Home Del Toro Sí a los toros-Canto a la Raza
Del Toro - March 28, 2012

Sí a los toros-Canto a la Raza

Un amigo mío, por cierto contrario a las corridas de toros, me aconsejó una lluviosa tarde hace diez años que al escribir la cabeza de todo texto no se ocupara más de cuatro palabras. Este hombre, de tremenda voz, hoy célebre e internacional comunicador, me imagino abría aprobado una cabeza que dijera “Sí a los Toros”, como decía él, en cuatro palabras.

Cuatro palabras rotundas y llenas de valor. Lo dice “El Viti”, con esa majestad intrínseca de “Aquella muleta, la mejor que hubo en Castilla…” y que hoy abruma tanto como la tremenda reacción de los aficionados y de la gente que respeta la libertad mediante la inserción de la etiqueta #SialosTorosDF en la red inteligente de Twitter.

La taurina y abrumadora emoción que surgió hoy por la red fue impresionante.

Saben los lectores de De SOL Y SOMBRA y sobre todo los que tienen la cortesía de seguir a este comentador, que en este venerable Sitio no compramos tópicos. Por tanto no caeremos en lo que muchos que supuestamente deben saberlo han caído: no hablar sobre el tema de la prohibición de fondo, pero que han dicho, y bien, #sialostoros exaltando la historia, la tradición o la belleza del toreo. No puede ser solo por ese camino, el tema real es aún más de fondo.

Veamos. Indudablemente, el toreo es crudo, aquí, lo hemos dicho miles de veces. Hay derroche, esa es una de sus leyes, pero también coexiste con el rigor. El toreo es vida, alegría y éxtasis, al igual que muerte, dureza y pena. Así, tal como la noche y el día, el hombre y la naturaleza conviven dentro de toda su contradicción en el circular, generalmente, encierro de las Plazas de Toros.

El acto de la corrida, público y abierto, guarda una relación, aunque a algunos de los taurinos les pese, con la autoridad y el gobierno. Ese sentido público -de todos- implica dos factores. Es la libertad un derecho público y en ese sentido a nadie obligan a asistir, es tan personal y pasional como la religión, se respeta aquel que no la profese tal como tiene el Estado ese deber -de respeto- con creyentes y agnósticos.

El asunto de fondo pues es la libertad. El segundo, es que ese derecho que es toda una garantía, no está asegurado para el aficionado taurino. Pero tal garantía se ofrece a taurinos y a quien no lo sea. Porque ir o no al espectáculo taurino es un acto tan libre como pronunciarse al respecto, tan esencial y simple que se vuelve contradictorio y complejo, como es el toreo.

Recuerdo a un “cronista taurino” hace un año cuando en el espacio de radio en que participé por casi diez años, al pedírsele su opinión, mencionó que su preocupación principal era que alguien que quisiera acabar con los toros llegase con un argumento mejor. La decepcionante e ignorante declaración no puede tener punto de apoyo alguno.

No, no hay argumento mejor.

La gente contraria a las corridas de toros es escandalosa, grita e insulta. Pero los que razonan, desde Renato Leduc a Fernando Savater, pasando por Carlos Fuentes y por supuesto Francis Wolff, han dado claridad a los argumentos que muchos taurinos, por dejar de analizar y leer, sienten pero no aterrizan. Esto no tiene nada de malo, simplemente que para elucubrar ya no respecto de un hecho sino de un derecho, se necesita dar todavía un paso más hacia delante en el terreno de la argumentación.

Los hechos se demuestran, es un principio probar lo que se afirma. Hoy se ha demostrado que el empuje “en número e inteligencia” como lo anticipó en 2002 Francisco Prieto, está del lado del taurino. Los hechos demostrados están, vayamos ahora al punto de litigio.

El derecho de asistir o no a una corrida de toros es tan sagrado como el de comer o no carne. Personalmente, tengo la sensibilidad suficiente, lo hice hoy junto con mi gran y taurino amigo Jesús Izquierdo, para comer carne de cerdo. Además, tengo igualmente la suficiente sensibilidad de ver como se guisa tal manjar o el deleite, mejor dicho. Incluso, mi vena me da para ver cómo es seccionado el trozo de carne.

Nada me impide ver la muerte del ejemplar que degustaré, ni tampoco ver y colaborar con los cuidados que durante su vida le dan sus criadores, desde el nacimiento hasta la madurez. Pero también se precisamente que hay quien no lo tolera, quien no tiene la sensibilidad ya no digamos suficiente, sino la sensibilidad a secas. Y lo respeto, es mi obligación y el derecho del otro que yo lo haga.

Recuerdo a mi hermano como lloraba abrazado a mis primas cuando mi abuela anunciaba que era el momento en que el cerdo pasaría a su última hora para después comerlo. Como para muchas personas la carne es sustento, nada es mejor que venerar y respetar el rito de dar la buena partida al ser que, como el toro, permite la subsistencia de otros.

Esos mismos que lloraban en casa de la Abuela la muerte del cerdo, eran los primeros que la degustaban.

Sin embargo, el hecho de que yo pueda observar o no el ritual descrito no implica, en modo alguno, que tenga que obligar a quien no le gusta a verlo o, contrariamente, constreñirle a quien gusta de observar el rito a que no lo haga. ¿Qué derecho tendría? Ninguno. Es más, ¿Quién es más que otro ante la Ley y los hombres para subordinar la sensibilidad ajena a la propia?

Retomemos. Probados los hechos, queda pues la necesidad de argumentar y confrontar los razonamientos hacía el derecho, que en este caso es, fundamental y público subjetivo, de la libertad. Y como ir a los toros no denigra, sino al contrario, exalta al ser humano, ni el Estado ni mucho menos los ciudadanos, todos iguales, pueden subordinar un gusto ajeno al propio.

Afortunadamente, el toro de lidia, objeto y no sujeto de derecho, no se deja. Tiene dos defensas naturales a las que hemos dado por llamar pitones o astas, pero fundamentalmente está dotado de dos defensa, por ende, no necesita “defensores” de parapeto que paradójicamente no dejan que el toro se defienda en la Plaza. Lo creen cojo o debil cuando es todo lo contrario. Es un animal que tampoco necesita de “famosos” que se tapan hoy en la red pero que presumen la chamarra y el puro en diciembre o febrero, en plena pasarela taurina.

No. El toro necesita ser respetado en su ritual. Proteger la liturgia, que tal como a nosotros el Estado nos garantiza la libertad de asistir a la Plaza, somos nosotros los partícipes del espectáculo los que debemos garantizar al cuadrúpedo cornúpeta, pura sangre no olvidemos, el “bien morir” delante de los humanos. Los toros tienen la posibilidad de matar porque ellos mismos, también, contrario sensu, pueden morir.

El honor, la probidad, la valentía, la gallardía del torero debe estar en la misma proporción a la integridad del toro. ¿Acaso los sacerdotes pueden oficiar solo diciendo la mitad del “Padre Nuestro”? Así, que toro integro en las plazas por favor. Aunque pese o punce a toreros y sobre todo a los gestores, incluso aquellos que tienen ahora un micrófono en mano pero que anteriormente, cuando gestionaron, cercenaron la integridad del ritual de la corrida no obstante pudieron evitarlo.

“#SialosTorosDF”, la respuesta abrumadora en la red, es un ejemplo de fuerza, de oportunidad pero que también puede acabar en anécdota si, a pesar de todo, no vamos a los toros. Atención a los dueños del espectáculo. Observen. Hay una afición ávida de arte y sobre todo de emoción.  Entréguenla, permítanos expresarnos en la Plaza tal como hoy en la red. Ahí hay un nicho de mercado. Explótenlo.

Claro, a menos que, como aquel intento de comentador taurino, también se crean que en efecto hay un argumento mejor.

A partir de hoy, corroboro que no lo hay. No renunciemos a nuestro origen y nuestra raza.

La respuesta es única: ¡Sí a los Toros DF!

Twitter: @CaballoNegroII.

Imagen: “El Fantasma Bravo” por Jorge Prado. Hoy la afición y la bravura se han multiplicado.

Fuente: (desolysombra.com)

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *