Home Columnista Invitado “Las Susas”
Columnista Invitado - April 7, 2013

“Las Susas”

Mi madrina Carmen vendía Bonos del Ahorro Nacional daba clases de costura en mi escuela y hacía galletas finas y rompope por pedido.  Mi abue-tía Margarita fabricaba sweter colegial para escuelas de la ciudad de Aguascalientes.  Mi tía Lucha siempre tenía pedidos y entregas de colchas, manteles y cortinas tejidas y deshiladas.  Mi nina Cuquis bordaba rebosos en seda y hacía “comidas elegantes”,  Mi nina Titi hacía las puntas en los pañuelos finos que se vendían como pan caliente en mi pueblo.

Estos pañuelitos eran bordados en una esquina con pequeños ramilletes de pensamietos morados o azúles, de rosas en color rojo, amarillo y rosa,

Los muy, especiales llevaban el nombre de la persona con alguna imagen que requería el cliente.
Por ejemplo, si eran para caballero podría llevar una estampa de cacería, armas un perro.

Pero lo más especialísimos eran los bordados con un caabello de la dama enamorada agregando una leyenda como  “Juntos para siempre”.

Mi mamá precisamente se dedicaba a buscar bordadoras, y arreglar, después de tejer puntas, cajitas con hermosos juegos de pañuelos.  Además también tenía a la venta blusas para dama deshiladas en diferentes colores, juegos de cuna, juegos de cocina para cada día de la semana.

Recuerdo especialmente a las bordadoras de los pañuelos, eran dos hermanas, Salustia y Sulsticia Hernández.  Eran unas mujeres que no podía definirles su edad, podrían ser jóvenes con cara de viejitas o ser viejitas con cara de mayorcitas muy bien conservadas.  Vivían solas y eran solteras, su única familia era un ejército de cenzontles y otra de canarios.

Una sinfonía ensordecedoramente hermosa se podía escuchar al llegar a casa de estas mujeres pajareras.  Como su quehacer era bordar con sus manos la boca estaba “de oquis”, así que les silbaban a sus aves desde que salía el sol hasta que cubrían con paños las jaulas.

Mi mami iba a casa de las bordadoras para hacerles los encargos y estas visitaban nuestra casa para entregar el trabajo terminado.

Cuando tocaban el timbre y a mí me tocaba abrir, les anunciaba  “Mamáaaa, las señoritas Susas”.  Sorprendidas me miraban por el apodo, pero era sumamente difícil acordarse de sopetón de sus nombres, Sulsticia y Salustia.

Mamá revisaba con cuidado el trabajo.  Era de tal perfección que no se veía comienzos ni rematadas, mucho menos un nudo, pecado mortal entre las bordadoras.  Al derecho de la labor sólo diagonal y al revés ningún punto cruzado, porque eso lo desmerecía todo.

Después de examinar con lupa Doña Lupe cada pañuelito, se pagaba lo estipulado y les ofrecía un vaso de limonada fresca para aliviar “la calor”, como ellas llamaban a las horas bochornosas.

Si “las Susas” iban de humor y con tiempo se armaba una alegre plática.

“Mira Lupe”, decía Salustia, “dicen que mujer sin varón es ojal sin botón, pero a los años que tengo para que liarme con un viudo, ni cocidos ni crudos me gustan, menos con un “cotorro” mañoso”

“Además”, continuaba Sulsticia, “cuando una se casa con un viudo tiene que sufrir muertazos día y noche, líbreme Dios.”

Mi madre las oía y afirmaba con su cabeza lo dicho y si las damas cosían mucho en su casa en la mía se descosían de la lengua.

“Usted sabe Lupe, a que hombre de este pueblo no le conocemos desde chico y con todas sus mañas, y si de niños fueron cirqueros, de viejos maromeros”.

“Eso lo hemos visto y vivido”, continuó la otra hermana, “los viejos verdes no nos faltan, pero las mañas solo en la sepultura se acaban”.

Mi madre entró a la plática sin percatarse que por ahí andaba “la niña orejas” dando vueltas.

“Marido en edad madura o cuerno seguro o sepultura… no sé que buscan”.

“Claro Lupe”, contestó una de las bordadoras “a los hombres mayores les queda solo lo que al burro viejo, el pedo y el rebuznido”.

Salustia remató con otro comentario:  “Y según eso, revive el candil cuando se quiere morir”.

“Tienen razón mujeres, que caso tiene buscarle ruido al chicharrón a estas altura”, agregó mi madre.

“Así es,” repuso Sulsticia, “por eso cada día cuando nos levantamos, mi hermana y yo nos ponemos a rezar esta oración:  Señor danos pañuelitos que bordar, pajaritos a quienes cuidar y a Ti para bien esperar.  Amén.”

Mi ma despidió a sus bordadoras en el costurero y yo me acomedí a llevarlas a la puerta de la calle para decir adiós a esas cuatro manos prodigiosas y a esos corazones llenos de paz.

Bibliografía
“Pa’que te cuento”
Endira

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *