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Entrevistas - August 23, 2011

Poesía mexicana: Armando González Torres (11)

su trabajo literario. Quizás a esto se deba que no sea muy conocido del “gran público lector”; tal vez tampoco sea el propósito de González Torres.

Armando, estoy sorprendido por la lectura de tu libro “La peste”, prosa poética, poemas, aforismo… Es difícil clasificarlo, ¿qué tipo de escritura es la que estás practicando?

Me parece muy buena pregunta porque precisamente uno de mis libros, que yo considero de poesía, uno de aforismos, está en una colección de ensayo, entonces para mis editores sí puede ser un problema darle una clasificación, ya con fines genéricos o comerciales. Cuando escribo, no pienso en un género en particular, sino en la manera en que va fluyendo determinado tema. En este caso se utilizan distintos registros de escritura, como el poema en prosa, el verso blanco, sin rima, pero con medida, verso finalmente, el aforismo, la miniatura narrativa…

Viñetas…

Sí, exacto, entonces trato de utilizar los mayores registros de escritura porque el tema también me lo exige, quería darle voz al mayor número de personajes posible. Además, quería contrastar los tonos, las atmósferas. Creo que utilizar esos distintos recursos era lo más indicado para el desarrollo del libro.

Cuando utilizas verso, ¿cuál prefieres?

Utilizo mucho el endecasílabo y el heptasílabo, fundamentalmente, y lo hacía como un contrapunto para establecer cierto contraste musical con la gravedad, tanto del poema en prosa, que puede ser, con lo abigarrado del lenguaje y lo sombrío del tema. Introducir el verso de alguna manera aligera, le da un poco de aire a algo que puede ser tan aplastante.

Ya que lo mencionas, ¿podría considerarte un escritor sombrío o decadentista, a pesar de lo manido del término? En tu libro prevalece una visión muy decadente, en el sentido de tratar temas de manera descarnada, no tanto con pesimismo, sino con una visión muy cruda de la realidad.

Sí, en este caso precisamente la elección misma del tema era una metáfora de la decadencia, pues no hay mayor signo de decadencia, sobre todo en la Antigüedad, para una sociedad, que una peste. Las epidemias eran concebidas no sólo como un fenómeno médico profundamente alarmante que podía terminar con una estirpe, una tribu, un pueblo o una ciudad, sino además como la revelación de una falla, de una impiedad, de una falta cometida por el pueblo, por esa sociedad que era castigada con la enfermedad.

En este sentido, pensando quizás en la Edad Media,  tenía que ver la noción de que eran castigos divinos, y eso, tal vez, nos conecte con el barroco, creo, con el esplendor de la vida y el horror de la muerte, la presencia o la ira de Dios. Claro, tú tratas estos temas como desde fuera de Dios, por decirlo de alguna manera.

Digamos que las pestes por un lado podían ser como la revelación de un castigo divino, pero también de la ausencia o inoperancia de determinados dioses. Entonces, durante las pestes podía darse una exacerbación de la religiosidad o un cambio, una modificación en las religiones, un cultivo, una floración de las idolatrías. Así, muchas religiones caían en desuso después de determinados desastres. En el libro hay una sección que traté de manejar con humor e ironía, como el criterio que está presente en todo el libro, que se llama “La peste y la religión”, donde se habla de las diversas reacciones que puede haber en una sociedad respecto de la religión cuando hay un fenómeno límite, como éstos de salud, como la peste, cómo hay este auge de falsos profetas, esta multiplicación de ofertas religiosas, que curiosamente ocurre ahora.

El título es similar a uno clásico, es decir, desde ahí tu libro lleva implícito un significado…

Es un homenaje y un desplante al mismo tiempo. A mí me interesa la peste, me ha interesado como fenómeno literario, pues está muy presente desde “La Ilíada”, que comienza cuando la peste está asolando los campos aqueos. Entonces ha sido un tema omnipresente en muchos autores que a mí me interesan, a veces de manera lateral, a veces de manera directa. Hay dos diarios, bueno, está la novela de Defoe sobre el año de la peste, que es una reconstrucción, y hay diarios exquisitos de Samuel Pepys, donde él relata los años más fuertes de la peste en Londres. En fin, hay un material literario muy rico que, curiosamente, desde la poesía se había abordado poco, es un material que tiene mucho más que ver con la narrativa, con el registro de diarios, con la novela, como en el caso de Camus, y desde la poesía se había visto poco, de manera unitaria, y a mí se me ocurrió hacer un libro con esta inquietud. Finalmente, lo que plantea la enfermedad siempre es la cuestión de la finitud, creo que sólo a través de la enfermedad el individuo es consciente de su propia finitud, pero, además, cuando la enfermedad es colectiva, tener esta consciencia colectiva de la mortalidad cambia totalmente las relaciones sociales, las prioridades, las formas de interrelación entre las personas, sus proyectos de vida; algunas caen en la desesperación, otras buscan agotar el placer hasta el último momento, otras pueden encontrar otro tipo de esperanza y consuelo. Entonces también me interesaba reflejar eso.

El riesgo posible de ser un autor sombrío por el tema escogido y por cómo lo tratas, de un modo u otro también es reflejo del alto nivel de conciencia de un artista, escritor en tu caso, así, hay algo de misantropía en tu libro, que –no sé si por evitar el descontento del lector– muchos autores la evaden, pero tú le entras sin vacilaciones y con lucidez.

Muchos de los personajes que aparecen en “La peste” son misántropos. En realidad, no hay mucha condescendencia hacia el género humano en ese libro, soy muy escéptico en torno a muchas de las virtudes sociales, sin embargo, creo que muchas surgen prodigiosamente, no estas virtudes sociales, sino cierta solidaridad, cierta esperanza que puede surgir –más que como un acto instintivo o como algo inducido por las reglas sociales o por la religión– de lo más profundo del alma como un prodigio, así sería misántropo en el sentido de que soy escéptico, en el sentido de que la educación, la religiosa o laica, de que la formación en los valores sociales finalmente se traduzca en mejores personas, en mejores formas de convivencia. No estoy muy seguro de que eso ocurra, y menos en estos tiempos, pero sí estoy seguro de que la solidaridad, de que la comunicación puede darse de repente a través de estos vestigios de milagro.

En esos vestigios de milagro parece que acabaste con los vestigios del amor, como estamos acostumbrados a experimentarlo, por ejemplo el amor de Día de San Valentín el 14 de febrero, creo que está ausente, que está desnudo, más que amor son necesidades fisiológicas, sí algo de pasión, de erotismo, como que vas por otro lado, desde una perspectiva fría, serena, como si el amor no estuviera en la ciudad, en tu libro.

No florece en una ciudad apestada, mucha de la literatura sobre la peste es una imagen recurrente, cómo al lado de las hogueras donde se queman los cadáveres se desarrollan las orgías, a un lado de la ciudad. Esta imagen que yo recuerdo de crónicas sobre pestes en ciudades de la Edad Media, sobre todo, está muy presente en el libro, al lado de las hogueras de cadáveres crepitando está la búsqueda de algunos de agotar el placer hasta los últimos minutos porque hay otros que tienen otras reacciones frente a la peste, unos simplemente se ríen con una risa nerviosa, otros, los menos, guardan esperanza y solidaridad.

No obstante, hay un gran vitalismo –de hecho me hiciste pensar en Chaucer y en Boccaccio–, una especie de tregua: mientras el mundo y las personas se derrumban ahí está el arte…

Claro, Boccaccio está muy presente porque, además, la epidemia es de alguna manera como eran los carnavales, un momento donde todas las certezas y las jerarquías sociales se trastocan o se trastornan. En esos momentos es muy posible dejar de lado muchos diques para el comportamiento, para la conducta, para los sentidos en espacios tan jerarquizados, pues, de repente, el sirviente puede aspirar a poseer a la ama; en fin, se trastocan todos los sentidos, el tiempo se acorta, se transforman las prioridades…

Me llama la atención, al tocar estos puntos, cómo has logrado construir una poética o una estética, ¿me podrías hablar al respecto?

Es algo muy curioso porque yo siento que estas cuestiones de transfiguraciones genéricas, estas libertades entre géneros ya es de añejo uso en la escritura contemporánea, sin embargo, es muy curioso, porque aun en la gente que está muy cercana a la literatura puede seguir generando cierta sorpresa, pero para nada me siento muy original, éstos son experimentos que se han venido haciendo muchísimo, estas cuestiones de mezclar en una escritura los más distintos registros estéticos. Sin embargo, sí me doy cuenta de la dificultad, por ejemplo, incluso entre estudiantes de literatura, alguna vez me platicaron que en una clase dejaron a leer un libro mío que generó mucha polémica de entrada acerca de si era poesía o no, entonces esto es algo muy curioso. Yo he cultivado esta escritura que incluye muchas cosas, por un lado esta técnica catártica que es la poesía, donde siempre hay algo de confesional, probablemente, sin embargo, nunca he querido adoptarla como una mera confidencia con el lector, sino que sirva también como un vehículo, primero que nada, de entrenamiento, un campo de práctica escritural y de reflexión intelectual, filosófica –que además tiene otras formas de resolución–, y un campo de invención. También hay una serie de temas que han estado presentes a lo largo de todo lo que he escrito en la parte poética, que son reflexiones en torno a la palabra, al lenguaje. Siempre me ha interesado indagar en torno a las propias posibilidades del lenguaje, la escritura moderna, además, ésta es desde el Quijote, cuando empieza a hablar de sí mismo como personaje contra el Quijote apócrifo, ya hay ahí una conciencia muy clara y moderna de la ficción dentro de la ficción, de la escritura dentro de la escritura. Yo me he planteado esta cuestión, pero sobre todo acerca de los límites del lenguaje, hasta qué punto el lenguaje poético, escritural, todavía puede ser un espacio de resistencia contra todas las asechanzas a las que está sometido el lenguaje contemporáneo, por un lado, toda esta degradación que sufre por parte de la mercadotecnia, que lo vuelve un lenguaje meramente pragmático, taquigráfico, subliminal, orientado al consumo, y todas estas acechanzas y degradaciones que sufre por parte de la política, donde se da la total inversión de significados, la banalización de los términos, y la forma en que el lenguaje se ha desvinculado del avance del conocimiento. Anteriormente, todavía en el siglo XIX, la mayor parte de las ciencias no tenían una jerga propia totalmente desarrollada, requerían de alguna forma del lenguaje común para articularse, para establecer síntesis; ahora, en la vida contemporánea, la mayoría de las ciencias –pensemos en la matemática, en la informática, en la física– tienen códigos totalmente alejados del lenguaje común donde ya no se requiere éste para hacer la síntesis de conocimiento, de alguna manera eso implica que la capacidad de conocimiento esté totalmente alejada y muy adelante de la capacidad de juicio que se forma mediante el lenguaje. La indagación que trato de hacer en poesía es hasta qué punto el lenguaje está degradado como instrumento de comunicación, como instrumento de búsqueda de la verdad y como instrumento espiritual. Precisamente hay un capítulo que se llama “La peste y el lenguaje”, que sería la parte alegórica del libro.

Decías que no eras nada original en esta forma de escritura, ahora sólo recuerdo a un autor que lo hace de manera magistral, Enrique Vila-Matas, ¿a quiénes te referías? De algún modo también son influencias tuyas.

Autores que son muy caros para mí, por ejemplo, que han cultivado de manera magistral el poema en prosa, como José Antonio Ramos Sucre, este poeta venezolano, extraordinario, autor de sólo tres libros, que murió muy joven, donde además cultiva el poema en prosa con una concisión, con una inteligencia, con una capacidad, primero para indagar en temas…

Era políglota y murió porque no podía dormir…

Exacto… Él me parece un personaje extraordinario porque sus poemas en prosa son profundamente cuidados, abigarrados, con un estilo muy barroco, exigente y, al mismo tiempo, de un gran rigor intelectual, él es uno de los autores que me interesan mucho. Otro autor, contemporáneo, es Pascal Quignard, francés, un caso espléndido de esta capacidad de combinar los más distintos registros del lenguaje, además, en su caso, en todos los géneros. Por ejemplo, como narrador tiene novelas profundamente experimentales; hubo una gran polémica hace años porque ganó un premio importante, creo que el Goncourt en Francia, con “Las sombras errantes”, un libro totalmente fragmentado, entonces se discutió mucho que eso no era novela porque no había personajes ni trama, pero lo mismo tiene novelas absolutamente convencionales de una calidad extraordinaria y pequeños tratados, en fin, su escritura, por llamarla así, es una que combina prosa, ficción, resolución poética, donde realmente se funden todos los géneros. Creo que este tipo de autores abundan en la literatura contemporánea.

Ya que tienen que ver de algún modo con “La peste”, más allá de este tipo de escritura, ¿cuáles son los autores que te han influido, que frecuentas?

Soy un lector omnívoro, pero mis lecturas dilectas son bastante clásicas, es decir, soy lector ferviente de “La Ilíada”, que siempre se deslumbra con cada nuevo acercamiento a “La divina comedia”; en la tradición contemporánea me interesan mucho Eliot, Saint John-Perse, los poetas franceses del XIX, por supuesto, Baudelaire –que es una cumbre–, Mallarmé, Verlaine, Rimbaud… En ese sentido, soy un lector muy curioso. Además, trato de leer a mis contemporáneos, de estar al día, pero al mismo tiempo mis filiaciones se avienen hacia figuras muy tradicionales.

Después de leer “La peste” pensé en Ramón López Velarde, el ser atormentado entre el pueblo y la ciudad, entre la pasión carnal y la pasión intelectual, el de la religiosidad y apegado a la sensualidad, el artista que padece el péndulo de los sentidos.

Sí, es curioso porque es un autor al que admiro profundamente y a quien, además, me parece que todos estos dilemas existenciales lo hacen un personaje entrañable para mí. No lo había pensado, no es consciente, pero hay una admiración profunda, no sé si se trasluce…

Cuéntame un poquito de ti, de tus libros anteriores.

Nací en la ciudad de México, en 1964, estudié cosas totalmente ajenas a la literatura y me dediqué a ellas, pero…

¿Qué estudiaste?

Relaciones Internacionales; he escrito desde muy chico y considero a la escritura como mi actividad principal. He escrito cuatro libros de ensayos, uno que se llama “Las guerras culturales de Octavio Paz” [tema al que acordamos volver en charla posterior], una biografía polémica, podría decirse, de Paz, esta figura que ha sido tan importante y controvertida en la literatura mexicana, además abordada de manera tan polarizada. Tengo otro que se llama “El crepúsculo de los clérigos”, que es, por decirlo así, una serie de contraefemérides contra tres autores, otra vez Paz, Carlos Fuentes y Carlos Monsiváis. Me parece que han sido fundadores de una tradición, de un lenguaje, y también siento que a veces se han quedado demasiado en el bronce. Lo que trato de aplicar con este tipo de libros, cuando me acerco a una figura, es lo que Nietzsche llamaba “admirar con violencia”, ser capaz de tratar, de intentar, de establecer en una lectura las emociones contradictorias que te provoca un autor. En este sentido, ir más allá de esta tendencia tan presente y tan pobre en la literatura mexicana que es que a un escritor consagrado, sin más, sólo hay que cargarle el portafolio. Otro libro se llama “Que se mueran los intelectuales”, donde hago una crítica y autocrítica del mundo intelectual, de muchas imposturas, de las formas de complacencia y de chapuza incluso que se dan en este mundo, un libro con el que me divertí mucho haciéndolo, no es de resentimiento, pues tampoco me siento un hombre marginado, soy un hombre que está dentro de la vida cultural, que también ha gozado de las recompensas; entonces es un libro divertido, de crítica y autocrítica que trata de imprimir mucho humor e ironía a muchas de las actitudes en las que incurrimos. Mi libro de ensayos más reciente se llama “Del sexo de los filósofos”, distinto y más libre, menos orientado a esta sociología de la literatura y mucho más a la escritura y a la improvisación escritural y argumentativa, donde se practica lo que yo llamo filosofía de buró, que es reflexionar, tratar de hacerlo profundamente, pero sin esa jerga que ha alejado tanto al público de la filosofía académica. En poesía tengo seis libros, “La conversación ortodoxa”, el primero; “La sed de los cadáveres”; otro que publiqué hace muchos años, “Los días prolijos” –creo que es uno de mis mejores libros–, ya está descontinuado, pero es uno con una búsqueda y, al mismo tiempo, donde siento que se ha impuesto más la idea de búsqueda de forma y arquitectura poéticas, es uno de los libros más trabajados formalmente que he hecho, donde también hay una indagación intelectual y, sobre todo, religiosa. Después publiqué “Teoría de la afrenta”, ah, no, publiqué uno de aforismos, bueno, no sé si son aforismos o poesía. En la editorial donde lo publiqué, en Almadía, salió en la colección de ensayo, se llama “Eso que ilumina el mundo”, posteriormente “Teoría de la afrenta”, y mi libro más reciente de poesía es “La peste”.

No estás en las humanidades ni procedes de éstas, pero sientes una gran inquietud intelectual, literaria, ¿perteneces a alguna generación literaria, estás incluido en alguna antología?

Pertenezco a la generación de los años sesenta, hay autores de esa generación que me gustan mucho: Ernesto Lumbreras, Jorge Fernández Granados… No estoy ausente, pero tampoco estoy presente en muchas de las antologías, un poco porque tengo un pie dentro y otro fuera, pero creo que por esta formación un poco omnívora, de centauro, pues no soy un hombre que se pueda clasificar en una sola disciplina, entonces así muy antologado pues no.

En términos de actividades literarias, ¿participas en conferencias, encuentros…?

Sí, creo que lo que ha sido para mí importante es tener una actividad profesional un tanto distinta siempre a lo largo de toda mi vida, esto me ha dado independencia en varios sentidos, desde no vivir del mismo mundo cultural donde muchas veces puede haber determinados conflictos de intereses, ser editor y escritor y, al mismo tiempo, ser crítico y escritor son cuestiones que en un mundo todavía pequeño pueden generar dilemas de conciencia, conflictos de interés. A mí, afortunadamente, estar fuera me ha ayudado y también me ha dado una visión distinta, me ha permitido cierta independencia de lecturas, no tener que escribir por encargo, varias cosas. Entonces ésta es la independencia que he tenido, pero no soy un misántropo del medio literario y muchos de mis mejores amigos son escritores.

¿Algunos otros nombres de esa generación?

Sí, cómo no, hay muchos que me gustan: Rocío González, Mónica Nepote, bueno, ella es un poco más joven. Pero de estas coordenadas generacionales, siento que es una generación de la que mucha de la gente que inició sigue escribiendo, esto habla de una constancia, de una lealtad: Josué Ramírez, Eduardo Vázquez Martín, Fernando Fernández, Julio Hubard, en fin, gente que sigue escribiendo con una idea muy propia de obra. Creo que es difícil hablar de corrientes porque es una generación de personalidades distintas y muy definidas cada una de ellas.

¿Participaste en talleres literarios?, ¿qué opinas de ellos?

Sí, tuve mucha suerte, pues tuve muy buenos talleristas. Mi primer taller fue con Javier Sicilia, un tallerista muy bueno porque era exigente en la forma, que es algo importante para la formación de un escritor, de un poeta. Creo que la poesía contemporánea adolece de esta preocupación por la forma y con Javier teníamos un entrenamiento intensivo en ese aspecto. Luego tomé un taller con Carlos Illescas, un poeta guatemalteco ya desaparecido, también de extraordinario rigor formal, pero al mismo tiempo muy humano, abierto, era un hombre que escribía sobre la noche, el placer, las cantinas, pero con una voluntad de forma extraordinaria. Éstos fueron algunos de mis talleres, además con mis propios compañeros de generación algunas veces hacíamos talleres, con Julio Hubard, Fernando Fernández, llegaba a ir Luis Ignacio Helguera, y algunos que ya no escriben tanto, como Virgilio Torres; varios nos reuníamos a criticarnos en serio, como en un verdadero taller.

¿Entonces sí crees que cumplen una misión de formar poetas?

Son muy importantes en muchos sentidos, sirven para muchas cosas, sobre todo no sólo para crear poetas, sino también para integrar, para crear público, es lo más importante; éste debería ser el fin de los talleres: enseñar a leer poesía, a apreciarla. Todos somos muy ególatras, todos queremos ser artistas, pero un taller cumpliría su función si verdaderamente nos enseñara a leer poesía.

Con ánimo de suscitarte reflexiones, quizás polémicas, a sabiendas de que el poema en prosa no es nada original, de que tampoco lo eres en la forma, me parece que sí lo eres en esa línea que sigues, es decir, te estás singularizando, más que por la forma, a partir de los temas que tratas y cómo los tratas, pongo por caso “Eso que ilumina el mundo” y “La peste”. No sé si sea un proceso de escritura doloroso, pero te atreves, te arriesgas, sin concesiones, con desgarramiento interior; además del proceso de reflexión fuerte, de los riesgos inherentes que conlleva esta decisión. Háblame de la línea que sigues y del proceso de escritura de esos libros.

Algo que sí he hecho siempre es trabajar mis libros con mucha conciencia de la forma, del conjunto, con mucha ambición de formas. Nunca he querido que sean mera reunión de mis versitos o de las emociones que tuve en un año, sino que los pienso como un proyecto intelectual ambicioso, y sí, con distintos registros. Por ejemplo, “Eso que ilumina el mundo” es un libro donde lo que quise trabajar era sobre todo la expresión aforística, no como destilado de sabiduría, casi cercana al refrán, sino más bien como esta capacidad de revelación, donde no sólo está el aforismo convencional, sino también la miniatura narrativa, el exabrupto filosófico… En fin, hay una serie de roces entre pensamiento, escritura y revelación poética.

Finalmente, ¿cómo le haces para trabajar, para leer y escribir tanto?

Siento que el trabajo intelectual requiere de muchísima disciplina, la inspiración juega un papel importante, pero cualquier inspiración parte de un acervo muy amplio, y esto sólo te lo da la obra negra, la talacha diaria, estar leyendo, tomando apuntes. Además, creo en la disciplina intelectual incluso como una cuestión casi de ascetismo personal, esto no tiene nada de puritanismo, pues creo que se puede combinar con partes de la vida bohemia de la literatura que son profundamente nutritivas y edificantes, pero el diálogo, la tertulia, la cantina literaria son algo que realmente no tiene comparación y que el valor que te da para aprender a dialogar, para establecer una interdisciplinariedad espontánea es fundamental, pero no todo es eso, también hay mucho trabajo de gabinete, tiene que haber mucho trabajo de lectura, no sé, siento que es una pasión que trae uno. Cervantes decía que era tal su pasión por leer que leía los papelillos que se encontraba en la calle, eso es algo muy conmovedor. Eso también es importante, sin perderse, es posible ser un lector omnívoro sin ser caótico. Son otras cuestiones que te alimentan mucho.

¿Tienes un proyecto nuevo en marcha?

Sí, no sé si este año, pero ya está en Editorial Magenta, que hace muy bonitos libros, tiene a ensayistas como Susan Hayward y un acervo muy selecto de escritores mexicanos, ahí va salir un libro que se llama “Sobre perdonar”, aforismos sobre el perdón que se atreven a cuestionar esta idea política y moralmente correcta de que perdonar es bueno; lo que yo me pregunto es si efectivamente es bueno.

¿Deseas añadir algo?

No, muchas gracias.

Gracias a ti, Armando.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

Foto: Armando González Torres, un poeta con alma de filósofo.
Azteca 21/Gregorio Martínez Moctezuma.

 

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