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Arte y Cultura - May 8, 2012

Poesía mexicana (17): “Pata de perro”, de Margarito Cuéllar

Con este par de libros, Margarito Cuéllar estrecha más sus lazos con Colombia, y de paso los de nuestro país con aquél, a pesar de que, como señala en su “Réplica” el regio poeta potosino, en ese país hermano ha sentido el frío de armas blanca y de fuego en el cogote o cerca de éste. Digo esto nomás porque allá le siguen ocurriendo cosas extraordinarias, como algunos gazapos en esta edición, especialmente el de la portada. Si no fuera tan evidente, ni para qué mencionarlo. Pero, claro, la poesía de Margarito es otra cosa muy distinta.

Nadie como ella
con su lengua de becerra triste
para reconocer
el camino –la sal– de su dueño
y transformar mi pene
en una torre de miel.

(Fragmento del poema “Estefanía” del apartado “Pies de gato”.)

“Pata de perro” (Grupo Editorial Con Las Uñas, s.l.n.a.), supongo que publicado en Colombia en 2011, es el número 1 de la colección “Poesía” de dicha editorial. En realidad, es una antología personal que abarca casi tres décadas de producción poética de Margarito; de hecho, por lo que refiere en el “Prólogo” José Luis Díaz-Granados, quizás el editor, debió titularse (o se titula) “Pata de perro. Poemas, 1983-2010”. En ella, añade, “hallamos las voces y los silencios de Carlos Drummond de Andrade, Ezra Pound, Carl Sandburg, Gonzalo Rojas, Ramón López Velarde y José Carlos Becerra”. También agrego, siguiendo con evidencias, omisiones de epígrafes y suposiciones, a Jaime Sabines, Gilberto Owen, José Emilio Pacheco, Pablo Neruda, Fernando Pessoa, Octavio Paz, Eugenio Montale, incluso Ricardo Castillo…

No me casé ni tuve hijos
pero mis sucesores se disputan
mis “Comedores de patatas”
y “Autorretrato con pipa y con el oído vendado”.
Una vez la fortuna sonrió a una prostituta de París
que además de un gran falo
se llevó mi oreja izquierda.
Me gusta andar desnudo
en parques desolados
embriagarme del aire
y las buhardillas de París
recorrer sus burdeles, sus calles y sus muertos.
Me enfada perseguir a Paul
hasta el ferrocarril
con mi navaja de afeitar.
A veces pienso:
Willem, nada te ofrece la lluvia de París
retratada ya por Baudelaire y Lautréamont
Rimbaud y Laforgue, Delacroix y Millet.

(Fragmento del poema “Van Gogh, suicida de la noche estrellada” de “Pies de gato”.)

Díaz-Granados tiene mucha razón cuando señala que la poesía de Cuéllar “rescata con grandeza el sentido de lo cotidiano”. Así es, el poeta nacido en Ciudad del Maíz, San Luis Potosí, en 1956, pero afincado en Monterrey desde 1973, tiene la virtud de poseer la mirada del poeta auténtico, del que no se cansa de quitar las legañas de lo ordinario y descubrir la poesía oculta en los matices de las palabras y las cosas sencillas, como la mujer, el amor, el erotismo, el arte, la ironía, el paso del tiempo, la familia, el aire, el campo, el paisaje y sus animales, la imagen siempre renovada de la luz y su sombra, homenajes, muy poca o nada de critica social, la poesía.

Breve como estación
y talle de muchacha.

A ratos cae
sin madurar.
A veces la encontramos
sin reconocerla.

Después
ya sin alma
sin ojos para buscar
decimos/
“ah, era la vida
la muchacha que un día
se alzó la falda
en medio de la noche”.

(“La rosa de papel”, del apartado “Punto de fuga”.)

No sé decir bien por qué, pero en los poemas de Margarito, en varios, se desprende el aroma del campo, de la frescura del paisaje, de la música del aire, de la fuerza primigenia del canto. No es ocioso señalar que tiene poemas en prosa y en verso, en ambos estilos algunos muy logrados, como “La caza del venado” y “Saga del inmigrante”, respectivamente. Además, es un poeta en constante experimentación, en búsqueda formal de la expresión adecuada para el poema. Ésta es otra cualidad de las antologías: brindar la posibilidad de avizorar el desarrollo o evolución del poeta, de sus recursos, de sus palabras, de sus poemas. Así se aprecia en “Pata de perro”.

No aburras a tu amada con flores.
Amárrala a la cama, deshójala despacio
y quítale las medias como si tocaras una arpa.
Rasúrale el pubis y muéstrale el espejo:
las heridas se encuentran.
No le digas que sus caderas son melancólicas
como cena de Navidad
y sí festivas
vacaciones de Semana Santa.
Ahorra diminutivos;
cosa, trapo, seco, reina de las Oceánidas
suena bien.
Dile que la amas la vida de un instante
que su piel es de agua y bebe de sus ánforas
líquidos tragos lentos,
que sus huesos abren el apetito
y por eso la masticas.
Mastícala con calma, gozará más de tus dientes.
Háblale fuerte para que huya del cuento.
Haz que vomite todos los sapos, y por las dudas,
arroja lejos esa flama verde
de príncipes caídos en desgracia.

(“Cuento” del apartado “Diáspora”.)

“Pata de perro” es un libro dividido en tres apartados o secciones y con ventanas amplias, panorámicas para apreciar la poesía de un poeta mexicano maduro, poderoso, verdadero, que canta a las reses en el silencio del alba y a las muchachas en el estruendo de las ciudades que recorre, como Pedro por su casa, a pesar de los sustos y los fantasmas. Un libro nuevo con versos añejados o renovados, pues, como dice Cuéllar en su “Réplica” al “Prólogo” de Díaz-Granados, “La pesquisa para llegar a estas páginas incluye y excluye, colecciona y segrega, traduce y margina, pone al día y rechaza. Pasar en claro es oscurecer el pasado en aras de la transparencia”. Así, este poemario reunido confirma otra evidencia más: la poesía es una vocación y una elección definitiva en la vida de Margarito Cuéllar, poeta mexicano, hacedor de una poesía festiva, al que volveré gustoso en entrega próxima.

Estamos nerviosos por la situación de la patria
y a diario dañamos la capa de los sueños.

(“País”, del apartado “Diáspora”.)

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

Foto: “Pata de perro” es un poemario que va de más a más, sin menoscabo.
Cortesía: Grupo Editorial Con Las Uñas.

Nota patrocinada por:

Librería Las Américas
José Morán 2-b. Col. San Miguel Chapultepec. Miguel Hidalgo, México, D.F. Tel. 2614 6216.

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