Home Arte y Cultura Poesía mexicana (16): “Las guerras culturales de Octavio Paz”, de Armando González Torres, a propósito de un aniversario luctuoso más del premio Nobel mexicano
Arte y Cultura - April 20, 2012

Poesía mexicana (16): “Las guerras culturales de Octavio Paz”, de Armando González Torres, a propósito de un aniversario luctuoso más del premio Nobel mexicano

Por fortuna, no ocurre así con la influencia de su obra, que sigue vigente, y con visos de perdurar por muchas décadas más, en la cultura mexicana, a pesar de que, como es natural, varios aspectos de su trabajo ensayístico hayan quedado obsoletos o sido rebasados.

De hecho, abarcar el estudio de la totalidad de su obra casi es un despropósito, sino es que un absurdo. Como señala atinadamente Armando González Torres en su libro “Las guerras culturales de Octavio Paz” (Editorial Colibrí/Secretaría de Cultura del estado de Puebla, México, 2002): “…Paz representó, con todas las virtudes y los defectos, la figura de un intelectual omnívoro que busca las correspondencias entre las artes, las culturas y los saberes; de un artista que pretende reivindicar la autonomía del arte con respecto a las consignas ideológicas; de un moralista y reformador social que aspira a ser árbitro de la polis. Nada hubo ajeno a la inquietud abarcadora de Paz: la identidad hispanoamericana, los dilemas de la modernidad, el estado de la cultura occidental, la apertura de perspectivas hacia Oriente, los laberintos de la política mexicana o los pormenores de la vida literaria”. Un intelectual omnívoro, como quizás ya no vuelva a haber otros en el mundo, pues éste es muy distinto del que le tocó vivir a Paz.

Así, entrevisté a González Torres tomando en cuenta que la literatura es consustancial a su vida, que también es poeta y ensayista –el libro susodicho obtuvo en 2001 el Premio Nacional de Ensayo “Alfonso Reyes”– y que “Las guerras…” es uno de los títulos más accesibles –no enfocado a especialistas– para el lector común, pues aclara puntualmente que “busca trazar un esbozo de la presencia pública de Octavio Paz en México, a través de su participación en diversas batallas culturales e ideológicas” y que se “ocupa de la personalidad intelectual que encarnó Paz y, más que ocuparse de su literatura, se ocupa de su política literaria”.

Sin agotar el tema, a veces con análisis certeros y otras no tan profundos, Armando consigue su objetivo y esboza un fragmento –no carente de interés académico y cultural, incluso literario– de la compleja y rica personalidad del único Premio Nobel de Literatura que tiene nuestro país. Además, insiste en la necesidad de más estudios sobre este singular personaje de nuestra vida cultural, que cubre casi tres cuartas partes del siglo XX mexicano. He aquí la entrevista.

Armando, Octavio Paz sigue siendo una figura muy presente –una especie de figura tutelar– en la vida cultural de México. Después de varios años de la concepción y posterior publicación de tu libro, una investigación que seguro te llevó varios años, ¿qué ha cambiado, desde esta perspectiva, de 2001, en que aparece el libro, a la fecha?

Aunque ha pasado ya bastante tiempo de su publicación, básicamente sigo, con matices, por supuesto, sustentando lo mismo: que Paz ha sido el más importante intelectual público, el más importante polemista mexicano y, quizás, hispanoamericano del siglo XX, cuya presencia se extraña mucho. Sí, sigue siendo una ausencia profundamente significativa, más para estos tiempos de pasiones enconadas, de desorientación, de, a veces, pulverización del diálogo intelectual. Creo que el gran mérito de los intelectuales omnívoros, del tipo de Paz, de los que él fue uno de los últimos ejemplares, era traer a la escena pública debates que por su cariz especializado a veces tienden precisamente a fragmentarse, a pulverizarse entre diversas audiencias académicas, entre elites políticas, y esa pulverización del debate implica también una pulverización de las decisiones. Entonces, el hecho de que hubiera intelectuales capaces de traer todos estos temas a la escena pública implicaba una educación del albedrío del público, un acto muy encomiable de lo que suele llamarse alta vulgarización, en el mejor de los sentidos, es decir, hacer familiares temas que no necesariamente son tan familiares al lector, instruido o no, cualquiera. Lo que ocurre con la ausencia de Paz es precisamente esa fragmentación –creo que muy nociva– de la visión, la perspectiva unitaria de la cultura, también de una perspectiva más integral de la cultura, ética, estética, donde se funden diversas dimensiones de la cultura. Entonces esta ausencia es profundamente significativa.

Cuando concluí la lectura de tu libro, me quise imaginar todas las dificultades que enfrentaste al escribirlo, pues la obra de Paz es colosal, pero me queda la impresión de que tuviste que elegir entre el análisis político de la obra y el de la figura pública; en cualquier caso, no saliste inmune de ese paso por su obra.

Sí, Paz propone una lectura original de diferentes coyunturas de su tiempo, lee originalmente muchas coyunturas de su tiempo, es un participante activo de, prácticamente, todas las polémicas del siglo XX, desde los debates de su juventud entre nacionalismo y cosmopolitismo, hasta los debates sobre la insurrección zapatista en los años noventa. Él abarca un arco muy amplio de temas, de coyunturas, y en todos tiene una participación muy importante, pero no sólo eso, sino que también  impuso un método de lectura histórico, un método de lectura literario, en fin, un método de lectura integral donde se conjugan estética, moral, historia, y que de repente puede ser muy seductor como receta para imitar. Pero el propio Paz siempre fue muy ajeno a estas visiones que intentaban explicar el mundo desde un dogma sencillo, y precisamente su gran lección es este escepticismo hacia las modas intelectuales, hacia las ideologías, pero de cualquier manera creo que es muy fácil querer imitar a Paz en muchos sentidos, más que leerlo, más que criticarlo, más que, digamos, hacer esta forma de lectura que quizás sea la más fecunda con un autor como Paz, al que, como decía Nietzsche, hay que admirar con violencia.

De alguna manera, vuelves a estudiar el papel del intelectual en la sociedad, como lo has abordado en otro de tus libros, así, mencionas que Paz moldeó, de un modo u otro, su figura pública a partir del 68, entonces, una de las aristas posibles de análisis de tu libro sería cómo el intelectual se deslinda de su obra y crea su propio mito, lo mismo que ocurre con Paz y la cultura mexicana, es decir, al morir deja “huérfana” a la cultura mexicana, pues también creó un mito sobre sí mismo y sobre la historia mexicana (por ejemplo, El laberinto de la soledad) fundado en la cultura. Pareciera que nadie puede llenar el hueco que dejó ese gran padre de nuestra cultura, un gigante de la cultura universal, y continúa esa sensación de orfandad en nuestra cultura después de más de diez años de su muerte.

Exacto, al contrario, es una ausencia que pesa continuamente. Creo que Paz, por suerte, más allá de esta pervivencia inercial de su obra, que a veces pervive mucho en estereotipos, a veces mucho en prejuicios, a veces todavía en pasiones, pero más allá de eso, lo importante en una obra como la de Paz es que sigue despertando interés académico. En muchas de sus facetas sigue siendo un autor frecuentado, ya sea como escritor, como político, ya sea como figura pública, en fin, es un autor que sigue generando interés, interés especializado y en general. También sigue presente más por su ausencia que por su presencia.

Creo que aún despertará interés dentro de 50 años, al menos, por la calidad y el tamaño de su obra, pero qué pasa con los otros lectores, por ejemplo, los de poesía. Neruda, creo, es más valorado en el mundo como poeta, y lo mismo Sabines en México, que Paz por esos lectores, así, ¿qué pasará con ese Paz poeta –no el ensayista, mediático– que no es tan accesible al lector de poesía, más común?

Esto me parece importantísimo porque yo también tengo la duda de cómo va a sobrevivir Paz, digamos, al ocaso de las coyunturas en que fue tan fundamental. Para nuestras generaciones, Paz va a ser una figura muy presente, muy importante, no tanto porque leyéramos su obra, no tanto porque leyéramos su poesía, sino por su prominencia política, su presencia mediática, su personalidad profundamente controvertida…

Y con su consabida satanización, pues mucha gente lo consideraba reaccionario…

Realmente, para generaciones como la mía, la forma de encarar a Paz era un verdadero rito de iniciación, pues se requería un pequeño rompimiento con muchos prejuicios, con muchas inercias, para decir que eras un lector de Paz, para decir que te interesaba, para no descalificarlo como ideólogo y perdonarle la vida como poeta, ¿no?

Ése es un problema serio, creo. Finalmente, el Paz más leído en México es el de El laberinto de la soledad, pero para un preparatoriano su lectura debe de ser, me imagino, un encuentro con un Paz que le va a parecer muy distinto al que nosotros conocimos o del que teníamos una idea más cercana, próxima, así como con otra visión de país…

Sí, desde funcionario público hasta prototipo de intelectual independiente, desde el poeta comprometido de su juventud hasta ese hombre controvertido y liberal de sus últimos días…

Un hombre polémico incluso en su poesía, como el poeta más asequible de “No pasarán” al más elaborado de “Piedra de sol”, paradójicamente.

Claro, esto es muy interesante porque la obra de Paz es tan dinámica que es muy probable que nuevas generaciones encuentren otras fuentes, otros motivos entrañables en una obra tan amplia como la de Paz.

Me viene a la mente algo fácil de constatar, por ejemplo, con Jaime Sabines, quien no practicó la prosa, como Paz en el ensayo, pero su poesía sigue estando presente en los lectores mexicanos, no creo que ocurra lo mismo con Paz, poeta reconocido en otros lugares del mundo, o incluso con Pacheco, más conocido por su prosa por el lector común o preparatoriano…

Exacto, hay más empatía… Creo que falta mucho por descubrir de Paz, muchas de sus facetas, como la de poeta amoroso, de poeta musical, lo tenemos muy catalogado como un poeta cerebral de grandes arquitecturas, de arquitecturas poéticas imponentes, de largo aliento, pero olvidamos un poco a ese poeta cantarín, ese poeta amoroso de sus primeras épocas, ese poeta de poemas cortos.

Ya que lo mencionas, creo que en su obra hay pocas referencias a la música o a músicos, como sí las hay de pintura, por ejemplo.

Pero su oído estaba afinado, ahí está “Piedra de sol”. Pero sí, también escribió muy poco sobre cine.

Armando, mencionas en tu libro el de Jorge Aguilar Mora, que también escribió uno sobre Paz, como rompiendo un tabú, o el de González Rojo…

Sí, el momento en que Aguilar Mora lo publicó era de mucha polarización, y era una visión muy acerba sobre la visión histórica de Paz.

El de Aguilar Mora es un estudio académico, ¿el tuyo no lo es? Es un ensayo, pero no sólo es accesible a un lector especializado, sino que también lo es para uno simplemente interesado en Paz, o para un lector que, por lo menos, ya sabe quién es este escritor.

No es un libro introductorio a Paz, para nada, mi libro más bien es de un lector ferviente de Paz, no especializado, es mucho más, por decirlo así, el ajuste de cuentas de un lector muy apasionado, es una visión muy crítica, porque finalmente lo que yo hago en este libro es una suerte de biografía de la política cultural de Paz, de muchas de las estrategias que utilizó para promover y moldear su propia figura, pero también lo que admito en el libro y me parece importante es que, más allá de todas estas estrategias, a veces muy mundanas, su papel en la vida pública mexicana es fundamental, inabarcable y difícilmente igualable.

Creo que Fuentes y Pacheco no llenan ese hueco…

Sí, porque además sus pasiones y sus circunstancias son muy otras, es decir, hay una conjunción muy peculiar entre una personalidad, entre las circunstancias que vive y en las respuestas que él da a esas circunstancias, las respuestas vitales, intelectuales, políticas…

Otra es la influencia de la herencia, como en el caso de Paz, pues su abuelo influyó mucho en él, retoma en parte a su padre…

Hay una conciencia generacional desde muy joven en Paz, y esto desde la adolescencia, hay, digamos, la función del artista, la concepción del artista no como el personaje meramente refugiado en su torre de marfil, sino la de un personaje que debe participar tanto de lo que se llamaría la vida contemplativa como de la vida activa, y de manera muy importante. ¿Por qué? Exactamente por herencia, por circunstancia, le toca vivir en una generación que debe incorporarse de manera muy precoz a los acontecimientos, son gente que antes de los veinte años ya está militando en partidos políticos, ya tiene puestos políticos, personajes muy críticos que cuestionan el rumbo de la Revolución Mexicana, que enfrentan una disyuntiva de caminos que aparentemente son muy promisorios, desde el comunismo hasta las promesas fascistas, que se enfrentan a un escenario muy conflictivo en el mundo. Entonces son personajes que se sienten inmersos en la vida pública y deben tener una respuesta muy activa frente a eso. Además, si a eso le sumas la conciencia genealógica de Paz, de esta misión pública, pues te encuentras a alguien para quien siempre va a ser indisoluble la vida de la estética y de la moral.

Al final, es difícil deslindar si es más crítica que elogio lo que haces en tu libro, pero lo cierto es que, al concluir la lectura, aumenta la estatura intelectual de Paz, sobre todo desde la perspectiva de sus catorce años de ausencia…

Hay algo de eso, en efecto –podría ser la parte más herética del libro–, pues simplemente demostrar con datos que Paz era mucho más pragmático de lo que él admitía, esto no demerita, por decirlo así, los ideales, la valentía de la postura de Paz en muchos aspectos, pero simple y sencillamente se trataba de alguien que tenía ambiciones legítimas de proyectarse, de figurar, y que éstas siempre figuraron de manera importante dentro de sus decisiones, por ejemplo, frente a la idea –que él mismo se encargó de difundir– del lobo solitario, independiente, alejado de cenáculos, pues él era un hombre profundamente sociable, mundano, consciente del valor, de la importancia y del provecho que tienen las relaciones públicas.

Adicto a los reflectores, ¿no? Ese Paz que estuvo muy presente en los medios electrónicos y en otros; entonces tu libro también es una manera de explicar cómo llegó ahí.

Totalmente, mucho de ese libro es hablar de una historia de éxito intelectual, y cómo detrás de esa historia, donde hay muchos elementos pragmáticos, como decía, a veces hay muchas ambiciones de proyección personal. Finalmente, tiene una rentabilidad social, una rentabilidad intelectual extraordinaria. Lo que estoy diciendo, y para ponerlo en síntesis, es que Paz hizo relaciones públicas, hizo polémica, hizo grilla, encabezó grupos de interés, pero no sólo eso, su valía intelectual no depende de eso, su valía intelectual depende de que al lado de eso creó una obra importante, hizo una obra que sigue siendo referencia, que sigue generando interés, que va a seguir generando interés y, sobre todo, que también dentro de todo eso hay muchísimas decisiones que no pueden cuestionarse en el sentido de su espontaneidad, de su valentía.

Asimismo, al elegir a Paz, te sumas al canon, pues tu libro es más para un público especializado o interesado en Paz que para un lector común. A nivel de estrategia, también es buena, ¿no? Se vuelve una referencia sobre la obra de Paz.

Sí, no es un libro, como decía, de divulgación ni de introducción a Paz, es una discusión sobre un aspecto peculiar de su obra, de su figura, una figura que me interesa, con la que me siento identificado, con la que siento atracción y reticencia…

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

Foto: Portada de un libro que estudia una faceta definida de Octavio Paz.
Cortesía: Editorial Colibrí/Secretaría de Cultura del estado de Puebla.

 

Leave a Reply