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Teatro - September 23, 2011

Ignacio López Tarso encabeza “La Tempestad”, obra de William Shakespeare, en el “Teatro Juan Ruíz de Alarcón” de la UNAM

Poco ruido y muchas nueces, Hamlet, Sueño de una noche de verano, El rey Lear o Macbeth, por mencionar algunas, se han convertido en clásicos desde el Barroco hasta nuestros días y son sin duda de las obras más representadas y reinterpretadas a lo largo de la historia del teatro.

Profundo conocedor de la naturaleza humana, Shakespeare –también actor y poeta– supo poner en juego varios de los grandes atavismos que determinaron y siguen determinando el comportamiento del hombre respecto a los demás y a sí mismo, así como en relación con las pasiones y delirios que rigen muchas de sus aspiraciones (por no decir todas), tales como el amor, el poder, la gloria y el honor, siempre marcados por la sed de venganza, la fatalidad de la muerte y en ocasiones el gran misterio de la magia.

En esta ocasión, la Dirección de Teatro de la UNAM en coordinación con el Instituto Nacional de Bellas Artes y la Universidad Autónoma Metropolitana hacen posible una puesta en escena más de La tempestad, obra perteneciente al ciclo de romances tardíos del autor inglés y considerada su testamento, debido a que es muy probablemente su última pieza escrita y representada.

La tempestad fue montada por primera vez en el Palacio de Whitehall de Londres el 1 de noviembre de 1611. Con uno de los argumentos shakesperianos más complejos, la pieza contrasta la traición y la sed de poder y venganza con una atmósfera mitológica en la que la magia y la alquimia, no sin ahondar en la intrincada antítesis del colonizador y el colonizado (Próspero y Calibán), se conjugan para despertar en los protagonistas la compasión y, finalmente, el perdón.

Todo comienza con una furiosa tormenta en altamar que provoca el naufragio del buque donde viajan el rey de Nápoles y el duque “espurio” de Milán, es decir, Alonso y Antonio que anteriormente se coludieron para derrocar a Próspero, duque legítimo de Milán y hermano mayor de Antonio. La traición antecede el inicio de la acción dramática, ocurrió cuando Miranda, hija de Próspero, tenía tres años, una edad demasiado temprana para recordar aquella humanidad tan lejana ya del mundo que Miranda ahora comparte con su padre: una isla desierta a la que llegaron padre e hija luego del destierro de Milán. Todo esto lo refiere Próspero a Miranda en el primer acto, justo antes del arribo a la isla de la tripulación real, obligada al naufragio por la tempestad desatada por él y sus artes mágicas.

Al ser exiliado, Próspero sale de Milán con las dos posesiones que más ama en la vida: su hija y sus libros. Estos últimos le permitieron al ex duque sumergirse en el estudio de las ciencias ocultas, la magia y la alquimia, gracias a las cuales puede rescatar del encierro a Ariel (Violeta Sarmiento / Paola Izquierdo), espíritu de los elementos que servía a Sycórax, una hechicera nacida en África y que, por desobediencia, condenó a Ariel a permanecer prisionera al interior de la corteza de un pino. El conocimiento de la magia también permite a Próspero esclavizar a Calibán (Horacio García), hijo de Sycórax.

Ariel, que domina el viento y el clima con el poder y la melodía sobrenatural de su canto, es la fiel servidora de Próspero, encargada de desatar la tempestad e infundir la locura en Alonso (Felio Eliel) y Antonio (Rafaél Inclan) una vez llegados a la isla. Con esto, la venganza de Próspero alcanza su punto más alto, sin embargo, con los náufragos también llega Fernando (Osvaldo de León), hijo de Alonso y príncipe de Nápoles, quien al encontrarse con Miranda (Lorena del Castillo), se enamora perdidamente y ambos ruegan el permiso de Próspero para casarse.

Poco a poco, el corazón endurecido de Próspero se va ablandando. El delirio y el sufrimiento de sus enemigos, entre los que también hay amigos fieles como Gonzalo (Luis Couturier), va tocando las fibras compasivas de cada uno de los personajes, situación que derivará en la compasión y el perdón de Próspero, así como en el regreso a su ducado, la boda de su hija con Fernando, la liberación completa de Ariel y el abandono de la magia. Una vez que el gobierno de Milán regresa a las manos legítimas de Próspero, éste considera que las artes ocultas le son ahora inútiles.

De este modo, en el texto de Shakespeare, Próspero representa el pivote alrededor del cual se teje la temática del poder político, la traición, la venganza, la magia, el amor y el perdón. Siguiendo la interpretación de Tomás Cartelli, es el conocimiento y la furia los que le llevan al dominio de los elementos, pero también a la esclavización de aquellos a quienes domina (Ariel y Calibán), aspecto que para la época (1611) planteaba un cuestionamiento a la colonización que la Gran Bretaña llevaba a cabo en tierras africanas y americanas. De aquí el tratamiento de la magia y la brujería que, curiosamente, es conquistada por occidente (Próspero) ganando así el propio terreno de los conquistados.

Pero lo que subyace a esta situación de conquista es precisamente el poder que, a decir de Michel Foucault, no se tiene sino que se ejerce. Y, en este sentido, la traducción y adaptación de Alfredo Michel, supo conservar la profundidad y alto tratamiento poético que Shakespeare imprimió a La tempestad. Del mismo modo, la dirección de Salvador Garcini, apoyada por una escenografía ágil y muy bien cuidada a cargo de Eloise Kazan, logra transmitir el poder escénico de un texto sumamente complejo.

No obstante, Garcini –que ya ha demostrado su gran dominio del teatro shakesperiano con el montaje de Sueño de una noche de verano (obra que inauguró el Foro Sor Juana Inés de la Cruz en 1979), El rey Lear (protagonizada también por López Tarso) y Hamlet– orquesta una puesta en escena que, sin descuidar los ejes temáticos fundamentales del texto, gira en torno menos de Próspero como personaje que de Ignacio López Tarso como su intérprete.  Bien fundamentado esto último en la sólida trayectoria de un actor que es considerado una institución para varios de los jóvenes que se inician en el arte dramático. Basta recordar sus actuaciones en obras como 12 hombres en pugna o en películas como Macario y Pedro Páramo.

Así, esta puesta en escena de La tempestad conjuga de manera muy acertada a actores de primera línea (Ignacio López Tarso, Rafael Inclán, Luis Couturier o Roberto Sen) con actores emergentes (Lorena del Castillo, Horacio García, Osvaldo de León o Paola Izquierdo). Además, como lo dejaron claro los involucrados en rueda de prensa, esta nueva representación de un clásico es justificada por su pertinencia con el espacio universitario y con la situación que atraviesa el país. Uno por el conocimiento que se imparte y se comparte en sus instalaciones, y la otra por la auténtica tempestad desatada por los monstruos de la ambición, la traición, la venganza y la sed desenfrenada de poder, que parecen no dar tregua ni dejar lugar al amor, a la compasión ni mucho menos al perdón.

La tempestad se presenta en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón del Centro Cultural Universitario, Insurgentes 3000, hasta el 20 de noviembre del año en curso. Con funciones jueves, viernes y sábados 19 hrs, y domingos a las 18 hrs. 50 % de descuento a maestros, estudiantes e INAPAM; jueves puma, todos 30 pesos.

www.teatro.unam.mx

Fuente:  (cultura.unam.mx/Raúl Ulises Ontiveros)

Foto: Cortesía Àlvaro Paulìn

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