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Ciencia y Tecnología - May 17, 2012

Minucioso proceso de restauración a cascabeles de ofrenda que pertenecieron a niño de alto rango

Las pequeñas piezas, 69 en total, de menos de 2 cm de alto y ancho, distribuidas en dos tobilleras sujetas a la osamenta del menor, son elementos que determinan el alto estatus social al que perteneció el niño o sus padres, al igual que una diminuta cuenta verde —de menos de un centímetro— hallada al nivel de la tráquea.

El arqueólogo Blas Castellón, responsable de la Zona Arqueológica de Teteles de Santo Nombre, detalló que el entierro fue hallado en 2010 en la plataforma central del sitio, durante la segunda etapa de excavación.

“Se conformaba por la osamenta de un niño de entre 9 y 13 años de edad, colocada sobre las escalinatas de una estructura, en posición sedente y con los brazos extendidos; tenía sobre sus manos huesos de aves, una cuenta verde en la tráquea, por lo que se supone que fue introducida en su boca al morir, y cascabeles de metal alrededor de sus tobillos”.

Los cascabeles, compuestos de cobre, arsénico y plomo, fueron intervenidos para eliminar la corrosión que tenían y darles estabilidad, además de que se creó un resguardo especial para su conservación, explicó Fabiana González Portoni, restauradora de la Coordinación Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural del INAH.

De acuerdo con la especialista, una vez realizada la limpieza de cúmulos de tierra que cubrían dichas piezas, se hizo un registro minucioso de cada uno de los materiales y del contexto en el que se encontraban.

La restauradora mencionó que se realizaron estudios estratigráficos en las tobilleras para saber su composición y técnica de manufactura. Dichos ornamentos estaban integrados por amarres de cuero unidos a los cascabeles, los cuales eran sostenidos por una especie de banda de papel amate y textil atada a la osamenta.

“En el caso de los cascabeles, se limpió la corrosión formada por la aleación de cobre, arsénico y plomo, luego se pasivó con sustancias químicas y finalmente se le colocó una capa de protección que retarda la corrosión natural del metal”, explicó la restauradora.

“Al papel amate y a los textiles, se les dio estabilidad a través de un proceso de inmersión; en tanto que a los anillos de cuero, después de medir su grado de acidez y encontrar que no producían corrosión, únicamente se les consolidó y limpió”.

La experta del INAH señaló que debido a la variedad de materiales orgánicos e inorgánicos de las piezas, se diseñó un montaje especial para su resguardo que las protegiera pero, a la vez, mantuviera la unidad de las partes a fin de entenderlas como una sola pieza dentro de un contexto funerario.

Para ello, “se creó una caja de polipropileno (material que casi no guarda humedad) que contiene en su interior un compartimento removible que absorbe la humedad generada de forma natural, con la finalidad de evitar que los cascabeles se corroan nuevamente”, describió Gonzáles Portoni.

Añadió que sobre dicha caja, están colocadas tres cajoneras de acrílico en las que descansan los objetos, cada una con un material distinto. La primera cajonera contiene los fragmentos de papel y textil, mientras que en la segunda y tercera se colocaron por separado dos filas de cascabeles con los cueros que les correspondían, de acuerdo con la manera en que fueron hallados.

“En cuanto a la pequeña cuenta verde y los huesos de las aves, fueron sometidos a procesos de limpieza superficial, y se les hizo un resguardo especial según la morfología de las aves, las cuales fueron previamente estudiadas por el investigador Joaquín Arroyo, del Laboratorio de Arqueozoología del INAH, quien determinó que corresponden a las especies de gavilán y codorniz”, informó Diana Medellín, jefa del Departamento de Conservación del Patrimonio Arqueológico.

Por su parte, el arqueólogo Blas Castellón mencionó que el entierro del infante data del periodo Posclásico (alrededor de 1300 d.C.), fecha posterior a la que corresponde la estructura en la que fue encontrado, pues el edificio es del periodo Clásico Medio (500 ó 600 d.C.), según se determinó con estudios de carbono 14 y análisis antropológicos hechos al niño durante 2010 y 2011.

“La diferencia de años nos permite inferir que posterior al abandono del sitio en el periodo Clásico Medio, pequeñas sociedades reutilizaron algunas estructuras para rituales o ceremonias sagradas, aunque no hay rastros de reocupación”, agregó Castellón.

Por su parte, la arqueóloga Patricia Salgado comentó que la presencia de restos óseos de aves, posiblemente esté vinculada al simbolismo prehispánico de los pájaros como guías de los muertos a diferentes niveles del inframundo, aunque hacen falta estudios que puedan confirmar esta hipótesis.

La Zona Arqueológica de Teteles de Santo Nombre, ubicada en el municipio de Tlacotepec de Benito Juárez, Puebla, cuenta con más de 10 conjuntos arquitectónicos (cada uno con entre 3 y 5 estructuras) de los cuales hasta el momento se han explorado la Plaza Central (donde se halló el edificio ahora conocido como Cascabeles debido al entierro), la Plaza Gran Altar, la terraza Casa del Nahual y el Conjunto de los Fogones.

“Debido a la antigüedad de las estructuras hasta ahora investigadas, que van del periodo Preclásico Tardío (200 a.C.) a Clásico Medio (600 d.C.), suponemos que el sitio fue ocupado por la cultura olmeca xicalanca, pues es la civilización prehispánica más antigua de la que se tiene indicio para el sur de Puebla, Oaxaca y la Costa del Golfo, antes de la llegada de los nahuas en 1000 d.C.”, concluyó Blas Castellón.

Fuente: (INAH)

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