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Del Toro - May 29, 2012

Pregón Taurino Sevilla 2003: Carlos Fuentes

No conocía aún los nombres propios de cada instante de una faena magistral.
Más si alguno de mis sentidos artísticos aún dormitaba, esa tarde asoleada en la ciudad de México despertó en mí un tropel de emociones estéticas que iban del asombro a la admiración, a la duda misma que semejante entusiasmo me procuraba, al irresistible clamor de la multitud que con un solo, enorme alarido, tan vasto como el océano mismo que separa y une a España y México, coronó la faena de Manolete, el arte del torero y el coraje de su contrincante el toro llamado “El Gitano”.
Los adjetivos, igual que el aplauso, acudieron pisándose los talones a mi mente y a mis labios.
Manuel Rodríguez Manolete, se ha dicho tanto, era una figura que El Greco había dejado escapar de un cuadro de santo o guerrero. La larga y esbelta figura mística tenía la cabeza en un cielo reservado, acaso, para los grandes maestros de la tauromaquia, pero esa misma figura espiritual poseía un atractivo físico, sensual, de masculinidad, si no agresiva, ciertamente agradecida de sus atributos, subrayados por la ceñida elegancia del traje de luces. Mística y erótica a la vez, la figura de Manolete tenía, sin embargo, o asimismo, los pies bien plantados en la tierra. Si su figura parecía imaginada en el cielo tormentoso de El Greco, sus pies decían que no había otro cielo que éste, la tierra, la tierra de arena y polvo del genio popular de España, la tierra pródiga de la única gran cultura europea cristiana, árabe y judía, el redondel privilegiado de los tres monoteísmos que como el rey San Fernando en su tumba sevillana, reza para siempre en árabe y latín, castellano y hebreo. Manolete de pie en el mismo campo del Quijote, el redondel de la Mancha, el territorio manchego y manchado en el cual no es posible distinguir la sangre derramada de la sangre renovada.
Vida y muerte, eso vi aquella tarde de mi primera corrida viendo lidiar a Manolete en México.
Vi la vida y la muerte del matador y del toro.
Vi el emparejamiento de dos heroicidades: la del diestro y la de su contrincante animal.
Vi el símbolo de la interminable contienda entre la naturaleza que quisiera abrazarnos hasta sofocarnos con su gigantesco amor materno y la voluntad humana de establecer el espacio —la arena— separados de la ciudad —la polis, la civitas— al abrigo de la pura fatalidad natural.
Vi la escenificación de la angustiosa condición humana ante la naturaleza: ser absorbidos por ella o dominarla. Y dominarla de qué manera, explotándola destructivamente o respetándola, sabiendo, como sabía esa tarde en México Manolete, que él iba a morir y el toro iba a sobrevivir… no como un presagio de la tragedia de Linares apenas dos años más tarde, sino en la gran corrida universal que simboliza la fiesta taurina. El torero, al cabo, es el que perece y el toro, al cabo, es el que sobrevive…
Viendo lidiar a Manolete en México, aquel lejano domingo de hace ya más de medio siglo, me di cuenta de la más profunda relación del alma hispánica y el alma mexicana.
Mexicanos y españoles tenemos el privilegio, pero también la carga, de entender que la muerte es vida. O sea: todo es vida, incluyendo a la muerte, que es parte esencial de la vida.
No es nuestro el pudibundo eufemismo norteamericano “he passed away, pasó para no decir murió. Con razón exclamó un día Cagancho: “¿Hablar inglés? ¡Ni lo mande Dió!”. Con mejor razón irónica, reza la inscripción de una tumba en el Cementerio Brompton de Londres:
“Aquí yace Lady Wilson. Pasó de la ilusión de la realidad”.
Aunque tampoco es nuestra cierta serena racionalidad francesa que dictamina: “Partir es morir un poco”, a fin de no determinar que: “Morir es partir un poco”.
No: mexicano es el poema náhuatl que nos dice:
¿Es verdad, es verdad que se vive
en la tierra?
No para siempre aquí: somos
un momento en la tierra…
¿Es que en vano venimos, pasamos
por la tierra?
Cese por un momento
la amargura,
¡Aun por un momento disipemos
la pena!
Al menos cantos, al menos flores:
Esfuércese en querer mi corazón.
No: español es el soneto inmortal de Quevedo que nos dice:
serán ceniza, mas tendrán sentido,
polvo serán, mas polvo enamorado
al cual hace eco el verbo novohispano
de Sor Juana Inés de la Cruz:
¿Quién pensara que cómplice
en tu muerte
fuera, por no callar,
tu propia vida?
y si suena a desafío el corrido revolucionario mexicano de La Valentina,
Si me han de matar mañana,
que me maten de una vez,
esa vez, en la suprema elegía taurina de García Lorca, es un largo sueño sin fin:
Por las gradas sube Ignacio
con toda su muerte a cuestas…
Y su sangre ya viene cantando:
¡Oh blanco muro de España!
¡Oh negro toro de pena!
¡Oh sangre dura de Ignacio!
¡Oh ruiseñor de sus venas!
El blanco muro de España se fundió en México con el gran muro azteca de las calaveras, el Tzompantli, y se mestizaron dos universos sacrificiales —ambos rituales, pero uno sacrificio humano para aplacar a los dioses y renovar con sangre el renacimiento del día; el otro sacrificio simbólico para representar y salvar del olvido o la indiferencia la tensión entre hombre y natura—. Ya el 13 de agosto de 1529, ocho años después de consumada la Conquista, y en el día de San Hipólito, se establece oficialmente la fiesta de toros en la ciudad de México, confirmando la aparición natural de la corrida descrita por Hernán Cortés en la Quinta Carta de Relación al Rey Don Carlos: cuando “otro día, que fue de San Juan, (llegó un mensajero) de vuestra sacra majestad, estando yo corriendo ciertos toros y en regocijo de canas y otras fiestas…”.
Esos “toros ciertos” a los que se refiere Cortés los trajo a México don Alfonso García Bravo. Dos hechos notables se le deben a este alarife que llegó a México en expedición mandada por Francisco de Garay, a la sazón, gobernador de la entonces española isla de Jamaica.
Sobre las ruinas de la capital azteca, Tenochtitlan, García Bravo trazó la ciudad hispano-mexicana. la ciudad de México y realizó, igualmente, el trazo urbano de la espléndida ciudad de Oaxaca.
Pero además de ser el primer urbanista de la Nueva España, fue García Bravo quien trajo los primeros toros bravos a México, toros de Navarra pasando por Cuba y apacentados en la ganadería de Ateneo, cercana a la capital mexicana y la más vieja del continente americano.
La unción del primer virrey de México, don Antonio de Mendoza, en 1535, fue ocasión para lidiar más de cien toros y el virrey Luis de Velasco gustaba de lancear y dar capotazos en corridas de hasta ochenta toros. Nota bene: en esos siglos del Virreinato de la Nueva España, no se mataba a los toros.
Se suceden en la ciudad virreinal mexicana los cosos taurinos: plaza del Marqués en el siglo XVI, seguida de las plazas de El Volador, San Diego, San Pablo y las Vizcaínas, culminando con la de Chapultepec en 1713 e iniciando, en 1769, la primera temporada taurina formal y periódica, no exenta de accidentes.
Tomás Venegas “El Gachupín Toreador” y Pedro Montero, encabezaban la cuadrilla de a pie; Felipe Hernández “El Cuate” la de a caballo. Montero y su garrochero “El Capuchino” resultaron heridos, el Capuchino murió y su viuda recibió 24 pesos siendo el precio del toro que lo mató de diez pesos. Hablo del siglo XVIII preinflacionario.
(Continuará)

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