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Historia - February 9, 2013

Hoy se cumplen 100 años del inicio de “La Decena Trágica”, la rebelión que acabó con la democracia maderista

La buena fe de Francisco Ignacio Madero fue llamada “ingenuidad”, cuando no “locura”, o por lo menos “tontería”. Quince meses con un epílogo sangriento, que dio lugar a la etapa más cruenta de los movimientos revolucionarios del México del siglo XX.

Porque la tragedia de 1913 comenzó antes de que los alumnos de la Escuela de Aspirantes de Tlalpan comenzaran a cabalgar hacia el Zócalo, en la madrugada del 9 de febrero de aquel año. Los rumores corrían por la ciudad desde semanas antes, y no había manera de frenarlos. El día 7, Gustavo Madero, hermano del presidente, escribió a su esposa: “Los complots se suceden los unos a los otros y el gobierno es impotente para detenerlos”.

EL GOLPE MÁS ANUNCIADO. Tenía razón Gustavo A. Madero, él, siempre tan pragmático, eterno contraste con su hermano Francisco. Los rumores de asonadas e intentos de golpes de Estado estaban a la orden del día. Muchos años después se sabría que, por lo menos desde el primer día de febrero de 1913, hubo intentonas de rebelión, donde civiles opositores y grupos militares, en combinación, proyectaban tomar prisionero al presidente.

Los más radicales esperaban rodear al presidente el día 5, en plena conmemoración de la promulgación de la Constitución, y allí mismo fusilarlo.

Ninguno de los proyectos se concretó, por las presiones ejercidad por una de las cabezas visibles de los opositores de Madero: Manuel Mondragón, militar que había hecho carrera y fortuna en el orden porfiriano, quien una y otra vez frenaba los ardores de los descontentos. Les pedía paciencia, y aguardar el momento oportuno. De mala gana, los conjurados esperaron.

Y es que la jugada definitiva exigía precisión y organización, virtudes ambas que permitirían adueñarse del Palacio Nacional, liberar a los otros dos líderes militares, los generales Bernardo Reyes y Félix Díaz, presos, uno en la cárcel militar del ex convento de Santiago Tlatelolco, el otro en la Penitenciaría de Lecumberri. Ambos habían protagonizado, en el pasado inmediato, levantamientos militares que fracasaron. Condenados a muerte, la naturaleza bondadosa de Madero y las presiones de los grupos de poder económico anclados en el porfirismo, les había valido la conmutación de la pena por el encierro, que no había resultado obstáculo para frenarlos.

La noche del 8 de febrero estuvo llena de autos que se movían entre las sombras: llevaban, los golpistas, mensajes a los cuarteles, instrucciones, promesas, fanfarronadas. Los leales al maderismo, recorrían con cautela los cuarteles, en un intento por determinar el alcance del complot.

Nada pudo hacerse por ahogar el levantamiento antes de tomar la calle. Los aspirantes de Tlalpan fueron reforzados, a su paso, por las tropas de los cuarteles de Tacubaya. La primera acción fue liberar al general Reyes. Después, sacaron de Lecumberri a Félix Díaz, sin disparar un tiro. Acto seguido, tomaron rumbo al Zócalo a intentar hacerse con el poder.

Fuente: (cronica.com.mx/Bertha Hernández)

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