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Libros - May 29, 2012

Poesía mexicana (18): “Los Alebrijes”, de Jorge Valdés Díaz-Vélez

Incluido en una serie emblemática de poesía con el número 553, de la susodicha editorial madrileña, ese poemario del poeta torreonense continúa y reafirma una vocación y una certeza: la poesía como ejercicio vital e intelectual, ineluctable, y Valdés Díaz-Vélez, uno de los nuevos clásicos de la poesía contemporánea mexicana.

Creaciones deslumbrantes, similares en más de una parte a las que hace alusión el título, los poemas que integran este libro –poco más de cincuenta contenidos en cinco partes– son también artesanías verbales, artefactos poemáticos que impresionan por la armoniosa combinación de técnica y savia, de manufactura y colorido, de sentido y sonido. No es difícil percibir la música desprendida de esas sílabas medidas, sutil y arduamente conseguidas; no por sabida característica del autor es menos digna de mención y alabanza. Al contrario, si hay grados en el arte, el maestro Jorge sigue superándose a sí mismo y ascendiendo esa indefinible e imaginaria escala.

Quizás producto de la imaginación, una cantina mítica da pie al verso primero, a los realistas parroquianos y a todo el conjunto del poemario, en que se dan cita autores y obras –Malcolm Lowry, Juan Rulfo, Odiseo Elitis, Rubén Bonifaz Nuño, Fernando Pessoa, Carlos Drummond de Andrade, Ramón López Velarde, Saint-John Perse… incluso el Neruda chileno–, leyendas y personajes, amores irrepetibles e instantes eternos, escenas de película e historias para recordar, la tragedia urbana y la alegría y desdicha de la humanidad. Todo a ritmo universal: ranchera, jazz, bossa nova, bolero, tango… Todo alquímica y poéticamente transmutado. O todo cabe en un caballito sabiéndolo “montar”. ¿De sotol? Venga. Salud.

Ah, una cuestión más, de muchas otras presentes en la poesía de Jorge Valdés Díaz-Vélez: sus poemas son cuasiperfectos –cortesía mía el cuasi, claro–, redondos, acabados, pero, como en las obras maestras de la pintura, siempre hay un trazo –un verso, o estrofa, o imagen, o metáfora…– o un aspecto que es posible que llame la atención del espectador –lector–, que lo cautive e inquiete o maraville. Así, para cerrar esta nota, me permito transcribir dos poemas de “Los Alebrijes”:

Tócala, Sam

Play it, Sam. Play “As time goes by”.
Ingrid Bergman como Ilsa Lund en “Casablanca”

Después de tres tequilas, las muchachas
que llegan a la barra se desnudan
el alma, y le preguntan al mesero
por Dios, por el sentido de su vida,
por el baño de damas, por el hombre
romántico e inmortal que hoy no ha llegado,
por aquél que fue ayer será mañana.
Se alzan para chillar sobre las puntas
lustrales de los últimos zapatos,
y ríen porque sí.
Cualquier pretexto
les parece oportuno y da lo mismo
llorar con su ebriedad aquí o en otra
cantina. –Corazón, sírveme el último
y cuéntame una historia de fantasmas.

Betsabé les enciende un cigarrillo
con los ojos de miel más agrandados.

Los argonautas

Han venido a cantar “Las golondrinas”.
Llegarán a Nogales en tres días.
A Chicago, tal vez, en dos semanas.
Tienen familia allá, del otro lado.
Son de Minatitlán o Villahermosa.
Otros, de El Salvador y Nicaragua.
Su imagen de Illinois es una estatua.
Un campo de maíz la de Chicago.
Conocen el desierto sólo en fotos.
Van a seguir las huellas del coyote.
No levanta la niebla en la otra orilla.
Gibraltar se distingue a duras penas.
Son del Magreb y el sur de Cabo Verde.
Van a echar al oleaje su fe ciega.
Cruzarán en silencio todos juntos.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com
Foto: cortesía Ediciones Hiperión.

Nota patrocinada por: www.vialibros.com

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