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Inolvidables - November 16, 2012

Recordando a Renato Leduc, que ante el gran reto de hacer rimar el vocablo tiempo, compuso para la posteridad su famoso soneto: “Tiempo”

El polifacético escritor mexicano sólo escribió una novela: “El corsario beige” (1940), debido a que posterior a ello centraría su vida en desarrollar su carrera periodística exclusivamente.

En 1978 obtuvo el “Premio Nacional de Periodismo de México” en reconocimiento a su trayectoria en el “Excélsior” y en 1985 la Asociación de Periodistas Democráticos le otorgó el premio “Francisco Martínez de la Vega”.

Estuvo casado con la pintora surrealista inglesa Leonora Carrington, para ayudarla a escapar de la persecución nazi y también se dice que intentó desposar a la actriz mexicana María Félix.

Renato Leduc se relacionó con personalidades como la periodista Elena Poniatowska, el músico y compositor mexicano Agustín Lara entre otras grandes personalidades.

Falleció el 1 de octubre de 1986 a causa de problemas respiratorios y en 1982, el Presidente López Portillo develó un busto en un jardín que lleva su nombre en la delegación Tlalpan.

La anécdota contada por el mismo Renato Leduc

…me acuerdo que entre mis condiscípulos estaba un gordo tabasqueño que se llamaba Adán Santana el cual, como era muy docto en retórica y todas esas pendejadas, hacía versitos y como nos aburríamos mucho durante la clase de Torri, nos poníamos a echarnos toritos donde nos dábamos un pie de verso y hacíamos en tres minutos una cuarteta so pena de perder un peso…Y un día me dijo el gordo Adán:

– A ver, hazme una cuarteta teniendo como pie de verso hay que darle tiempo al tiempo…

Como al cabo de los tres minutos no la pude hacer y tuve que pagarle el peso, Santana me dijo en son de burla delante de todos:

– Carajo, yo creí que porque haces versitos, sabias siquiera que tiempo no tiene consonante…

En vista de que todos se rieron de la “revolcada” que me dio, aquello me picó la cresta y acudí al diccionario de la rima en donde, en efecto, constaté la inconsonancia del vocablo tiempo… Sin embargo, dolido aun por la maltratada, seguí pensando en el tema hasta que se me ocurrieron los siguientes versos:

Sabía virtud de conocer el tiempo;
A tiempo amar y desatarse a tiempo;
Como dice el refrán: dar tiempo al tiempo…
Que de amor y dolor alivia el tiempo.

Y así, cuando pude escribir los catorce versos, los uní con lo que tuve ya el soneto…No obstante, como me sonó muy monótono, decidí aconsonantar los segundos versos de cada terceto de la manera siguiente:

Amar queriendo como en otro tiempo
IGNORABA YO AUN QUE EL TIEMPO ES ORO
Cuanto tiempo perdí -ay- cuanto tiempo
Y hoy que de amores ya no tengo tiempo,
AMOR DE AQUELLOS TIEMPOS, COMO AÑORO
la dicha inicua de perder el tiempo…

Y fue de esté modo como nació el soneto de Tiempo que ha llegado a ser tan famoso, gracias a que Rubén Fuentes lo musicalizo y Marco Antonio Muñiz y José José lo grabaron cantándolo a dúo…

Renato Leduc

RENATO LEDUC: ESE POETA, ESE PERIODISTA DEMOLEDOR.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Si el vino se ha acabado, / traed pulque mancebos.

Estos dos versos, más de pulquería que de otra cosa, no serán suyos, pero con toda seguridad y en ese tono, debe haberse pronunciado en vida, aquella, la suya, anti solemne, contestataria, heterodoxa, insolente, y todos los males habidos y por haber de la personalidad de un hombre, llamado Renato Leduc, “para servirle a usted, a Dios y a don Porfirio” como habría saludado a más de uno.

Renato Leduc, en 1953. Col. del autor.

En Versos y poemas, obra suya editada en 1946 por Alcancía, Edmundo O´Gorman, quien escribió el prólogo, da señales muy claras del que fue en vida, el perfil más que peculiar de Leduc, en estos términos:

Las palabras gruesas, el cinismo y el desparpajo en decir abiertamente “cosas que no se dicen” le dan un aire muy personal a la poesía de Leduc; mas lo interesante de todo esto no es su significado inmediato sino lo que revela de su fuente de inspiración. Porque en efecto, esas cosas solamente son de Leduc en la medida en que las transfigura, sacándolas de los mercados, de los cafés, de los burdeles y de las oficinas públicas. Su inspiración deriva de la vida de la ciudad que siente como tan suya; vida popular y callejera, pero al fin y al cabo vida auténtica. En este sentido es Leduc un poeta popular, y en ello está el vigor de su personalidad lírica. Por eso la poesía de Leduc no es formalista… Poeta de inspiración popular, Renato Leduc no teme exhibir la ropa sucia de su musa, y deja que libremente circule entre el desaliño de sus versos el bronco tono y la ruidosa carcajada de las prostitutas y de los amigotes…

“…Yo sólo soy turiferario / en los altares de la Santísima Trivialidad” afirmaba con frecuencia, para recordarle a más de tres –con acompañamiento y recordatorio matriarcal- que “Leduc era Leduc y su circunstancia”.

Entre la gran cantidad de periodistas y “periodistas” (ya cada quien sabrá con qué adjetivo se identifica) en el medio taurino, no estaría de más recomendarles, entre otras muchas lecturas, para que su bagaje vaya siendo más amplio, una de las obras de don Renato. Me refiero a Historia de lo inmediato.[1]

Como también conviene recordar y recomendar que lean y revisen los textos de Rafael Solana “Verduguillo”, Carlos Septién García, Manuel García Santos, Roque Armando Sosa Ferreiro, José Alameda, Enrique Bohorquez y Bohorquez, gente ilustre en esto de la crónica y el ejercicio periodístico, donde más de alguno de estos personajes ya mencionados, quedaron fijos en el ojo del huracán de una denuncia que en su momento realizó para Tiempo, otro dilecto escritor: Martín Luis Guzmán.

Parece que en Miguel Othón Robledo hay un cómplice o un culpable de que Renato fuese el tipo “desmandado” que fue. Tipo de Dostoievski, Miguel Othón me enseñó desde temprano a vivir o, más exactamente, a mal vivir, confiesa Leduc en Historia de lo inmediato. Y es en esta misma obra donde uno llega hasta su séptima parte denominada: “Tauromaquia y religión”, que es donde me detengo para recoger algunas citas del “tlalpeño” Renato Leduc, y a quien se le recuerda este 16 de noviembre de 2012 (lo mismo desde aquí que en las Efemérides Taurinas Decimonónicas, por ejemplo), justo al cumplirse 115 años del nacimiento del autor de aquel famosísimo soneto en el que

Aquí se habla del tiempo perdido que como dice el dicho, los santos lloran

Sabia virtud de conocer el tiempo;
a tiempo amar y desatarse a tiempo;
como dice el refrán: dar tiempo al tiempo…
que de amor y dolor alivia el tiempo.

Aquel amor a quien amé a destiempo
martirizóme tanto y tanto tiempo
que no sentí jamás correr el tiempo,
tan acremente como en ese tiempo.

Amar queriendo como en otro tiempo
-ignoraba yo aún que el tiempo es oro-
cuánto tiempo perdí -ay- cuánto tiempo.

Y hoy que de amores ya no tengo tiempo,
amor de aquellos tiempos, cómo añoro
la dicha inicua de perder el tiempo…

De “Breve glosa al Libro de buen amor” 1939

Don Renato, en su estudio, calle de las Artes, en 1961.

Por ejemplo y volviendo a lo que sobre tauromaquia escribió en Historia de lo inmediato, apunta en el Preámbulo que “de las sorprendentes analogías que pueden establecerse entre la llamada fiesta nacional o tauromaquia y aquella ideología conocida bajo el nombre de catolicismo que, juntamente con la burocracia civil y eclesiástico, con viruela negra y con el matrimonio por amor, impusieron los conquistadores españoles a los indios de estas tierras hace ya cuatro largos siglos”.

Sin entrar en discusión ni debate, el hecho es que al existir de por medio un proceso de guerra y de conquista, hubieron de imponerse primero, de cohabitar después dos formas absolutamente opuestas de vida: la europea y la americana. Si antes de todo no se entiende esto, vamos a terminar exaltándonos y a perder la brújula de la razón puesto que, ante hechos consumados, lo que resta es evaluar y valorar sensata y conscientemente origen, desarrollo y desenlace de aquel periodo –dicen unos que “oscuro”-.

Precisamente Renato Leduc, muy al principio de sus notas en el libro que ahora sirve de referencia dice que “Es de Gabriel Peri, redactor político de L-Humanité de París, asesinado por los nazis, esta definición: El periodista político es el historiador de lo inmediato. Más adelante el también autor de Catorce poemas burocráticos y un corrido reaccionario, para solaz y esparcimiento de las clases económicamente débiles aprecia tal consideración como sigue:

Es posible que a la producción periodística le falte hondura y le sobre superficialidad. La premura, festinación y oportunismo (he dicho oportunismo y no oportunidad) con que generalmente se realiza serían la causa. De todos los grandes reportajes que conozco, que yo recuerde, sólo uno hay que en sesenta años de vigencia no ha perdido interés y sigue siendo actual, ejemplar e impresionante (diríase que imprescindible N. del A.): los Diez días que conmovieron al mundo, John Reed.

La interpretación de un hecho considerado así mismo “histórico” desde el momento en que este sucede, adquiere varias dimensiones o perspectiva. Lo inmediato hace que su cabida en la prensa tenga sus primeras visiones y apreciaciones. Sin embargo la distancia, o lo que Fernand Braudel considera como de corta, mediana y larga duración, permite entender que habrá, con el paso del tiempo diversas y nuevas contemplaciones de ese suceso o acontecimiento, lo que permitirá verle con otros ojos, colmado de nuevos enfoques o reinterpretaciones.

Leduc, en otra de sus actividades públicas, ligadas a las ideas comunistas. Ca. 1960. INAH, SINAFO, 19900.

Recuperando la lectura de “Tauromaquia y religión”, Leduc asienta que “Dogma –dice el diccionario- es la verdad revelada por Dios; es la proposición que se considera como el principio innegable de todo el sistema, ciencia, doctrina o religión. Pues bien, en tal sentido, el torero, como la religión, tiene su dogma”.

¿Y cómo explicar semejante complicación?

Es el propio Renato el que nos hace “el quite” con la siguiente afirmación:

El dogma básico o fundamental del toreo lo estableció, no recordamos bien si Cúchares o Lagartijo, cuando explicó: “¿Qué viene el toro…? Se quita usted. ¿Qué no se quita usted…? Lo quita el toro…”

Y aquí, caben más apreciaciones como la que se “abre de capa” en Liturgia:

Puede concluirse, pues, que el éxito que pudiéramos llamar “taquillero” de una religión, lo mismo que el de un festejo taurino, no radica en la elevación o pureza de su moral, como se pretende, sino en el boato y ostentación de su liturgia.

Que la tiene, y mucha y aún la conserva casi intacta, a pesar de los fuertes síntomas de riesgo a que se ha visto sometida dicha “liturgia”, la fiesta en su conjunto en estos últimos tiempos. Acometen contra ella fuerzas venidas del exterior, y sufre también de diversas enfermedades en su interior. Así, antitaurinos y taurinos, los de fuera y los de dentro van minándola. En lo fundamental, y dadas las nuevas tendencias ideológicas que apuntan hacia una modernidad o postmodernidad avasallante, es que esa misma “modernidad” se siente, o hacen que se sienta distante de un vínculo tan indispensable como es el de la génesis, el origen de todas las cosas, así como del propio destino, de ese incierto futuro del que a veces solemos ser ajenos; ella la modernidad, y nosotros sus cómplices.

“Lujo y crueldad -sigue apuntando don Renato-,son las características de la fiesta de toros y ésas han sido también las características de todas las religiones que, en el curso de los tiempos, han arraigado y se han impuesto en el alma de los pueblos y, muy particularmente en el alma de los sensitivos o sensibleros pueblos meridionales”.

Y en siguiendo la lectura, aparece Tributo de sangre con una idea que carga con aromas incómodos:

“El rito católico fundamental se denomina “santo sacrifico de la misa” y despojándolo de los oropeles de su peculiar liturgia, no queda sino el gesto del cura elevando el cáliz, gesto que calca y reproduce fielmente el gesto del sacerdote de Huitzilopochtli en el acto de ofrecer a la vieja deidad azteca la sangrante entraña propiciatoria. Pero esa similitud sube de punto cuando se recuerda que el vino en el cáliz simboliza la sangre del Cristo redentor.

Quiere esto decir que en la tauromaquia como en la religión el tributo de la sangre es requisito específico de consagración y que fue una fortuna para Manuel Rodríguez “Manolete” que un toro le sangrara el mismo día de su aparición en el coso (templo) mayor de México, elevándolo así, de golpe y porrazo, a la fanática devoción de los públicos de esta tierra”.

Y con tierra de por medio ha podido decirnos que “la fanática devoción” hace o provoca unos efectos que, en la legión de taurinos se convierte todo eso, una vez en dogma.

Algo más, y para terminar es lo que don Renato considera como Iconografía.

“Visítese la casa de un católico militante y la de un taurófilo fervoroso y obsérvense los muros de cada una de ellas.

“Unos y otros –los muros- se encontrarán exornados con cuadros, estampas, cromos o litografías representando al santo, santa o torero de que es devoto el dueño de la casa, precisamente en el instante de realizar o sufrir la suerte o acto que le dio celebridad.

“En la casa del católico veranse imágenes de Jesucristo con los atributos de sus diversas advocaciones como Cristo de Limpias, Señor del Buen Despacho, desnudo, atravesado por largos y punzantes dardos y cubriéndose el sexo con la pudorosa banda que le es característica, o bien a San Lorenzo, tendido y atado en la parrilla legendaria, en el acto de sufrir la mortal cocción que le valió las palmas del martirio.

“El fanático taurófilo, por su parte, colgará en las paredes de su cuarto la efigie de su lidiador favorito en todas las posturas y circunstancias imaginables: de cuerpo entero, de medio cuerpo, de frente, de perfil, de tres cuartos; en traje de luces, en traje campero, de civil; lanceando de capa a un toro, pasándolo de muleta, en el trance de estoquearlo; rodeado de su cuadrilla, brindando con los amigos y así por el estilo.

“Ahora bien, de ese género de iconofilia al más primitivo fetichismo no hay más que un paso. El culto a las reliquias  -bien conocido fetichismo- es igualmente común y fervoroso entre los católicos y los taurófilos”.

Todo lo anterior, no me lleva sino a una primera conclusión: que el legado de tres siglos coloniales, con el peso de todas aquellas influencias dejó, tras la independencia, al menos tres grandes marcas de fuego que se perciben si no intactas, sí al menos preservadas hasta nuestros días:

El fuerte catolicismo que sigue caracterizando al pueblo de México, sobre todo en fechas emblemáticas como los fines de cada mes, en que se rinde culto masivo a San Judas Tadeo, o el 12 de diciembre, día dedicado a la Virgen de Guadalupe. El exorbitante aparato burocrático, aquel que desde las épocas de Felipe II consignaban, para mayor resignación “que las cosas en palacio, van despacio”, tal como hoy día. Y claro, para no ser la excepción en esta clase de apreciaciones: los toros, esa expresión que, a casi 500 años de su primer siembra en estas tierras, o más bien en estos ruedos de Dios, sigue y se mantiene vigente, con todo y el terrible cuadro de una ya avanzada agonía, a la que se resiste de morir ¡como los toros bravos!

El embrujo, la insolencia de Joaquín Rodríguez “Cagancho”. INAH, SINAFO, 119902

Imposible no terminar estos apuntes sin otro soneto, aquel que le dedicó a Joaquín Rodríguez “Cagancho” y que publicara José Ramón Garmabella en un libro ya emblemático: Renato por Leduc.[2]

Joaquín Rodríguez “Cagancho” en el “Toreo” de la colonia Condesa. Ca. 1935. INAH, SINAFO, 119924

CON MOTIVO DE USTED Y DE LA LUNA

Con motivo de usted y de la luna,

del cielo azul y de los dulces ojos,

haré apotegmas contra mi fortuna

con buena letra, pero en versos cojos.

En vez de pencil usaré el pensil

donde florece la galana rosa

y aromático y verde el perejil

nefasto al loro y a la mariposa.

Usaré del ayer y del antaño

precedidos de un “ay”, ay, cuando añoro

cosas que acontecieron este año.

Y aunque nacida en provinciano rancho

será usted mi princesa azul y oro

como el terno de luces de Cagancho.

Renato Leduc.

Finalmente, cabe el hecho de mencionar que don Renato nos dijo adiós un 1º de octubre de 1986.

¡Salud don Renato…!


[1] Renato Leduc: Historia de lo inmediato. México, 1ª edición en Lecturas Mexicanas. Fondo de Cultura Económica, Secretaría de Educación Pública, CULTURA SEP, 1984. 111 p. (Lecturas Mexicanas, 62).

[2] José Ramón Garmabella: RENATO POR LEDUC. México, Editorial Océano. México, 1982, 364 p., p. 317. Este soneto procede del trabajo denominado “Breve Glosa al libro de Buen Amor”.

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