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Arte y Cultura - June 19, 2011

La Suave Patria: Sus enigmas y la gitana

Jean, Pierre, François y René fueron conocidos como los Chuanes, y su insurrección como chuanería o Guerra de los Chuanes.

En su obra El conde de Chanteleine, Julio Verne escribió:

Chanteleine y los suyos consiguieron rehacer algún tanto, con su presencia, el ejército realista que a cuyo frente se hallaba La Rochejaquelein, que acababa de ser nombrado generalísimo; volvieron de nuevo contra los republicanos, que, a pesar de tener a su frente a un hombre como Kléber, no pudieron evitar que los blancos alcanzasen una gran victoria delante de la ciudad de Laval, en cuyo distrito habían nacido los cuatro hermanos Chuanes, que dieron nombre a la chuaneríade la Vendée. Aquella victoria fue, no obstante, la última que tuvieron los realistas en tan sangrienta campaña.

Y bien, ese episodio de la Francia de fines del siglo XVIII contribuye a explicar una de las estrofas quizá más obscuras de “La Suave Patria” de Ramón López Velarde (algunas clarificadas y otras todavía no). Es la segunda del proemio del célebre poema y dice:

Navegaré por las olas civiles con remos que no pesan, porque van como los brazos del correo chuan que remaba la Mancha con fusiles.

Habida cuenta de que en el proemio de su poema López Velarde nos dice cómo le va a cantar a la patria, pareciera que su navegación sobre “olas civiles con remos que no pesan” anuncia su intención de no detenerse en hazañas militares, ni en loar a los generales revolucionarios de la época (1921) en que publicó su poema.

El episodio de remar con fusiles figura en la novela El caballero Destouches de Jules Amédée Barbey D’Aurevilly (1808-1889), novelista y crítico francés que la publicó en 1864. A él se atribuye la frase “hay pasiones que la prudencia enciende y que no existirían sin el riesgo que provocan”. Riesgo y prudencia estuvieron presentes en el caso porque, en su relato, dos hombres se trasladaban en una canoa con cupo para uno solo y por ello estuvieron a punto de zozobrar, aunque prudentemente habían suprimido todo peso prescindible, incluso los remos, sustituidos por los fusiles, como lo señala Jorge Mendoza, citando a David Huerta y José Emilio Pacheco.

En un ar tículo publicado en la revista Proceso, David Huerta escribió:

En las páginas 55 y 56 de la edición mexicana de El caballero Destouches están estas palabras: “… habían venido desde Guernesey a la costa de Francia en aquella canoa de Destouches, que no podía admitir más que un solo hombre, y que estuvo a punto de zozobrar cien veces bajo el peso de los dos. ¡Para suprimir toda carga inútil remaron con los fusiles!…”. Bien: de ahí esas líneas de “La Suave Patria”; pero queda una interrogante: ¿se identificaba López Velarde con Barbey D’Aurevilly? Se ha dicho que su célebre poema es un texto “refractario” a la Revolución Mexicana; por eso le parece que la “clave de la dicha” para la Patria consiste en no cambiar, en ser “siempre igual, fiel a tu espejo diario”. López Velarde parecería algo así como un defensor del “antiguo régimen”, exactamente como el “diabólico” novelista francés de cuya narración extrajo esa alusión a los chuanes. ¿Hay, pues, conservadurismo y aristocratismo en “La Suave Patria”?

LOS VERSOS DEL TRUENO

Otra estrofa también enigmática es la última del primer acto:

Trueno del temporal: oigo en tus quejas crujir los esqueletos en parejas, oigo lo que se fue, lo que aún no toco y la hora actual con su vientre de coco. Y oigo en el brinco de tu ida y venida, oh trueno, la ruleta de mi vida.

No he hallado, entre los varios estudios sobre López Velarde consultados, una interpretación convincente sobre el primer dístico de esta estrofa, de modo que aventuraré una, basada en el catolicismo que, a tono con sus estudios de seminarista, asoma una y otra vez en los versos de “La Suave Patria” y, en general, en el lenguaje metafórico del poeta. Una breve digresión: al hablar de las fuentes metafóricas utilizadas por López Velarde en su poesía y su prosa, Allen W. Phillips sostiene que la más importante de ellas es la liturgia católica.

Desde fecha temprana —apunta— le ofreció modos de expresión, y los símbolos religiosos aparecen y reaparecen con reiteración que vienen a constituir un verdadero acervo lingüístico… óleos, cirios, custodias, panes eucarísticos, olores de incienso, clavos, espinas y otros objetos análogos en interminable procesión. Esa predilección por elementos eclesiásticos, que le trae al poeta un eco de su juventud y de sus días de seminarista, aparece más acentuada en sus poemas y prosas juveniles, aunque no desaparece en etapas posteriores.

Pues bien, “Trueno del temporal” me remite al apóstol san Juan, llamado “Hijo del trueno” por Jesús, igual que su hermano Santiago. Quizá López Velarde imaginó a Juan escribiendo su Apocalipsis, libro bíblico que alude justamente al fin de la vida temporal, para dar paso a la vida eterna, trance en el cual Juan ve escenas espeluznantes y escucha voces y ruidos atronadores, mientras que el poeta escucha “en tus quejas crujir los esqueletos en parejas”.

 

Como Juan, López Velarde alude al pasado —“lo que se fue”—, el futuro —“lo que aún no toco”— y también a “la hora actual con su vientre de coco”. En la introducción de su Apocalipsis, Juan, “Hijo del trueno”, se dirige a las “siete Iglesias que hay en Asia” diciéndoles: “Con vosotros sea la paz de parte del que era (pasado) y del que viene (futuro) y de los siete espíritus, que están delante de su trono”. Y líneas adelante, el apóstol insiste en los tres tiempos: “Yo soy el alfa y la omega, dice el Señor Dios; el que es, el que era, el que va a venir, el Todopoderoso”.

¿Es forzada la interpretación que imagino? Quizá, pero es al Juan apocalíptico a quien a mí me remite esa estrofa. Si los poetas tienen licencia poética, ¿por qué los lectores no habríamos de tener licencia interpretativa? El dístico final —el de “la ruleta de mi vida”— quizá recuerda las amarguras amorosas, económicas y políticas sufridas por el poeta.

Los versos del trueno, en mi interpretación, podrían tener una variante: “Trueno del temporal” podría aludir a las guerras re volucionarias iniciadas en 1910 —el poeta había intervenido como redactor del Plan de San Luis, junto con Pedro Antonio de los Santos— y que aún se prolongaban en el año en que escribió el poema, 1921, de suerte que los “esqueletos en parejas” podrían aludir a los soldados y sus soldaderas, y el resto de la estrofa, conforme a la interpretación ya descrita. Sobre la frase “vientre de coco”, José Luis Martínez apunta:

Con este último verso nos dice que el presente, la hora actual, es una época vacía, hueca o sólo llena de agua como los cocos; dícese “cabeza de coco”, o si se prefiere “vientre de coco”, para decir que están huecos o sólo llenos de un líquido inocuo. El poeta prefiere “vientre” porque tiene cierto aire femenino, y quizá juega también imperceptiblemente con la acepción mexicana del “coco” que asusta a los niños. Así, pues, desatada la síntesis de plurales significaciones, viene a decirnos: El tiempo presente tiene huecas las entrañas, carece de sentido, y es como un espantapájaros o espantaniños.

Y yo me pregunto: ¿no será tal frase una alusión a un hoy (actualidad del poeta) preñado de calamidades por venir, duras como el coco? Recordemos que en 1921, la lucha entre las facciones revolucionarias estaba en desarrollo.

LA CARRETA DE PAJA

Pero si los citados fragmentos del poema lopez velardeano son obscuros, quizá ninguno lo es tanto como la estrofa final de “La Suave Patria”. Para analizarla conviene citar también las dos que la preceden:

Quieren morir tu ánima y tu estilo, cual muriéndose van las cantadoras que en las ferias, con el bravío pecho empitonando la camisa, han hecho la lujuria y el ritmo de las horas.

López Velarde enuncia aquí las amenazas a costumbres y esencias nacionales que, llegadas del norte, “quieren morir tu ánima y tu estilo” y que recuerdan algunos fragmentos de su artículo La fealdad conquistadora: “Cada día la piscina de azulejos de nuestros patios entúrbiase más con la filtración yanqui… Nos ayankamos a gran prisa, bajo la acción de lo feo… todo acusa que la Patria pierde su ritmo esencial, su cuerda privativa… ¿Hay quien quiera defender, con una defensa estética, la rosa que se prenden al pecho las mexicanas?”.

En su antepenúltima estrofa, el poeta equipara la muerte de ánima y estilo con una estampa sensual: la desaparición gradual de las cantadoras que empitonan la camisa con su pecho. Creo que es una equiparación feliz. La seriedad y la preocupación por la pérdida de lo mexicano se contrasta con una imagen frívola y erótica que, siéndolo, es también parte del ánima y estilo nacionales.

Este juego metafórico no es extraño en López Velarde. Un ejemplo muy claro se advierte en “Mi corazón se amerita”, poema incluido en el libro Zozobra y dedicado a Rafael López:

Mi corazón, leal, se amerita en la sombra. Es la mitra y la válvula… Yo me lo arrancaría para llevarlo en triunfo a conocer el día, la estola de violetas en los hombros del Alba, el cíngulo morado de los atardeceres, los astros, y el perímetro jovial de las mujeres.

Nótese cómo la seriedad de arrancarse el corazón para llevarlo a “conocer el día” y las alusiones a objetos litúrgicos —estola, alba, cíngulo— contrastan repentinamente con el “perímetro jovial de las mujeres”. Allen W. Phillips lo explica admirablemente:

El poeta, en inesperado salto metafórico funde dos de esos elementos del rito católico y luego con la luz más bien crepuscular de la tarde. Al lado de la enérgica personificación de la aurora y la tarde, es significativa la gradación de color que va desde la estola de violetas hasta el cíngulo morado. Más aún: el Alba, palabra escrita así, con mayúscula, designa no sólo el amanecer, sino también la túnica blanca que se viste el sacerdote para celebrar los oficios divinos. Y precisamente el cíngulo sirve para ceñir la túnica blanca. En el último verso, la trayectoria de luz se completa con la escueta alusión a los astros nocturnos, y, de repente, el poeta nos sobresalta en el rápido e inesperado descenso de la contemplación cósmica a la visión terrestre del desconcertante “perímetro jovial de las mujeres”.

Ochenta y siete años después de escritos los versos lopezvelardeanos, un parodista del poeta zacatecano reitera la preocupación por las amenazas del norte yanqui. Escribió Pedro Miguel en su “Ya estuvo suave, patria”:

Suave Patria: no son los disidentes ni la parodia montaraz y dura, los saqueadores y los delincuentes

que te vuelven atroz caricatura. El culpable directo de tu infierno se encuentra en la cabeza del gobierno, con hilos que lo mueven desde el norte y el respaldo entusiasta de su corte.

Después de lamentar lo que le quieren hacer a la patria, López Velarde formula una suerte de exhortación en las dos estrofas finales:

Patria, te doy de tu dicha la clave: sé siempre igual, fiel a tu espejo diario; cincuenta veces es igual el Ave taladrada en el hilo del rosario, y es más feliz que tú, Patria suave.

En otras palabras, López Velarde le pide a la patria que no permita que mueran su ánima y su estilo sino que sean “siempre igual”, de la misma manera que es igual el Ave (María) aun cuando sea taladrada cincuenta veces, convertida en cuentas del rosario. Es otra de las metáforas cristianas de López Velarde, que de ese modo evoca también el dolor de la Virgen María en la primera “cuaresma opaca”. Ser igual y fiel, entonces, es la clave para la dicha de la patria, sin importar el dolor implícito en la metáfora velardeana, ya que, pese al taladro cincuenta veces repetido, el Ave es feliz. La idea de conservar la igualdad y la fidelidad se reitera en la estrofa final, y lo que sigue es para mí el enigma mayo r del poema:

Sé igual y fiel; pupilas de abandono; sedienta voz, la trigarante faja en tus pechugas al vapor; y un trono a la intemperie, cual una sonaja: ¡la carreta alegórica de paja!

Aparte de la reiteración de igualdad y fidelidad, lo único que para mí resulta claro es la alusión iturbidista —“la trigarante faja”— pero se me oculta el significad o de “tus pechugas al vapor”. Si fueran pechugas al aire, podríamos imaginar a la victoria alada del Ángel de la Independencia, pero la mención del vapor ya no encaja, a no ser que se trate de la evocación de los pectorales de una mujer ardiente. Todavía más obscuro parece el “trono a la intemperie”, alegre como una sonaja y que es “la carreta alegórica de paja”. Octavio Paz encuentra ahí un “fin de fiesta” y un “trono rústico de Pomona-Guadalupe-Tonantzin”, es decir la diosa romana de la abundancia frutícola, asociada con la Virgen cristiana y la diosa indígena.

José Luis Martínez ve el origen de la alegoría en El carro de heno, cuadro de El Bosco, y apunta:

El poeta propone a la Patria, asunto del poema, que permanezca igual y fiel a sí misma. Esa identidad la ve López Velarde representada en ciertos atributos femeninos: las lánguidas pupilas y la voz anhelante, ornados con un emblema patrio: la banda tricolor cruzada sobre el pecho ardiente de las mujeres. El poeta propone, asimismo, que la Patria conserve su realidad agrícola y, en ella, un sitio culminante, abierto a todos los vientos y con ruidosa alegría, el amor y la belleza, por encima de la locura de los hombres que se destrozan en su codicia por bienes ilusorios.

Mi conclusión es, para decirlo con palabras de Gabriel Zaid, que resulta absurdo suponer que “todo está dicho” sobre López Velarde: “Todo está por aclararse: estamos lejos de tener por descifradas sus metáforas o su biografía”.

EL INTIMISMO Y EL HUMOR

Voy al principio del poema, para recordar lo que López Velarde se propuso hacer con “La Suave Patria”. Lo explica en la primera estrofa del proemio:

Yo que sólo canté de la exquisita partitura del íntimo decoro, alzo hoy la voz a la mitad del foro a la manera del tenor que imita la gutural modulación del bajo para cortar a la epopeya un gajo.

Es decir, el poeta se sabe intimista, está consciente de que su partitura pertenece al territorio del “íntimo decoro” e intuye la audacia de lo que está haciendo al incursionar en otros terrenos poéticos —“en la mitad del foro”— y lo hace con la “gutural modulación del bajo”. No pretende cantar una epopeya, sino sólo cortarle “un gajo” y, además, como apunta más adelante, le pondrá sordina a la épica.

Phillips nos alerta para no engañarnos:

Es sencillamente cuestión de medida: su epopeya (la que llama él mismo una épica sordina) es íntima en toda la extensión de la palabra. No debiera clasificarse como poesía civil, precisamente por la descarga personal de emoción siempre presente. El tono nunca es hueco, ni altisonante; no nos marea con oratoria ni discursos teatrales. No es una patria heroica la que recrea López Velarde, sino más bien la patria de todos los días, a la que vuelve con amor y cariño entrañable. Se establece desde el principio una íntima unidad entre su alma estremecida y la patria que ha sufrido sucesivas oleadas de violencia y destrucción.

El mismo Phillips, al hablar de la ironía y el humor en la poesía de Leopoldo Lugones, Jules Laforgue y López Velarde, cita una frase que alguna vez este último le dijo a Martín Gómez Palacio: “Convénzase usted: para nuestros abuelos el mejor poema era el que los hacía llorar; en los tiempos que alcanzamos, el mejor poema es el que nos hace sonreír”. Esa frase me da pie para citar el introito de la mencionada parodia de Pedro Miguel, que probablemente haría sonreír al poeta zacatecano:

Yo, que sólo escribí de la maquila y la oferta y demanda que nos rige, doy a torcer mi pluma, que transige y que a López Velarde se fusila con hojas de papel por paredones, para hablar de políticos cabrones.

EL FRÍO Y LA GITANA

La muerte de muchos personajes, que ponen piedras angulares en la historia y la cultura de los pueblos, suele estar acompañada por dramas grandes o pequeños que, frecuentemente, nos llegan envueltos con matices de leyenda. Así ocurre con Ramón López Velarde (1888- 1921), quien muere en la entonces avenida Jalisco número 71 (hoy Álvaro Obregón) como consecuencia de una neumonía y pleuresía que sufrió después de un inocente paseo en una noche muy fría en la Ciudad de México.

López Velarde le pide a la patria que no permita que mueran su ánima y su estilo sino que sean “siempre igual”.

El crítico de teatro Buffalmaco (Jesús B. González) escribió en Revista de Revistas:

Algunas noches paseábamos por las calles de Capuchinas a altas horas, yo envuelto en un grueso gabán y con bufanda, y él sin abrigo, cuando el agua se estaba volviendo cristal al beso de la brisa del sur. Montaigne era su leitmotiv y no le importaba la línea de mercurio de los termómetros.

Pero aquella noche de La Mallorquina fue traicionado por su organismo tantas y tantas veces fiel. Día a día fue empeorando, hasta que dejó de concurrir a su oficina. Primero el diagnóstico no arrojaba deducciones de alarma. Ramón, recluido en sus habitaciones de la avenida Jalisco 71, sin hacer cama, recibía a sus amigos y charlaba de sus temas favoritos. Apenas podíamos percibir su estado anhelante.

Sin abrigo su cuerpo y probablemente también su espíritu a causa de fracasos amorosos, políticos y económicos, la enfermedad materializó la predicción de una gitana que le anunció su muerte por asfixia.

Cuenta Guadalupe Appendini que una noche, en un bar de la Ciudad de México, cuando departía con Jesús B. González, una gitana le leyó la mano a López Velarde y le dijo: “Amas mucho a las mujeres, pero les temes. Tienes miedo también de ser padre. ¡Esta línea me dice que morirás asfixiado!”.

Y en la mencionada crónica de Revista de Revistas, Buffalmaco añade:

La mañana del 18 de junio, llegué a visitarlo y lo encontré profundamente decaído. Su respiración era violenta y angustiosa. Sentado en un sillón, con la mirada triste, a mis palabras de sincero optimismo contestó mostrándome su mano larga y expresiva: —¿No recuerdas? —¿Qué cosa? — Aquello que me auguró la gitana. ¡Mira cómo estoy! Fue su último amanecer. A su madre y a sus hermanos acompañamos en aquella jornada fatal, Rafael López , Pedro de Alba, Enrique Fernández Ledesma y yo.

La enfermedad le quitó la vida pero no la posibilidad de corregir las pruebas de “La Suave Patria”, el poema aparecido en la revista El Maestro de junio de 1921, año del centenario de la consumación de la Independencia.

Pedro de Alba lo relata así:

“La Suave Patria” quedó fundida en su molde permanente dos meses antes del tránsito del poeta. Por las fechas en que sufrió la agresión de la implacable enfermedad, Ramón estaba corrigiendo las pruebas de su poema. Fiebre, cansancio y sensación de asfixia agobiaban a nuestro paciente… Una de sus últimas conversaciones fue con Agustín Loera y Chávez. Agustín me pidió que yo lo introdujera a la estancia de Ramón: quería no solamente saludarlo sino al mismo tiempo hacerle entrega de su sueldo devengado como redactor en la revista El Maestro. Fue el último empleo que tuvo Ramón; lo aceptó gracias a la insistencia afectuosa del licenciado José Vasconcelos. Él no quería puesto visible en el gobierno; tenía sus razones de orden político… Esta escena ocurrió la víspera de su muerte; pocos días después apareció por primera vez “La Suave Patria”, en el número en turno (1º de junio) de la revista El Maestro.

José Juan Tablada, autor de un “Retablo a la memoria de Ramón López Velarde”, escribió al amigo de ambos, Rafael López, una carta fechada el 2 de agosto de 1921, en la cual vincula el poema cumbre del poeta con su muerte.

Su Suave Patria —afirma Tablada— no sólo me conmovió como una obra maestra, sino como una reliquia que llevara el sudor de su agonía. ¡Qué clarividencia de moribundo y de gran poeta! Tiene el ritmo de sus últimos pasos sobre la tierra.

Fuente: (revistadelauniversidad.unam.mx)

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