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Arte y Cultura - January 24, 2012

Alejandro Rosales Lugo, poeta y artista plástico tamaulipeco, expone su creatividad en la UNAM-San Antonio

Fernando Méndez Cantú
Reportero Azteca21

Creo que en esas andanzas y paisajes encontró Rosales Lugo su inspiradora policromía para palpar en cuadros y en ideas su obra de poeta y pintor

San Antonio, Texas.- 24 de Enero de 2012.- Con motivo de la exposición del maestro Alejandro Rosales Lugo que se inaugurará el próximo nueve de febrero en las instalaciones de la UNAM USA-San Antonio, reproduzco a continuación una reflexión que hice en su honor el año pasado por la publicación de “Bodegón”, un libro de poesía inspiradora. Por supuesto la vena creativa del maestro Rosales Lugo tiene muchas fuentes de lirismo y ahora expone su creatividad de otra manera; con su pintura, misma que hay que ir a admirar para orgullo de sus paisanos mexicanos y para asombro de sus amigos estadounidenses.

En noche de plenilunio, disipada por la tenue brisa que antecede la retardada época de lluvias, que con ansia esperamos para paliar la sequía, leo y releo los versos de “Bodegón”, el último libro de poesía del Maestro Alejandro Rosales Lugo, que hoy con gran satisfacción presentamos ante ustedes.

La imaginación lleva a nuestros infantiles pies, con las yemas de los dedos gordos reventadas por los tropezones en el pedregal del Camino Real de Tula; vuelven a andar por él y nuestros ojos a escudriñar los árboles situados en el ancón de la margen izquierda del río San Marcos y a ambos lados del legendario y bucólico paso de gentes de a pie y de a caballo, de carretas y carretones con productos del campo y víveres.

Divisamos las frutas nativas como el amarillo mante, primo lejano del aguacate, o la verde anona de sabor paradisíaco de pulpa blanca y abundantes semillas negras, emparentada también con la chirimoya y la guanábana; y el guamúchil o palo humo con su fruto en enroscada vaina con su blanquísima carne de poderosa fama afrodisíaca y las seguras y dolorosas boqueras que nos dejarán heredadas buen rato en las comisuras de los labios; y las frutitas amarillo – anaranjadas de las anacuas y de los granjenos y las amieladas bolas moradas de las comas; y los dulces mesquites; plantas oriundas sembradas todas ellas por el tiempo omnipotente de Dios, rodeando a modo de eternos guardianes, las empedradas vallas perimetrales de las huertas de frutales inducidas y cultivadas por la mano del hombre, donde de lejos observamos las papayas, los mangos, el criollo y el de Manila, las redondas ciruelas que nos recuerdan a “la burra”, la más grande de nuestras canicas; los duraznos con su cutis terso y naricita respingona de muchacha encantadora; las granadas ya sazonas, abiertas, luciendo sus dientes de rojo rubí, simulando una sonrisa sutil cual labios incitadores al tierno beso; frutas todas almibaradas, de armónicas y sugestivas formas redondas y curvas, que combinan tonalidades que van del verde pálido y amarillo al rojo encendido y maduro, que nos hacen desearlas y saborearlas imaginariamente; y más allá los tonos de verde fuerte de los aguacates y paguas que a medida que se maduran se van abrillantando y tiñendo de tonos grisáceos a negros y las higueras con sus frutos de similar colorido, excepto las brevas que cuando están a punto asoman sutiles tintes rosas impregnados de minúsculas semillitas oscuras; los plátanos indios, ya verdes, ya barrosos, ya amarillos; y las parras de racimos de uva negrita, que forman techos de eterna y fresca sombra; los limones reales, el limonero y los naranjos, las pomelas.

Luego, del Camino Real bajamos al río y por su lecho continuamos alegres, soñadores, optimistas; entre tropezón y tropezón y los consiguientes ayes de dolor; recorremos el retorno al barrio, protegidos del intenso sol por las grandes sombras que forman las frondas de los álamos, los olmos y uno que otro sabino; pasamos por abajo del puente negro, la poza del barranquillo amarillo, el barrio del rincón del diablo, la poza azul, atrás de donde ahora está el colegio Antonio Repiso y enfrente del añorado barrio de Río Verdito, ubicado en la margen derecha; aspiramos el olor de las verdes jaras y escuchamos la bajada cantarina de las cristalinas aguas que vienen desde la poza madre, de allá de arriba, del corazón del cañón del novillo que se hunde en la Sierra Madre, piélago verde éste de imaginadas sirenas y lámparas marinas que más tarde encenderán los luceros y estrellas del cielo nuestro. Así  llegamos hasta el paseo Méndez y continuamos por la alameda,  bebiendo y chapoteando el agua pura y abundante de la acequia que pasaba por aquella Ciudad Victoria de nuestra infancia, de cuando la mitad de los mexicanos vivían en el campo y la otra mitad, que éramos sus parientes, vivíamos en las áreas urbanas.

Creo que en esas andanzas y paisajes encontró Rosales Lugo su inspiradora policromía para palpar en cuadros y en ideas su obra de poeta y pintor: las sombras, los claro oscuros, las luces, brillos y resplandores vueltos creación en un lienzo que ahora es Bodegón, Cerro del Bernal, Mar, Silueta de Mujer, Rostro de Prócer, Mural. Imágenes creadas y matizadas por alguien que ha visto, vivido y soñado lo que la tierra es y da. Mas tiene también la fuerza innata, don divino diría yo, para crear imágenes, construir escenas con letras, para jugar con los vocablos y para inventar figuras metafóricas que le quitan la careta, le aflojan la chaveta y lo hacen presentarse como tal: un hombre de carne y hueso, sin ataduras ni dobleces que nos transmite su sentimiento sobre el amor, su subyugación a la mujer; a la que exalta y rinde tributo, a la que acaricia y besa y complace hasta el éxtasis donde él mismo cae rendido; lo hace sin complejos, lo hace con amor y por instinto, lo hace con arte, lo torna poesía. Esa es a mi juicio la poesía de Alejandro Rosales Lugo. La que me hace reflexionar y tratar de entender en cada verso, la imaginación exuberante de su autor. ¿De dónde su numen?  ¿De dónde los manes, que mueven su mente y su mano para crear su prosa de excepción?

Cavilo y concluyo que su libertad infantil y juvenil lo dotó de gran capacidad creadora; para ser escudriñador de todo; pues todo lo que observa lo imagina y lo vuelve figura poética o poesía plástica; lo atiborran las ideas, lo atropellan sus propias palabras y pensamientos, pero en la serenidad de su espacio de creación, lo vuelve obra de arte.

Este es nuestro artista, pintor y poeta, poeta y pintor, y este poemario que hoy honrosamente presentamos, es una más de las obras que lo consagran como un profeta en su propia tierra. Los invito a leerlo y a que saquen ustedes sus propias conclusiones. ¡Felicidades artista!

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