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Del Toro - May 11, 2012

En defensa de la Fiesta Brava

Se afirma insistentemente que el toreo es barbarie. No lo es.  Más bien, el toreo se coloca entre dos opuestos: busca someterse entre los protagonistas del drama: el toro y el torero. Vida para uno, muerte para el otro. También puede darse a la inversa: muerte para el torero y vida para el toro.
Si el combate fuese igualitario sería innoble para el hombre, porque el valor de la vida humana se vería reducida a la vida del animal; debemos recordar que la civilización comenzó cuando se mostró que el hombre, por más inerme que esté frente a la naturaleza y a todos los animales, puede superar esas fuerzas, por más poderosas que sean.

II
Me niego a aceptar que el aficionado va a disfrutar una tarde de toros porque simpatiza con la violencia o la muerte; si así fuera el caso, iría al rastro, vería noticieros, películas, la televisión, leería algún periódico o revista de nota roja
El taurino asiste a la plaza porque el toreo es arte. Es un arte momentáneo, efímero, pero también eterno, porque trasciende por la música, el baile, el canto, la ópera, la escultura, la arquitectura, la pintura, la poesía, la novela, la vestimenta, la comida, en fin,  por la emoción eterna de lo irrepetible.
Dice Mario Vargas Llosa que entre todas las artes, quizá la más difícil de explicar racionalmente sean las corridas de toros, porque es arte, es ciencia, es una ceremonia.
El toreo es la fiesta más democrática porque es para el gozo de  todo el mundo, es arte sublime y cultura popular. El toreo es una fiesta antiquísima que ha sabido transformarse y hacer patente que también es una creación estéticamente fresca,  original y moderna.
Pero, sobre todo, el aficionado asiste a la fiesta porque tiene la libertad para hacerlo.
Los que no son aficionados también tienen plena libertad para no asistir. Lo ideal en una sociedad libre, en una sociedad como la que hemos construido todos los mexicanos es: Asisto porque me gusta, pero no obligo a nadie a hacerlo.
Si no soy aficionado, no asisto pero tampoco prohíbo que otros lo hagan. Tengo la libertad y el derecho de asistir o no asistir, pero no de obligar o prohibir.

III
Los animales no pueden tener derechos, entre otros muchos motivos porque los derechos son universales. ¿Cómo podríamos dar a un perro, a una pulga, a una gacela, a una hiena, a un piojo, a un mosquito, a un león, a un chapulín, a un oso polar, a una mosca derechos y luego los mismos derechos? ¿Tendría los mismos derechos un perro que una jirafa? ¿Un caballo que una hiena? Y en el extremo: ¿El hombre o el mosco anófeles? Ni siquiera podemos tratar con el mismo respeto al perro, a la pulga, al gato, al ratón, a la vaca, a la serpiente, al conejo, al águila, a la mosca o al toro de lidia.       
Tiene derechos quien puede tener responsabilidades; los animales no pueden actuar por deberes, es decir, obedeciendo a una norma o a valores. Actúan por instinto,  por naturaleza propia.
Luego entonces, la noción de los derechos de los animales es contradictoria, porque supone una condición de capacidad de decisión y discernimiento, de lo cual a todas luces carecen.  
Pero, aceptando sin conceder que tuviesen derechos, ¿quién va a hacer respetar los derechos a los animales? Y, finalmente, lo más importante,  ¿quién va a hacer cumplir las obligaciones que se les impongan a los animales?
Consideramos al perro como el mejor amigo del hombre. Luego otros animales que fueron domesticados y ahora son nuestros aliados, y nos ayudan en diversas labores y actividades, como el  caballo. Les damos de comer y los cuidamos como intercambio. Hay otros que nos dan lana, como los borregos, o carne para alimentarnos.
En todo caso, los deberes que tenemos hacia los animales son de comprensión, atención y cuidado, pero de ninguna manera los que tenemos hacia las personas, hacia la sociedad; esos sí son deberes absolutos porque son deberes de obligación, responsabilidad, de justicia, de comunidad y solidaridad.
Al toro se le lidia con respeto, no se le abate ni se le fumiga como bicho dañino, ni tampoco se le mata en la soledad, como una simple materia prima de una máquina de producción para el mercado.
El toro de lidia es un animal bravo. No es animal de compañía, tampoco doméstico y, sin embargo, es cercano y querido por el hombre. Por ello, el toro debe ser lidiado por quien acepta exponerse al peligro que representa. Le da muerte según los cánones de la fiesta y que se podrían resumir en la admiración y respeto que se tiene hacia el animal.
La corrida no consiste en matar una bestia, como vulgarmente y con vulgaridad se afirma. Consiste, como su nombre lo indica, en dejar correr al toro, que defienda su terreno, que ataque, que embista. La lógica de una corrida, entonces, será la bravura. No puede haber corrida con un toro inofensivo, manso, sin bravura.

IV
El toreo es cultura, es una resistencia cultural de pocos países ante el embate uniformador del mercado globalizador. Resistencia ante la imposición de un pensamiento único y de valores muy ajenos que buscan diluir nuestra diversidad cultural, nuestras tradiciones, negándonos a abrazar la modernidad de incertidumbre plástica que nos ofrecen.
Podríamos afirmar que la ofensiva contra la fiesta brava es un conflicto entre la búsqueda de homogenización y la trivialización universal, en base a una supuesta modernización para eliminar, entre otras cosas, una tradición cultural. Quisieran llevarnos, desde su irracionalidad, a negociar y mediatizarlo todo: nuestra libertad, la cultura, la lengua, nuestra historia, nuestro futuro.
No puedo entender que a un legislador, en virtud de que no le guste el pescado o la leche, prohíba la pesca o prohíba ordeñar  vacas. O cancele los conciertos en el Palacio de las Bellas Artes porque no le agrada la música clásica, eliminando todo derecho fundamental protegido por el Estado de derecho que pretendemos disfrutar.
En una sociedad como la nuestra, todos podemos creer en el Dios que más convenza y tener nuestras aficiones, con el principio fundamental y esencial de no interferir y menos prohibir las de los otros. No se puede legislar a partir de traumas personales, tampoco de filias o fobias.
En este país, donde tanto convocamos la libertad y la tolerancia, no podemos permitir que alguien se erija  en indiscutible representante autoritario de la mayoría, de la moral, de la verdad, de lo bueno, de lo ético,  buscando someter la voluntad del mundo taurino mediante la imposición de criterios dudosos y cuestionables que esconden propósitos egoístas, sospechosos y oportunistas disfrazados de altruismo. ¿Hasta dónde debemos tolerar a los intolerantes?
Estamos en un delicado proceso de apropiación o de expropiación, es decir, de esa capacidad por parte de otra cultura con pretensiones dominantes y hegemónicas para poner bajo control, diluir o desaparecer una tradición que es expresión lúdica y cultural. Dice Vargas Llosa: “El hecho es tan sorprendente tanto que la cultura, en el sentido que tradicionalmente se ha dado a este vocablo, está en nuestros días a punto de desaparecer.”
Hagamos caso omiso de los esquizofrénicos e ingenuos personeros de los países “modernos”, donde supuestamente no hay corridas porque significan violencia y barbarie, pero ellos en su gran civismo sí van hasta el confín del mundo a matar, antes a comunistas,  árabes ahora.

V
El hombre es libre y en esa libertad vive y puede morir cuando quiera. El torero decide, en su amor por la vida, jugársela enfrentándose a un majestuoso adversario.
Nada nos seduce tanto como el misterio de la muerte y, en tal virtud, el respeto hacia el toro obliga éticamente a que sólo le puede dar muerte quien arriesgue en un ritual su propia vida.
Es una gran impostura y simulación afirmar que, para el animal, la muerte fuera del ruedo es “menos cruel”. El toro de lidia, por su bravura prefiere morir en la gloria del ruedo que en el confinamiento del rastro, sin la opción de luchar, como un simple buey.
¡No se puede tapar al sol ni a la muerte con un dedo! Dice Mauricio Materlinck que la muerte no es sino un nacimiento inmortal en una cuna de llamas. Así lo han comprendido los pueblos más sabios y más felices de la historia.
En el fondo, su falaz argumentación está en el gran temor de mirar la muerte a los ojos, sí, con los ojos y de frente, como un fenómeno natural, fatal y cierto. Como lo hacen en el ruedo  el toro y  el torero, frente a frente.
Por ello, es de lamentar los miedos y los fantasmas que llevan a la sociedad —quien ha asumido una creciente afición por la victimización— a un hipócrita doble discurso ante la muerte, como si ella no existiera.  Por ello mismo, se hace difícil que comprendan que la muerte pública del toro es un fin necesario en la ceremonia ritual y sacrificial.
El toro, sin duda, está destinado al consumo humano y en ningún caso puede volver a servir para otra corrida, porque en el transcurso de la lidia ha aprendido demasiado, se ha convertido en “intoreable”. Pero esto no es lo esencial, las verdaderas razones son:

“Simbólicas, una corrida es el relato de la lucha heroica y de la derrota trágica del animal: ha vivido, ha luchado, y tiene que morir.
“Éticas, el momento de la muerte es el “instante de la verdad”, el acto más arriesgado para el hombre, en el que se tira entre los cuernos intentando esquivar la cornada gracias a dominio técnico que ha adquirido sobre su adversario en el desarrollo de la lidia.
“Estéticas, la estocada es el gesto que finaliza el acto y hace nacer la obra; la estocada bien ejecutada, en todo lo alto y de efecto inmediato confiere a la faena la unidad, la totalidad y la perfección de una obra”.  

Estas sutilezas, generales y sumarias, pueden ayudarnos a comprender la fiesta; para otros,  amar el significado profundo y mágico que da sentido a la corrida de toros.

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