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Columnista Invitado - March 28, 2013

Las campanas eran pregoneras de los tiempos que nos tocaba vivir

La competencia entre la Parroquia de Nuestra Señora de la Encarnación, el Santuario de Jesús, María y José, y el templo del barrio de San Pablo, donde se honraba a la Virgen de Guadalupe, Emperatriz de América era a “muerte”.  ¿Cuál sería el Altar Mayor más bonito?  ¿Qué ideas nuevas se plasmarían en los Altares laterales?  ¿Con que flores adornarían el lugar donde se iba a exponer la Custodia del Santísimo?

Las mujeres de cada templo sacaban brillo a macetones y jarrones que anidarían, gladiolas, alcatraces y azucenas…. Flores todas de purísimo blanco.

El enigma pronto terminaría: a partir de las cuatro de la tarde, desfiles de fieles nos encaminábamos en peregrinación de un templo a otro.  Lienzos de gazas blancas y dorados caían en cascada desde lo alto de las cúpulas hasta los altares como ríos solemnes para honrar la Gran Custodia que relucía ese día como ningún otro.  Constantemente los incensarios llenos de rojos carboncillo, se mecían para impregnar el ambiento con ese aroma que todavía me hace soltar suspiros profundos.  Al atardecer era un buen momento, en la casa de los abuelitos para reunirnos y ahí emitir discretamente, en familia, nuestro voto:   “Yo creo que la Parroquia le ganó al Santuario…  pero San Pablo no se queda atrás….. Para mí el Santuario siempre será el más bonito por su amplitud y la luz que tiene….”

Después de una rápida taza de chocolate con panecillos horneados en casa, todos los niños corríamos para apartar una de las tres ventanas de la casa de los abues que daban a la calle principal.  A las ocho en punto pasaba el desfile de carros alegóricos para conmemorar el Día de la Eucaristía.  Unos eran patrocinados por los Templos, otros por los diferentes grupos de fieles que existían en La Chona;  Hijas de María Inmaculada, Adoración Nocturna, La Tercera Orden, La Vela Perpetua…..

Se prestaban camiones y trocas recién pintaditos para ser cubiertos de lienzos blancos, columnas,  escalinatas,  Al centro podrían estar Custodias, Vírgenes, y….. muchos angelitos de carne y hueso.

Pedían prestados a las mamis Chonences niños bonitos, de preferencia blanquitos y con ojos de color…. Les ponían una túnica blanca con bordes dorados, su par de alas y su aureola refulgente.  A los angelicales infantes los trepaban en los escalones sin amarre alguno, los inocentes juntaban sus manitas y todo el tiempo iban con sus ojos mirando al cielo, pidiendo a todos los santos no darse un tremendo zapotazo en el trayecto de doce cuadras, de la gasolinera de la entrada a la gasolinera de la salida, por toda la calle “derecha”.

UPE nunca fue prestada, o ¿nunca sería requerida?  Al final del desfile, tenía un alivio… no había pasado por el riesgo de romperme un brazo o una pierna, pero tenía un gran dolor, las alitas de mi corazón estaban rotas….  Aún tengo esa asignatura pendiente, solicito que me pidan prestada los que necesiten de una angelita y tener así el pretexto de usar alitas y aureola antes de que los ayudantes de San Pedro me las pongan.

Ya Upe, tranquilita…. A lo que te truje Chencha.

Viernes Santo.   De nuevo la tristeza y el dolor invadían el pueblo.  Las campanas se contagiaban de un tañir sollozante y lento.  Cambio total en el ambiente y también en los templos.

Las Iglesias se volvían a ensombrecer.  Velos negros cubrían los altares y también las cabezas de las mujeres que caminaban por las calles, todos cabizbajos, no había lugar más que para el dolor, era el día de la muerte de Nuestro Señor.

Mi tía Lucita, desde muy temprano arreglaba las ropas y acomodaba la mantilla negra a la imagen de la Virgen de los Dolores.  Su dulce cara nunca la olvidaré, tenía dos lagrimones en cada mejilla.

En los altares laterales no faltaba el Santo Sepulcro con el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo recién bajado de la cruz…  En otro más una columna y Jesús de Nazareth amarrado a ella con su espalda llena de azotes…. El huerto de los olivos… sobre una gran roca Jesús dialoga con su Padre…

Por supuesto no podían faltar los malos de la película…. un gallo nos daba la pista de que, el que estaba a su lado era San Pedro, el que negó tres veces a su maestro.
Y por supuesto, la escultura de Judas con la bolsita llena de treinta monedas… era el más, pero más malo.

La mañana completa era para rezar el Via Crúcis, de preferencia en el extraordinario Panteón del Pueblo; el Sermón de las Siete Palabras; El pésame a María, su Santísima Madre y a las tres en punto de la tarde, se cerraban los Templos y las campanas daban sólo tres graves campanadas.  TAN, TAN, TAN,… Todos sin excepción estuviéramos donde estuviéramos y haciendo lo que estuviéramos haciendo, nos poníamos de rodillas y rezábamos un Padre Nuestro.

A partir de ese momento un silencio sepulcral envolvía a La Chona.  Se cerraba el culto y se paralizaba la vida…  El pueblo se moría.

El sábado amanecía lleno de fantasmas que no sabían a donde encaminarse… los templos cerrados, el mercado medio desierto, solo las panaderías ofrecían algo de consuelo.

El recorrido era lento pero seguro hacia el repique que anunciaba que la gloria estaba abierta, sábado a media noche…

Y de ahí para adelante todo anunciaba resurrección…
La música salía por todos lados, los vestidos tomaban color de alegría, desde la matiné el cine estaba a reventar, la carne fresca estaba luciendo como coquetas arracadas en sus ganchos, los señores sonreían prometedoramente a sus señoras, los fumadores exhalaban el humo añorado y hacían rueditas en el aire, los caramelos se hacían encontradizos, y las mesas de la comida se adornaban con grandes platones de cajeta con queso, ya nos podíamos picar las costillas entre hermanos y sacarnos la lengua si era necesario sin el riesgo de pecar…. Gravemente.

Los buenos genios regresaban.  La vida buena estaba con nosotros.  Habíamos resucitado.

Bibliografía
“Pa’que te cuento”
Guadalupe Cervantes Mayagoitia
Endira

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