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Arte y Cultura - February 11, 2012

Poesía mexicana: Jorge Asbun Bojalil (14)

Ha publicado tres poemarios, el libro “Algunas visiones sobre lo mismo. Entrevistas a algunos poetas mexicanos nacidos en la primera mitad del siglo XX”, textos suyos han sido incluidos en varias antologías en diversos países y México y realizó entrevistas para el documental “Palabras en reposo”, dedicado a Alí Chumacero, entre otras actividades relacionadas con la cultura, especialmente con la poesía. Además, poemas incluidos en “Intervalo…” ya fueron traducidos a otros idiomas: “Destinatario móvil” al serbio y publicado en una revista de ese país, y “Testimoniales” al portugués y también publicado en una antología en Uruguay. En seguida, el autor de “Intervalo poético”, su más reciente poemario, comparte sus puntos de vista acerca de la poesía, las generaciones, las revistas culturales, los talleres y otros aspectos del quehacer poético.

La poesía: por qué, para qué…

Quien escribe poesía lo hace sin saber qué está haciendo; hablo de los años de la infancia. Comienza uno escribiendo algunos detalles que le parecen importantes y que, a manera de comunicación secreta, se plasman en un papel. Nadie sabe qué se ha escrito, ni para quién, sólo el autor es parte de esto, comienza ahí el misterio, la magia. En mi caso, esto ocurrió a los once o doce años, no sabía que lo escrito tenía alguna clasificación, ni mucho menos, fue hasta un par de años más adelante que compré un libro económico con mi dinero, que ganaba haciendo algún quehacer o tarea en casa de mis padres o de mi tía, de López Velarde, y me doy cuenta de algunas semejanzas. Claro, según las puede “ver” alguien a esa edad y con la distancia y diferencia lógica del caso, entre lo que escribía y lo que leía. Así continué profundizando mis lecturas y llegué a comprender que eso que uno hace en silencio, a escondidas y que guarda como lo más valioso, es propio de una especie de “raza” a la cual se pertenece, y que hay muchos más en ese camino. Aquí pueden suceder dos cosas: la primera, que uno no se sienta tan especial y que abandone este quehacer; o, la segunda, que uno entre de lleno y asuma el llamado de manera profesional.

Este último fue mi caso con el llamado de la vocación a la que hago referencia. Uno quiere hacerlo y siente que puede hacerlo, así que se decide a entrar de lleno al mundo de la poesía, a pesar de las clasificaciones, dificultades y carencias económicas que esto conlleva. Esto contestaría por qué escribo poesía, mientras que para qué tiene que ver con una de las funciones sustanciales de la escritura: se escribe para comunicar algo. Quien no tiene nada que decir generalmente no escribe, aunque lamentablemente existen muchos escritores que no tienen nada que decir y aun así lo hacen, pero eso es ya un asunto quizá de ética, creo. En resumen, y temiendo ser soberbio, uno escribe porque quiere y porque puede o cree poder comunicar algo a los demás. Con comunicación quiero decir que el poeta cree que ha descubierto algo, mínimo si se quiere, pero algo que no se ha dicho y lo quiere compartir, poner en palabras. Para ello, el poeta utiliza un lenguaje común a los hombres y mujeres –un idioma al que pertenece–, y dentro de éste también alude a un lenguaje propio de su actividad artística.

De las generaciones…

Anteriormente, las generaciones de literatos en México se agrupaban alrededor de las revistas, así tenemos, por ejemplo, las de “Contemporáneos”, “Tierra Nueva”, “Taller”, pero actualmente se agrupan o son agrupados por fecha de nacimiento: los nacidos en la década de años sesenta, setenta, ochenta, etcétera, lo cual me parece no sólo arbitrario, sino inútil. ¿Qué nos dice, por ejemplo, de Villaurrutia saber que perteneció al grupo de “Contemporáneos” o qué nos dice de la poesía de Chumacero saber que es del grupo de “Tierra Nueva”, o de Octavio Paz saber que perteneció a “Taller”? No nos dice absolutamente nada, así como tampoco nada nos dice de Enriqueta Ochoa el decir que no perteneció a grupo alguno. La poesía está más allá de grupos o generaciones. Así que seguramente alguien dirá que pertenezco a los nacidos en los años setenta, lo cual no dice absolutamente nada de mí. Yo comparto mi poesía, mi grupo de lectores y a quienes pido opinión y compartimos lecturas son gente muy diversa, que va desde la poeta Dolores Castro, de 88 años, hasta poetas de mi edad. No me integro a grupo o generación alguna como tal, creo, como decía, que es una especie de “raza” per se. Además, mi poesía busca una cierta singularidad, una voz propia que espero alguna vez sea identificada por los lectores. Mis compañeros de generación, entendidos como los que tienen mi edad, que no mis ideas, son muy diversos, los leo, cuando puedo, y asisto a sus lecturas, a veces compro o sigo por Internet sus avances. Hay, no obstante, una muy larga brecha entre unos y otros, pues mientras algunos poetas más o menos de mi edad ganan “grandes” premios escribiendo aun décimas, otros, como es mi caso, apostamos por una poesía diferente, que busca cierto movimiento, algún cambio en su forma y fondo; nosotros estamos casi vedados de los premios. No quiero decir que las décimas estén mal, o los sonetos, lo que quiero decir es que en mi concepción, la poesía va cambiando con el paso del tiempo y no podemos petrificarla con esas formas antiguas. Además, es necesario el movimiento, ¿desde cuándo no hay en México una propuesta nueva en cuanto a la poesía?

Acerca de las revistas literarias…

Muchas revistas han pasado por mis ojos, desde la lectura y “repaso” de las revistas de principios de siglo XX (que gracias a ediciones facsimilares que hiciera el Fondo de Cultura Económica son fáciles de consultar), hasta las actuales. Recuerdo ahora que una de las primeras revistas que seguía con frecuencia en 1999 era “La tempestad”, editada en Monterrey, aún se publica, aunque ya ha dado cierto giro. Otras revistas que me han interesado siempre son las que contienen creación literaria, lamentablemente éstas, casi todas, tienden a desaparecer en un periodo corto, casi al término del apoyo que da el FONCA, llamado Programa Edmundo Valadés de Apoyo a la Edición de Revistas Independientes. Las que sobreviven son editadas por alguna universidad y pocas, contadas con los dedos de la mano, sobreviven por sí solas, las cuales, casi por seguro, cuentan con un director que es escritor él mismo, lo cual es un trabajo admirable para compartir y difundir la poesía. Ahora, con el gran foro que es Internet, se están abriendo revistas virtuales que, por ser mucho más económico su costo, ganan en multiplicidad; el problema es que, al ser tantas, la calidad es también muy variada.

Poética e influencias literarias

Se me hace bastante vanidoso el hecho de que alguien hable abiertamente de su poética, pues, aunque existe y aunque sobre ésta se fundamenta mi creación poética, no creo que sea el autor el más indicado para explicarla a detalle, pues el peligro de la subjetividad en el juicio acosa siempre a los creadores. Preferiría que si algún lector, poeta, estudioso, curioso, quien sea, descubre un aporte en mi poesía, sea él, y no yo, quien la clarifique. Sin embargo, algunos aspectos se identifican en una simple hojeada a mi más reciente poemario, “Intervalo poético”, por ejemplo, y es la de una composición en conjunto, aunque se trate de poemas titulados individualmente, los poemas y los poemarios que escribo están relacionados y concebidos como unidad, la de una apuesta por poemas de largo aliento, una postura en contra de las estructuras preestablecidas dentro de los poemas, la intervención, vital, de los espacios en blanco como parte del discurso poético, entre otros.

A todo poeta lo influyen directa o indirectamente otros poetas. Mi caso no es la excepción, mis influencias son los poetas que más frecuentemente releo y también los poetas con los que tuve y tengo la fortuna de convivir. Hace unos años realicé una serie de entrevistas a diversos poetas mexicanos, que reuní en el libro titulado “Algunas visiones sobre lo mismo. Entrevistas a algunos poetas mexicanos nacidos en la primera mitad del siglo XX”, y muchos de ellos llegaron a ser amigos míos, otros no, pero en todos los casos aprendí algo. Estamos hablando de Alí Chumacero y Enriqueta Ochoa, por mencionar a dos de los grandes poetas que ya no están físicamente entre nosotros, quienes fueron mis amigos y de quienes aprendí cosas de la vida y de la poesía, aunque vivos aún tengo la fortuna de contar con amistades valiosas que no quisiera mencionar para no dejar de lado a nadie. Dentro de los poetas que ya no tuve la fortuna de conocer en persona han influido en mí gran cantidad de poetas, sobre todo mexicanos y, más aún, de la primera mitad del siglo XX, y particularmente quienes intentaron escribir poemas de una cierta extensión, a todos se les puede aprender algo, ya sea su escritura “clara” o “más oscura”… y uno lee, admira y “guarda” en alguna zona del cerebro aspectos que lo marcan. Pasado el tiempo, uno va aplicando o insertando en los versos propios, a veces ya lanzados por el subconsciente, algo que dejó algún poeta. Cuando esto lo hace “abiertamente” el poeta se le llama transtextualidad, y yo hice un poema largo, donde inserto explícitamente algunas influencias y se titula “Apostilla primera: ABCDiario de amor (ida y vuelta)”. En este poema inserté, alfabéticamente por apellido, versos de otros poetas en los míos.

Continuará…

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

Foto: Jorge Asbun Bojalil, un poeta que transita por su propia senda.
Cortesía: J.A.B.

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