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Libros - August 31, 2012

Poesía mexicana 23: “Bala por mí el cordero que me olvida”, de José Joaquín Cosío

Con un epígrafe de Gonzalo Rojas que anticipa la intensidad temática (también visual y, por qué no, dramática –también es un itinerario de los conflictos del ser humano–) de su poemario, Cosío va construyendo –hilando– una visión descarnada, mas no menos piadosa, de la ciudad en la que le tocó o eligió vivir: Ciudad Juárez en el primero de cuatro apartados en que dividió su libro: “La ciudad que no vuelve”, integrado por cinco poemas en los que destella la luz amarilla del desierto y de la arena para evocar, en versos dislocados y ritmo sincopado, los crímenes que han desterrado la paz y la tranquilidad de esa tierra fronteriza. Por eso, sin duda, la voz poética (el poeta, en este caso no sería inapropiado afirmar) se refiere a la ciudad como “el muro de las lamentaciones”. En esta sección, prevalece una inminencia de la fatalidad que, en verso y prosa, recorre las calles y pasajes de la ciudad, haciendo que la gente, como antes por el calor, se encierre en sus casas, en sí misma, en el fútil y cómplice confort. Intentos, quizás, para exorcizar la aparente omnipresencia de la muerte. En el quinto poema, “La estrella del norte”, aparece ese verso que da título al poemario y que me parece magnífico, terrible: “bala por mí el cordero que me olvida”: lamento, invocación, simple testimonio, orfandad…

En el segundo apartado, “Toda mujer es secreta”, el color del tono, si es que lo hay, pasa de negro a azul, de réquiem a blusero, de la muerte al amor, del crimen a la mujer, pero con un hálito de pérdida, de infortunio. A veces, con imágenes deslumbrantes (“¿Cómo logras recordar sin la memoria en racimo   desvencijada   esa chispa de luz de nuestros ojos?”). Podría ser una especie de canto del amante abandonado o del enamorado mal correspondido, del solitario que rumia los sabores del amor, ése que es producto de la imaginación o de la voluntad, pero que nos ha dejado el rescoldo, el sabor que le pone la memoria, el poeta.

En el tercer apartado, “Poemas familiares”, Cosío se remonta a la infancia, quizás a la adolescencia, a través de personas muy cercanas, mujeres como su madre y una tía, hermanos, la casa, la mascota amada, el fantasma del padre, un cuadro de Corot y se enfrenta a la muerte (a la ausencia) de un ser amado buscando consuelo en un dios bondadoso que sólo pudo ser así por la mirada de un infante. En este caso, está presente esa dicotomía presente en muchos artistas y poetas mexicanos: creer en Dios y no creer (pienso en un poema de José Revueltas).

La cuarta sección, “Mutis”, dedicada al dramaturgo y director teatral David Olguín, es una especie de paráfrasis o versiones del poeta (y actor) de personajes que tal vez haya interpretado o sean significativos para él, como Caronte, un negro pirata, un padre que comete incesto (quizás la versión más lograda), un asesino y un migrante. Con “Bala por mí el cordero que me olvida”, José Joaquín Cosío se suma a los poetas que labran su obra pacientemente, obedeciendo a una razón vital: la del artista que necesita expresarse para poder seguir respirando ese aire caliente de la ciudad (su casa, él mismo) que le dio sentido y le da identidad. En cualquier caso, es deseable que siga cultivando la poesía: su voz no es precisamente la de un cordero más, sino de un carnero en busca plenitud. A balar…

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

Foto: Portada de un poemario intenso, donde la luz del lenguaje proporciona nuevos y reveladores matices a las cosas nombradas.

Cortesía: Ediciones sin Nombre/Ediciones Nod.

Nota patrocinada por:

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