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Del Toro - April 23, 2012

A todos los antitaurinos

Tesis 1: Los animales no tienen derechos

Primero argumento: La noción de derechos subjetivos supone en general la noción reciproca de deber. Quien tiene derechos tiene, por lo menos potencialmente (pensemos a los niños), deberes. Ahora bien. Los animales no pueden actuar por deberes (o sea, obedeciendo a normas y valores), actúan por naturaleza propia.

Segundo argumento: La noción de derechos implica la de igualdad de derechos. (Hablar, por ejemplo, de derechos de los ciudadanos significa que tienen todos derechos iguales en cuanto ciudadanos. Afirmar que los hombres tienen derechos “naturales” suponen que “nacen libres y iguales”.) Ahora bien. Los animales no pueden tener derechos porque no podemos dar a los perros y las pulgas derechos iguales: si mi perro tiene el derecho de vivir sin pulgas, la pulga no tiene el derecho de convivir con mi perro.

Tercero argumento: La noción de derechos de animales es contradictoria. Si se conceden al lobo el derecho de vivir, se quita el mismo derecho de vivir al cordero. Y recíprocamente, si se concede al cordero el derecho de vivir, se quita el mismo derecho al lobo.

Cuarto argumento: La noción de derechos subjetivos supone una autoridad neutra encargada de hacer respectar los mismos. Ahora bien: los únicos animales que pueden hacer respectar estos derechos son los animales humanos, pero son al mismo tiempo los únicos que deben respetar estos derechos (y según el primero argumento: los otros animales no pueden actuar por deber sino por naturaleza).

De eso podemos deducir nuestra segunda tesis.

Tesis 2: Los hombres tienen deberes hacia los animales…

Por las mismas razones que los animales no tienen derechos naturales, los hombres, si, pueden tener deberes hacia ellos porque son los únicos “animales” que pueden agir respectando normas y reconociendo valores (verbigracia el cuarto argumento arriba)..

Tesis 3: …pero solo deberes relativos…

Cualesquiera que sean los deberes que tengamos hacia los “otros animales”, son siempre relativos, o sea subordinados a los que debemos hacia los otros hombres, que, ellos si, son deberes absolutos, porque son deberes de reciprocidad, de justicia y de comunidad. La única moral que es absoluta es la que nos liga a la humanidad, a la especie humana en general y en particular a todos los individuos que son parte de ella. Los deberes que tenemos hacia otras especies, incluso las más próximas a nosotros están subordinados a los deberes que tenemos hacia los demás hombres, incluso los más lejanos.

Y es justamente la moral de la corrida de toros. La ley suprema de la lidia se resume a esto: el animal debe morir, el hombre no debe morir. La ley suprema de la corrida expresa una asimetría absoluta entre los dos protagonistas del drama y un antagonismo de sus destinos: la vida para uno, ora gloriosa ora sin gloria, y para el otro la muerte, ora sin gloria ora gloriosa. La ética de la corrida es pues la aplicación perfecta de la tesis 3: respetar al toro pero no en igualdad con el hombre. La corrida se sitúa de esta manera en equilibrio entre dos males. Es lo contrario de la barbarie porque se sitúa a equidistancia de dos barbaries opuestas. Si el combate fuese igualitario, su práctica seria innoble para el hombre puesto que el valor de la vida humana se vería reducido al del animal –como en la formas de barbarie antigua que eran los juegos del circo romano. Si el combate fuese desleal, su práctica sería innoble para el toro, puesto que el valor de
la vida animal se vería reducido al de una cosa –como en la barbarie moderna que suponen las formas extremas de ganadería industrial.

Los animalistas protestan: ¡es desigual! Es cierto, pero esta desigualdad es justamente moral en su principio. ¿Qué es lo que querrían? ¿Que las probabilidades del hombre y del animal fuesen iguales, como en los juegos del circo? Si una vez muriese uno y otra vez otro ¿sería más justo? Sería, en todo caso, más bárbaro. La barbarie consiste en tratar igualmente hombre y animal. La civilización empieza cuando se muestra que el hombre, por más inerme que sea, puede superar a una fuerza natural — por más poderosa que sea, según el principio de cualquiera tauromaquia.

Ahora bien. Eso no resuelve nuestro problema moral. No es porque no tenemos deberes absolutos hacia los animales, sino sólo deberes relativos que tengamos el derecho de tratar a los animales como cosas que podamos utilizar como guste.

Tesis 5: Nuestros deberes hacia los animales deben ser diferenciados…

Recordemos los argumentos 2 y 3 de la tesis 1. No podemos tratar igualmente a los diferentes animales, seria contradictorio. No podemos tratar con el mismo respecto al perro y a la pulga, al gato y al ratón, al toro de lidia y a la vaca lechera. Sin embargo, ¿cómo diferenciar? A esa pregunta, responden las dos tesis siguientes.

Tesis 6: … ajustados a nuestras relaciones…

Debemos ajustar nuestra conducta hacia los animales al tipo de relaciones que mantengamos con ellos. O sea: no debemos romper el pacto de afecto o de intercambio que tenemos con ellos. A priori, hay tres tipos de animales correspondientes a tres tipos de relaciones que tenemos con ellos. Primeramente, hay los animales de compañía (gatos, perros, etc.). Los deberes que tenemos hacia ellos se deducen del lugar y de la función que les atribuimos: les damos nuestro afecto con intercambio de su afecto. Forman casi parte de la familia. Es pues inmoral pegar o matar sin razón a su gato, o abandonar a su perro. El segundo tipo de animales son los domésticos, o sea, los que fueron domesticados par el hombre generalmente durante el neolítico: también en este caso, nuestros deberes se deducen se su lugar y función: les damos comida y protección, en intercambio de su trabajo, lana o carne. Es pues moral matarlos porque generalmente es por eso que viven, pero es inmoral tratarles como puras mercancías, o sea cosas sin vida como en algunas horribles formas de hiperproducción industrial. El tercer tipo de animales son los salvajes. No tienen ni lugar ni función en nuestra vida. No tenemos ninguna relación individualizada con ellos y por tanto ningun deber individual con cada uno de ellos, sino solo deberes hacia las especies en cuanto tales, por ejemplo respetar los equilibrios ecológicos, la biodiversidad, y por lo tanto defender la ganadería brava que es una de las ultimas forma de ganadería extensiva de Europa.

Pues bien. ¿Que deberes tenemos hacia los toros bravos? ¿En que categoría se encajan? ¿Que lugar y función tiene el toro bravo? Esta es la cuestión. El toro bravo no es obviamente un animal de compañía pero tampoco es ni un animal doméstico ni un animal salvaje. La respuesta cabe en dos palabras –que lo definen- es un animal bravo. Por cierto, el toro bravo es en cierto sentido doméstico en la medida en que es un animal del que el hombre se ha apropiado, al menos desde que existen ganaderías en el siglo XVIII. Sirve a un fin humano, (el juego en el ruedo, la tauromaquia). Es el fruto (por la selección y control de la reproducción) mejor adaptado a este fin; y es que no sólo es que el toro bravo no subsistiría si no sirviese para este fin sino que sus características morfológicas y etológicas son en gran parte el fruto de la voluntad humana. Pero hay una paradoja constitutiva de nuestras relaciones con el toro bravo que funda su carácter extraordinario: la apropiación del toro por el hombre en las ganaderías, y su utilización por el hombre en la corrida implican que sea criado preservando su natural desconfianza y desarrollando su natural agresividad, es decir su hostilidad hacia el hombre. La especie (o la variedad) “toro bravo” no es ni doméstica ni salvaje: es un animal bravo. Por esas mismas razones no se puede encuadrar en las oposiciones “familiar / extraño” ni “amigo / enemigo”. Ni es amigo puesto que se le lidia y se le mata, ni es enemigo puesto que no debe ser abatido ni exterminado: el toro debe ser combatido por aquel que acepta exponerse él mismo al más grande de los peligros; y se le da muerte según las reglas y las formas que se asientan en el respeto de su integridad física y moral. Ni amigo porque le combatimos, ni enemigo puesto que nos medimos a él: es el Adversario. Es en esto en lo que la corrida de toros respeta las relaciones que tenemos con el toro bravo. No debe ser tratado ni como un animal doméstico, porque entonces no debería ser combatido; ni como animal salvaje, porque entonces podría perfectamente ser abatido. Debemos respetar las relaciones trenzadas con este animal al que queremos porque es bravo, o sea porque nos es hostil.

Tesis 7: … y adaptados a su naturaleza.

Debemos tratar a los animales, no sólo conforme a las relaciones que mantenemos con ellos sino conforme a su propia naturaleza. Por ejemplo, aunque ambos sean animales de compañía, no podemos tratar de la misma manera al perro y al gato. Ahora bien. ¿Cómo debemos tratar a los toros bravos? Respuesta: según su propia naturaleza. El toro bravo es un animal naturalmente desconfiado, dotado de una especie de instinto de defensa, en su caso particularmente desarrollado (y desarrollado cada vez más debido a la selección a la que se le somete desde hace más de dos siglos), que se manifiesta desde el mismo momento del nacimiento, la bravura, que lo incita a arrancar, a embestir de manera espontánea contra todo aquello que potencialmente pueda ser un “enemigo”. Esta acción (o reacción) es la base de todas las tauromaquias. Y toda la ética taurómaca consiste en permitir a la embestida del toro, a esa fuerza activa, a esa naturaleza, manifestarse. La corrida no consiste en matar una bestia. Es todo lo contrario. La corrida, como su propio nombre indica, consiste en dejar al toro correr, atacar, embestir. Afrontar un animal desarmado, inofensivo o pasivo sería propio del matadero. La ética de la corrida consiste en primer lugar en dejar que la naturaleza del toro se exprese.

Doblemente: en su vida, en su muerte. Durante toda su existencia, en el campo, está en libertad. Y vive de acuerdo con su naturaleza brava, o sea rebelde, insumisa, indócil, indomable. En el momento de su muerte, combate hasta la muerte también de acuerdo a esa misma naturaleza: brava. Toda la ética de la lidia consiste en permitir que la bravura del toro se manifieste. Seguro que el aficionado va a la plaza para ver a los toreros expresarse delante de los toros, pero también para ver a los toros expresarse en su combate. Expresarse, para el torero, es una cierta manera de estar inmóvil delante del toro; expresarse para el toro es una cierta manera de estar móvil, de moverse, delante de cualquier adversario, congénere o no. Es correr para atacar, para coger, matar. Y esta naturaleza del toro como animal combatiente no está sólo inscrita en el discurso teórico sino también en las prácticas. Consideremos por ejemplo las reglas de ejecución de la suerte de varas. Todas tienen como principio que el toro tiene que ir al caballo y volver a acudir por sí solo, es decir atacando por sí solo a su adversario, alejándose de su propio terreno natural, (a contra-querencia, como se dice), pudiendo en todo momento, escaparse de la suerte si “prefiere” la huída al combate.

Concluyamos. Toda la ética de la corrida de toros se sustenta pues sobre este único concepto: el de la bravura. El toro bravo no es ni una cosa ni una persona, ni un animal doméstico ni un animal salvaje, ni un amigo ni un enemigo del hombre, es un ser esencialmente bravo. La bravura es la condición de posibilidad de la corrida: sin bravura no hay embestida del toro y por lo tanto no hay corrida de toros. Es también el fundamento de sus reglas: verbigracia la suerte de varas y la estocada. La bravura es la única justificación de la corrida y su más alta gloria. Y es, finalmente la fuente de su valor moral: en la lidia y en la muerte, está adecuado a su propia naturaleza. El toro debe vivir libremente, soberanamente en el campo en absoluta independencia puesto que es bravo; pero bravo, puede morir en el ruedo combatiendo al extraño que le disputa esa soberanía. La corrida respeta, pues, los principios generales que deben guiar nuestras conductas hacia las demás especies. Pero aún hay más: la corrida no es solamente “moral” en el sentido en que no sería “inmoral”. Sino que es una moral. Nos enseña que hay subordinar el respeto de la vida debida al toro al respeto de la vida del hombre, pero también que hay que respetar lo que el toro es para nosotros – el adversario- y lo que es por naturaleza –libre y rebelde. Respeta pues los siete principios que deben guiar nuestra conducta hacia las otras especies si queremos respetar a los animales— pero permaneciendo humanistas. ¿Por qué? Porque los antitaurinos y los animalístas acaso sean personas sensibles y buenas, no voy a discutirlo. Pero el animalismo, en si mismo, no tiene nada de amable. Es un peligro. No sólo para la corrida de toros, ni siquiera para la caza , la pesca, la alimentación y todos los frutos de la civilización. Es un peligro más general porque quiere substituir una moral del sufrimiento generalizado y ciego a una moral humanista de justicia y de reciprocidad en general. Y, por lo tanto, pasó el tiempo de defender la corrida en voz baja, es momento de recordar con la voz alta y clara que es una escuela de valor, de serenidad y de inteligencia. Es momento de mostrar también que es una de las más originales creaciones estéticas de la modernidad.
Pero también es momento de proclamar que es una de las ilustraciones más brillantes de nuestros verdaderos deberes hacia los animales.

 

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