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Libros - July 24, 2012

Poesía mexicana (20): “Mapa mudo”, de Jorge Valdés Díaz-Vélez

Lo anterior lo anticipan o dejan entrever los epígrafes iniciales (de José Gorostiza y Ezra Pound) y el poema inaugural, fuera de los cuatro apartados o secciones siguientes, “Vathi”, donde, además de volver sobre Ítaca y Ulises, Valdés Díaz-Vélez inscribe este verso: “la fría sensación de lo ya conocido”. A partir de ahí, se suceden poemas donde esa sensación, con matices y atmósferas distintos, se advierte y refuerza, agrupados en “Extranjería”, “Sol poniente”, “Cartas portulanas” y “Archipiélagos”, los cuales reflejan la fragmentación que, de un modo u otro, rodea al escritor viajante.

En “Extranjería” hay diez poemas en los que la añoranza campea a través de instantáneas, sueños, recuerdos, la muerte, elucubraciones sobre el ser que fuimos y el que somos o las semejanzas entre éstos, tan distintos y tan iguales, sobre la poesía o los temas poéticos, la creación. Asimismo, no por sabido menos mencionable, la composición, el arte de componer vuelve a predominar en la obra poética de Valdés Díaz-Vélez, a quien, resulta evidente, la música y la pintura –el arte– son tan caros. O la intertextualidad presente en varios de sus poemas. Si había duda o no lo había señalado: un poeta culto también exige lectores atentos a los cultismos y guiños, a veces obvios, en ocasiones no tanto.

Otros diez poemas integran “Sol poniente”, en ellos se enfatiza, creo, esa especie de saudade –aventurar que la poesía del mexicano Valdés Díaz-Vélez tiene mucho sabor o influencia europeos no sería novedoso–, esa sazón que el poeta imprimió a este libro. Ah, poeta de gustos y formas clásicos, emplea en casi todo el libro versos de arte mayor, como si cada poema dejara testimonio de esa sazón, de ese momento artístico y vital al que ha llegado. Algunos poemas –otra vez– podrían ser variaciones de cuadros ya conocidos: una vendedora de frutas, marinas, naturalezas, majas… También el amor y sus fantasmas se aparecen en sus páginas. Y las ciudades, cartografía emotiva, desmienten el título del poemario: hablan, gritan, viven en el poeta y sus creaciones llenas de vida, de amor, de mujeres que atraviesan por su mirada para posarse en el tapiz amoroso de su sensibilidad. Trenes, navíos, autos… Movimiento constante; tránsito, variaciones. O situaciones diversas como la migración china en México o la supuesta pandemia de gripe de hace algunos años o la vacuidad de la televisión, del espectador y de la ciudad. Vacío nuestro de cada día o de cada semana, mes o año…

Parque México

Un dulce olor a primavera entró al crepúsculo sin sombras. Cuerpos de joven insolencia van abrazados a otros cuerpos  debajo de las jacarandas. Han empezado a florecer antes de tiempo. Morirán también sus pétalos muy pronto, memoria en ruinas del verano su sangre aún por reinventarse. Pero hoy me muestran su belleza con certidumbre, la esperanza del resplandor violáceo y tenue de su fugacidad perpetua. Se adelantó la primavera. Llegó de súbito su aroma como la luna entre las ramas y este dolor al fin del día.

“Cartas portulanas” es el nombre de la tercera sección, de diez poemas, donde el Mediterráneo eterno ocupa el horizonte, sólo interrumpido por las ventiscas del deseo, sólo definido por la imagen de una mujer en el atardecer, en el amanecer o en la rotunda desnudez de la belleza verdadera. También el intento de capturar o desvelar el goce que precede al gozo, el preludio de la consumación como placer similar a ésta o mejor aún. Temas pictóricos resueltos en poemas mediante la contemplación y el dominio del arte.

Rosa náutica

Abro tu sexo, enmudecido
hiendo el dulzor que se incorpora
en suave punta roma. Nuestro
silencio a tientas lo rodea,
lo vuelve único en la bóveda
de su vocablo y tu blandura.
Desde muy lejos tú me miras
al contemplarte y algo dices
tras las columnas de tus piernas
abatidas. Fuera de ti
no hay otro tímido temblor
de gota en vilo. Un leve roce
mueve tus labios: luz eréctil
que parte en dos lo que define
mi lengua, el óvalo verbal
que beberás de mí en tus besos.

El último apartado, de diez poemas, es “Archipiélago”, esa reunión de fragmentos ligados por contrastes y la voluntad del creador. La melancolía; el tiempo y la pequeñez del hombre ante la eternidad; la soledad multiplicada del hombre en un cuarto de hotel; un homenaje a Antoni Tàpies donde la significación es múltiple y relativa; la frontera borrosa entre el erotismo y la muerte a partir de una escultura en la que lo sagrado y lo profano se dan la mano, como en el poema magnífico de Valdés Díaz-Vélez; unas bellísimas postales, lisboeta y tropical, con mujer y la evocación de las mujeres de ayer desde la perspectiva de las de hoy, tan idénticas y diferentes; un autoexamen al llegar a los cincuenta años…

Entonces, en “Mapa mudo” descubrimos que la cartografía trazada no es tan muda ni tan geográfica: lo que distingue a las ciudades de Valdés Díaz-Vélez es su cualidad de propiciadoras del poema: imágenes que subyacen en la memoria del poeta y que hablan de su vida propia, como toda obra de arte auténtica, y que también pueden referirse o situarse en cualquier ciudad porque rezuman pasión, emoción, sentimiento. Al final, se indican los diez poemas que fueron dedicados: una atención al lector y al homenajeado. Entre éstos: Juan Gelman, Alí Chumacero, Hernán Bravo Varela y Emilio Coco. De Jorge Valdés Díaz-Vélez habrá que seguir atentos: por lo visto, como en su poema “50”, el ímpetu y la furia nos depararán aún mayores trofeos.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

Foto: Portada de un libro que se suma a los galardones que ha obtenido el poeta mexicano.
Cortesía: Fundación José Manuel Lara.

Nota patrocinada por:
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