 años de haber fallecido– continúa siendo el artista mexicano más reconocido tanto en el país como en el extranjero.

El Muse de l’Orangerie, que inauguró el 9 de octubre de 2013 la muestra Frida Kahlo/Diego Rivera. El arte en fusión en París, recibió tan solo en la primera semana de su exhibición a 18 mil 700 personas.

La exposición confirma que Rivera no es solo el muralista más reconocido internacionalmente, sino que también cuenta con una importante obra de caballete, en la que imprimió su particular estilo y desarrolló diversas técnicas, como el cubismo. Esta muestra incluye obras de su juventud muy poco conocidas, realizadas durante sus años en Europa.

El muralista del Estado

El 8 de diciembre de 1886, en la ciudad de Guanajuato vio la primera luz Diego María de la Concepción Juan Nepomuceno Estanislao de la Rivera y Barrientos Acosta y Rodríguez, mejor conocido como Diego Rivera, y aun después de su muerte, el 24 de noviembre de 1957 en la Ciudad de México, permanece como uno de los máximos representantes del arte en México.

Fue el gran constructor del muralismo. Una gran cantidad de murales que existe en México es de Diego Rivera. Siempre le llamaron el muralista del Estado. “En cierto sentido es correcto, ya que tiene una etapa en la cual fue muy condescendiente con el Estado, pero de algo se tiene que vivir”, afirma Guillermina Guadarrama.

“Tuvo su etapa roja, rebelde. Con su mural en el Rockefeller Center, en Nueva York, empezó a pintar en forma mucho  más agresiva. Se le criticó mucho porque se fue a Estados Unidos contratado. No lo logró Siqueiros, no lo logró Orozco; él llegó porque lo conocían. Le destruyeron el mural por poner a Lenin y a partir de allí comenzó una etapa mucho más fuerte.

“En la New Worker’s  School pintó al Ku Klux Klan, las religiones, la muerte de las ideologías, que por desgracia se quemó o lo quemaron. Esa etapa lo hizo más rebelde, podía hacer más escándalos de los que siempre hizo.”

Se le criticó porque tuvo vinculación con la iniciativa privada, “pero eran los que compraban los cuadros, no había de otra –señala la maestra Guadarrama–, y con todo lo que se le puede criticar, uno no puede dejar de reconocer la maravilla del trabajo al fresco, sus retratos maravillosos. No cualquier lo hace. Hasta ahora, no he encontrado a otro que lo haya logrado sin contar con elementos tecnológicos. Actualmente se ayudan con la fotografía y con el proyector, pero sin estos elementos no lo logran.”

Rivera recogió todo el colorido mexicano, lo resumió y lo llevó a su máxima expresión. “Representó por primera vez al obrero y al campesino en una obra pública que todo mundo ha visto en la Secretaría de Educación Pública. La gente que compraba los cuadros comenzó a escandalizarse: ‘¿cómo un obrero moreno?’, ¿cómo un indígena?; no más güeritos, no más mujeres con siluetas estilizadas, blancas, de ojos verdes, preciosas: ya no eran motivo de una obra mural.”

Respecto a su pintura de caballete, Guillermina Guadarrama comenta que gran parte de ella son retratos, “pero son magníficos. Es una etapa en la cual muchos soldados y generales se hicieron ricos, y las esposas se vestían como tehuanas para recuperar lo mexicano. Los años veinte y treinta del siglo XX conformaron una etapa en la que trataron de imponer lo que se consideraba mexicano: el petate, el indígena. En los cuadros de Rivera aparecen indígenas, hombres y mujeres del pueblo, su flor preferida (el alcatraz), niños indígenas en su sillita tejida.”

Lo exótico fue lo que llamó la atención, y él provocó mucho de ese exotismo por medio de su obra mural y de caballete. Su última etapa es muy romántica y melancólica. Entre sus últimas obras se encuentran el retrato a la hija de Dolores Olmedo, las marinas de Acapulco; su etapa en Rusia: los niños en su entorno con sus gorros en la nieve, en trineo.

“No acabaríamos de hablar de cada cuadro”, dice la investigadora, quien relata que hace poco la invitaron a dar una conferencia al Hospital Infantil sobre los dos murales de Rivera que allí se encuentran: La piñata y Los niños pidiendo posada, y dice que quedó sorprendida al ver cómo refleja en la alberca la luna, el coro de niños, el trazo perfecto del huarache del niño, la trenza; la diferencia entre niños urbanos e indígenas.

“Diego Rivera tenía una utopía de un futuro mejor. Para mí, el mural de Palacio Nacional me lo dice, su visión de que el socialismo sería la solución a los problemas de aquella época, porque él vivió en la Unión Soviética, aunque vivió como privilegiado, pero él no pensaba así.

“En el Cuauhtémoc de Palacio Nacional puso a un lado a la Coyolxahuqui, recién descubierta. No perdía detalle. Tenía un gran temor a dejar un espacio en blanco, pero también significa que dominaba la técnica y los temas que abordaba. Durante muchos años, Diego Rivera fue el único mexicano reconocido internacionalmente. Desde luego que Diego Rivera sigue vigente, es una figura emblemática de México”, comenta la investigadora del Cenidiap.

Inspiración

Para Antonio González Orozco, los murales de Diego Rivera fueron una de las causas por las que él mismo decidió convertirse en muralista. Estudiante de la Academia de San Carlos, recuerda que él quería que su obra fuera conocida por un gran número de personas, tal como sucedía con el trabajo de Rivera.

Tuvo la suerte de que el mismo Diego fuera a la Academia a impartir un curso sobre muralismo. “Fueron unos cuantos días”, señala, “pero la huella que dejó en mi vida ha permanecido.”

Lo recuerda como un hombre fuerte y de gran conocimiento. “Sabía de todo y tenía mucho ingenio al hablar en público”. Señala, asimismo, que su obra es de una gran precisión en el trazo.

Este sí es mi nieto

Diego López Rivera tenía cinco años de edad cuando murió su abuelo Diego Rivera. Recuerda que le gustaba vestirse de vaquero, lo que obviamente disgustaba a su abuelo, quien decía que ese niño no era su nieto. En una ocasión, rememora Diego López, “me quitó lo que traía puesto y me dijo una grosería y yo le respondí con otra. Entonces me tomó en sus brazos y dijo: ‘este sí es mi nieto’.

“Hubiera sido muy interesante llegar a adulto y tener el privilegio de estar cerca de él, ya a otro nivel. Seguramente hubiéramos discutido mucho, porque él era de un carácter fuerte y un hombre de una inteligencia abrumadora, pero uno se defiende y tiene sus propios puntos de vista. Entonces, discutir con el abuelo hubiera sido muy interesante y seguramente habría aprendido muchas cosas de él”, señala el actual presidente de la Fundación Diego Rivera.

Dicha organización tiene cerca de 14 años de haber sido constituida. “Nos dedicamos fundamentalmente a la promoción y difusión de la vida y obra de Diego Rivera, y en particular a desarrollar programas de pintura mural con sentido social. Trabajamos con jóvenes de zonas marginadas o en condición de marginación, y a través de instituciones gubernamentales hemos desarrollado ya, por cerca de tres años, un programa especial con la SEP de fomento a la pintura mural con jóvenes de secundaria. En este momento se realiza en Morelos, y en el municipio de San Miguel de Allende, Guanajuato, comenzará en febrero de 2014.

“Para mi esa es la mejor manera de celebrar a mi abuelo. Si él estuviera vivo encomiaría la importancia que tiene la pintura mural, sobre todo el arte público en este momento, y que, como Fundación, uno de nuestros programas principales es el fomento a la pintura mural, para que no se pierda la técnica al fresco, para que los jóvenes pasen al muralismo del grafiti, que no es malo, pero si tienen esa inquietud, que tengan otros conocimientos y un mayor dominio de otras técnicas para desarrollar un oficio. Es una muy buena manera de celebrar en forma permanente al maestro.”

Recordó que la exposición que tuvo lugar hace un año y medio en Nueva York recibió a 750 mil personas. “Se hicieron reseñas en primeras planas de periódicos y en revistas especializadas. Es un artista vivo y de una gran vigencia. Ser categórico y decir que uno u otro artista o persona es el más importante, no es correcto, todo es relativo. Lo que sí puedo afirmar es que fue un gran artista y sigue vivo, sigue presente”, afirma su nieto, quien actualmente trabaja en lo que será la marca registrada con el nombre de Diego Rivera.

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