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Columnista Invitado - August 23, 2011

“En su mirada ves tristeza profunda pero una gran determinación”

recibir alimentos hasta que puedan registrarse en el campo de refugiados. Me llamó la atención cómo el papá jugaba a levantar la carretilla para hacer reír a su bebé. Un pequeño juego y una gran sonrisa en mitad de tanta tragedia. No pude evitar acercarme a hablar con ellos, a preguntarles por su historia. Quince días caminando, quince días empujando una carretilla para traer a su mujer, que no tiene movilidad en las piernas, y su bebé de dos años hasta Dadaab.

Hubi ha llegado sola con sus seis hijos. Perdió a dos en tan sólo un mes y decidió escapar de la sequía y el hambre. Su marido es un hombre mayor y no ha podido completar el camino. Se tuvo que quedar en uno de los pueblos por los que pasaron y espera que se reúna pronto con ella.

Afortunadamente no está sola, en Dadaab se ha encontrado con familiares que la van a ayudar a levantar una pequeña choza en la que se refugiará con sus hijos hasta que pueda registrarse en uno de los tres campos de refugiados. Un proceso que llevaba dos semanas y que ahora se ha ampliado hasta cuatro por el gran número de refugiados que están llegando hasta aquí.

Nathifa tiene 26 años y ha llegado hasta aquí con su marido y sus cuatro hijos. Comenzó el viaje con cinco pero a su bebé se le escapó la vida por el camino. Faduma perdió a su marido en Somalia y hizo el viaje sola con sus siete niños, dos de ellos nunca llegaron a Dadaab.

En este rincón del Cuerno de África, todos y cada uno de los 16.000 refugiados que esperan en las afueras de los campos a ser registrados tienen una historia triste que contar. Como si no fuese suficiente que lo hayan perdido todo, sus cultivos y su ganado, que hayan tenido que abandonar su hogar, su tierra, sus raíces, que hayan tenido que viajar durante días y noches interminables sin casi agua o alimentos, la mayoría además ha vivido la tragedia la perder a algún hijo por el camino, algunos incluso al llegar a Dadaab, cuando pensaban que lo peor ya había pasado.

Cuando estás sentada a su lado sobre la tierra ocre, escuchando sus historias, no puedes llorar. En cierto modo es como si no tuvieses derecho porque ellas no lloran. En su mirada ves una tristeza profunda pero también una gran determinación. Tienen que ser fuertes para el resto de sus hijos, que se abrazan a ellas buscando refugio, el mismo que ellas han venido a buscar a Dadaab.

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