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Del Toro - February 15, 2012

¡En hombros!

Pablo es la revolución en el rejoneo, al amalgamar el concepto del toreo del rejoneo portugués, con la espectacularidad española y lo campirano del toreo mexicano, cuando por ejemplo ejecuta el par a dos manos, suerte invención de Ignacio Gadea de San Luis Potosí en el siglo 19, todo ejecutado sin fustigar al caballo, sin castigarlo con los acicates, comunión producto del trabajo diario con sus cabalgaduras.

Estella, Bankog, Ícaro, Pirata, Chenel, Dalí fueron los caballos elegidos por el navarro para construir el toreo, en su primer toro las cosas no le rodaron bien,  el toro de Los Encinos se fue apagando y aunque hubo lucimiento, lo brillante vino con el cuarto, dónde Pablo tomó la decisión de pasar con un rejón de castigo a Pescador y dejarlo como decimos los taurinos crudo, para que llegará a las banderillas y a la suerte suprema con mayor fuerza.

Conteniendo la aspereza que por momentos mostraba Pescador, Pablo fue poco a poco construyendo escenas de una gran plasticidad, toreando con la garra de figura y lo clásico de la doma, provocó que el público se levantara de sus asientos emocionado por lo que veía en el ruedo, por eso y  a pesar del clima, hizo una gran entrada, presagiando lo que iba a acontecer en el ruedo de la México, toro y torero se funden en una armonía de destellos artísticos, el torear con la grupa y con la cola, el templar la embestida, el colocar con gran precisión lo adornos, conmovió al conclave capitalino que le coreó torero, torero.

Fue certero con la suerte suprema y el toro rodó fulminado para que el público pidiera trofeos para Pablo, dos orejas otorgó el juez de plaza Jorge Ramos y con ellas en la mano dio clamorosa vuelta al ruedo.

A pie actuaron Fermín Spínola y José Mauricio, que torearon astados de La Soledad bien presentados pero de comportamiento deslucido, aún así lograron por momentos lances y pase de gran mérito, pero fallaron con la espada y todo quedaba en aplausos y entendimiento del público del gran esfuerzo que habían hecho.

Fermín no se quiso quedar con las ganas y regaló un extraordinario astado de Los Encinos, de nombre Príncipe que me parece es de los empadres de toros importados de España con toros mexicanos, un astado que desde que saltó al ruedo, se rebosaba en la embestida, y  toro y torero se funden en una armonía de lances y pases artísticos, los de derecha surgen lentos, largos, hondos, que cimbran a la afición.

El toro se lo brindó a Pablo Hermoso y el navarro estaba que no cabía de gozo al ver como a un torero en el que ha creído, se crecía en cada muletazo, ante un toro con nobleza y codicia casi perfectamente balanceada.

Spínola despliega toda su tauromaquia, basada en una manera de torear abrevada en toreros como Joselito Huerta, Jaime Rangel y Curro Rivera, en unos movimientos corporales sin rebuscamiento, y se crece en la medida que el toro colabora en una faena clásica que concluyó grandiosa. Una tanda, y otra, los tendidos enloquecidos; los naturales, un prodigio de temple. Y Príncipe que deslumbra por su forma de acudir al cite, siempre con codicia, siempre con recorrido y creciéndose conforme transcurría la faena.

Surgen los primeros pañuelos en petición de indulto. Y el toro sigue embistiendo; y la faena se alarga mientras el juez piensa, y, finalmente, Fermín toma la espada y se va con los gritos de toro, toro retumbando en la plaza  a ejecutar la suerte suprema, sin prestar atención a la petición de indulto, él ejecuta una estocada entera entregando el pecho y entonces logra tornar a favor el coro de toro, toro por torero, torero.

Para llegar a este punto han pasado muchos años de preparación y en un segundo vemos como el público pide al unísono los máximos trofeos que se le conceden a Fermín para lograr el rabo número 123 en la historia de La México y  si sumamos los de rejoneadores es el número 127.

Al toro se le concede el honor de la vuelta al ruedo a sus despojos y con Fermín, Eduardo Martínez Urquidi da la vuelta al ruedo de La México, una más en la brillante carrera de la ganadería de Los Encinos.

Al final Pablo y Fermín salen en hombros de una emocionada concurrencia que unge o denuesta a los toreros, en esta ocasión deja en los cuernos de la luna a Pablo y a Fermín que con sus actuaciones, se lo ganaron.

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