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Inolvidables - November 12, 2012

Recordando a Sor Juana Inés de la Cruz y su incomparable poema “Hombres necios que acusáis”

Sor Juana Inés de la Cruz, hija natural de un militar español y de una criolla mexicana, es una de las figuras más sobresalientes de la literatura escrita en español.

Por la Respuesta a sor Filotea de la Cruz (1691), documento autobiográfico donde sor Juana defiende su derecho y el de las mujeres a estudiar, sabemos que esta niña precoz aprendió a leer a muy temprana edad.

Cuando tenía alrededor de ocho años fue enviada a la capital, al cuidado de unos parientes en cuya casa comenzó a “deprender gramática”, o sea, a estudiar latín. La fama de la niña Juana de Asbaje pronto llegó a la corte virreinal y allí la llevaron los virreyes de Nueva España (México), los Marqueses de Mancera (1666-73). La virreina aparecerá después en los poemas de la monja con el seudónimo de Laura.

A pesar de su éxito en la corte, sor Juana decidió hacerse monja. Ingresó primero al aristocrático convento de las Carmelitas para abandonarlo tres meses más tarde. Finalmente, el 24 de febrero de 1669, profesó en el convento de San Jerónimo. Desde su celda conventual y con el nombre de sor Juana Inés de la Cruz, inició un diálogo intelectual con sobresalientes figuras de la época entre las cuales se destaca el erudito escritor y científico mexicano Carlos de Sigüenza y Góngora.

Su simpatía e inteligencia le ganaron a sor Juana el afecto de los virreyes Marqueses de la Laguna (1680-86) y especialmente el de la virreina quien aparecerá en muchos poemas de la monja bajo el seudónimo de Fili, Lisi o Lísida. Gracias al esfuerzo de la nueva virreina, apareció en Madrid la primera edición de una parte de los escritos de la mexicana, Inundación castálida (1689).

La obra de sor Juana alcanzó gran difusión en vida de la autora y llegó a conocerse tanto en España como en otras partes de Hispanoamérica. Sin embargo, sor Juana tuvo que defender incesantemente su vocación intelectual en una sociedad donde ésta se veía como patrimonio exclusivo de los varones.

El descubrimiento y publicación en 1981 de una carta de sor Juana a su confesor, titulada modernamente Autodefensa espiritual (c. 1682), parece indicar que el conflicto con la Iglesia, que intentaba limitar sus actividades, es muy anterior a la publicación de la llamada Carta atenagórica (1690). Escrita a pedido del arzobispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz (1637-99), esta última fue un documento de gran repercusión donde la autora mexicana criticó un sermón del jesuita portugués Antonio de Vieyra (1608-97) pronunciado en Lisboa décadas antes.

Probablemente después de la aparición de la Carta atenagórica, así llamada por considerarse digna de Antenas o Minerva, la diosa de la sabiduría, aumentaron las críticas contra sor Juana. Más tarde, en una carta firmada con el seudónimo de “Sor Filotea de la Cruz” (1690), su amigo y protector, el arzobispo de Puebla, la instó a ocuparse de la salvación de su alma y abandonar los menesteres profanos. En su Respuesta, sor Juana refutó las ideas del arzobispo y explicó con argumentos contundentes por qué ella y las mujeres tenían derecho a estudiar.

Poco después sor Juana se deshizo de su biblioteca y de sus instrumentos científicos. ¿Lo hizo por voluntad propia o porque cedió a presiones eclesiásticas? ¿Representa este cambio el triunfo de la Iglesia sobre su vocación intelectual? Los estudios de la vida y obra de sor Juana continúan buscando pruebas documentales para responder satisfactoriamente a estas preguntas.

La Décima Musa, como la llamaron sus contemporáneos, murió víctima de la peste que asoló a México en 1695. Sin lugar a dudas, las constantes de su vida fueron el amor al saber y una inclaudicable convicción del derecho de las mujeres a educarse.

Hombres necios

Arguye de inconsecuentes el gusto y la censura de los hombres que en las mujeres acusan lo que causan

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

Combatís su resistencia,
y luego con gravedad
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Queréis con presunción necia
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Tais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que falta de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?

Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.

Opinión ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata
y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios andáis
que con desigual nivel
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.

¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata ofende
y la que es fácil enfada?

Mas entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos enhorabuena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada,
la que cae de rogada
o el que ruega de caído?

¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?

Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar
y después con más razón
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.

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