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Del Toro - September 2, 2012

Mitología, Minos, el Toro Blanco…

Codiciándolo para sí mismo, Minos lo incorporó a sus manadas y sacrificó otro en su lugar. Disgustado por la ofensa, Poseidón infundió en Pasifae, la esposa de Minos, una gran pasión por el toro sagrado, enamorándose del bello Toro.

Pasifae mando construir a su mejor ingeniero una vaca para meterse dentro de ella y ser tomada por el toro… El hijo, concebido contranatura entre Pasifae y el toro blanco fue el Minotauro, monstruo con cabeza de toro y cuerpo humano, al que Minos confinó en un laberinto diseñado por el artista Dédalo.

Hasta allí llegaba periódicamente de Atenas una ofrenda viviente que consistía en un tributo anual de cincuenta mancebos y doncellas, alimento para el Minotauro.

La tercera vez que correspondía enviar ese tributo, el héroe ateniense Teseo fue a Cnosos, entró en el laberinto con la ayuda de Ariadna (hija de Minos y de Pasifae, que enamorada del héroe ateniense le dio un ovillo, cuyo hilo iba devanando y sirvió para indicarle el camino de regreso) y, sin otras armas que sus manos, dio muerte al Minotauro.

El padre de Teseo era Egeo, rey de Atenas. Teseo había prometido izar en su nave si volvía vencedor, velas blancas, y si el barco regresaba sin él, velas negras. Pero Teseo, ofuscado por las maldiciones de Ariadna, a quien había abandonado en Naxos, se olvidó de cambiar las velas, y Egeo, que vigilaba su regreso desde la orilla, al ver el color del velamen creyó perdido a su hijo y se tiró al mar que, desde entonces, lleva su nombre: mar Egeo.

Como muchas leyendas, la del Minotauro tiene sus raíces en los hechos. Se ha encontrado en las excavaciones de Cnosos abundante evidencia de que el toro era un símbolo central de la civilización minoica. Muchas pinturas murales sugieren claramente que el deporte nacional era una forma de lidia con toros, ya existía la tauromaquia. Otro indicio sobre el origen de la leyenda del Minotauro reside en lo intrincado del palacio de Cnosos, capital del reino en la edad de oro de Creta. Al extranjero nativo de las montañas de Arcadia o las inhóspitas regiones del Asia Menor, sus interminables y retorcidos pasadizos, sus compartimientos desconcertantes, innumerables salas, columnatas, corredores, salones oficiales y depósitos, le parecían sin duda un laberinto. La misma palabra laberinto es significativa, porque deriva del vocablo griego labris, “doble hacha”. Y el hacha de dos filos constituía un motivo religioso que se repetía en Cnosos por todas partes. Para los griegos, el palacio de Minos era, literalmente, la casa del hacha de dos filos.

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