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Entrevistas - June 8, 2011

Poesía mexicana: Héctor Adolfo Esquer Quiñonez (8)

mínimas y básicas oportunidades de una cultura dirigida en el hogar. Me desarrollé en un pueblo dedicado a la agricultura en el sur de Sonora. El hombre que me llamó al mundo era analfabeto y la mujer que me parió, un poco menos analfabeta. Trabajaron mucho: él,  jornalero casi toda su vida, y ella, una especie de incansable oscuridad de la pobreza, que hacía cualquier cosa por sacar adelante sus complejas circunstancias. La poesía me ha de haber llamado cuando yo tenía… tal vez… seis o siete años de edad, ya que llegó un terrible huracán al pueblo, y corrimos a refugiarnos a la casa de un hombre acomodado, un electricista y tipo generoso, pues nuestra vivienda era frágil y el techo de lámina negra. Fue en la sala de ese hogar donde me enteré de lo que era una biblioteca. En ese momento me sentí fuertemente atraído y estiré el brazo queriendo tocar los libros, pero escuché pasos y desistí. Así que me quedé como estatua de sal castigado por mirar las puertas donde habitan los misterios, pero alcancé a leer algo que decía: “El Tesoro de la Juventud” y, mientras la tempestad arreciaba su terrible sinfonía, no pude dormir tratando de entender qué podría significar ese extraño título… Qué manera tan generosa de conocer el bien y el mal, ¿no? Tuve que mezclar la escuela con los oficios de niño vendedor y de servicios como aseador de calzado, y lo que se comiera o masticara, aunque luego se escupiera, además de combinar esta actividad con el oficio de jornalero, sobre todo en vacaciones escolares largas… Esto duró hasta los diecisiete años. Un buen y venturoso día, un maestro, en segundo de secundaria, llevó un montón de libros y se puso a darnos una síntesis de lo que trataba cada uno, y nos dijo que leyésemos el que nos llamara la atención, pero que de manera voluntaria, es decir, que no era una obligación; elegí “Robinson Crusoe”, de   Daniel Defoe. Es necesario que te diga estos antecedentes que bien pueden ser de interés sólo personal, pero que son convenientes para explicar asuntos relacionados con mis especulaciones en el oficio de escribir.  

La poesía, por qué y para qué

No creo ni quiero tener respuesta precisa. No lo sé bien y considero que hay cierto misterio y motivación en no saberlo o en no estar del todo consciente del acto y razones de escribir. Acaso si racionalizamos demasiado los motivos, suceda que perdamos la magia que en ellos germina. Es como sentirnos muy atraídos por una persona, pero en tanto estemos a distancia porque en cuanto la conozcamos pueden sucedernos dos cosas: admiración sin límites o una cruel decepción; por lo general, sucede lo segundo. Prefiero ver a la poesía como semilla que cultivan las generosas veleidades de su propio misterio que, por otra parte, no pertenece a este reino, aunque sirva para embellecer lo cotidiano y lo más inmediato. Y eso por más reiterativos que sean los temas por tratar, tales como el amor, la injusticia, la guerra, el dolor, la muerte…Pienso que el poeta debe decir lo que tiene y hasta ahí llega nuestro compromiso. Lo demás es asunto de los potenciales lectores que, por otra parte, ya sabemos que, en poesía, son muy pocos. Tener la intención de saber qué quiero con escribir se me antoja dogmático… Eso que lo resuelva el lector, ¿no? Yo no puedo pensar ni sentir por él. Escribo, que el lector acepte o niegue las circunstancias que le acomoden o no a partir del texto. Esto no quiere decir que se tenga una postura indiferente o egoísta ante la existencia y la forma social, económica y política en que nos hemos organizado. Soy reiterativo en dejar claro que no somos apáticos a los movimientos sociales. Todo lo contrario. Pero nuestro oficio se resuelve desde una anticipación gregaria, aunque indirecta. Después de todo: ¿quién quiere conocer a los panaderos que alimentan con su producto a las familias?

De poetas y generaciones poéticas

No tengo más generación que mi propio yo vinculado a la realidad natural y al orden social con todas sus excavaciones pasionales, con todas sus inteligencias y sembradíos cómico-trágicos. No me tocó, y qué bueno, ser parte de una generación, porque soy un individuo que llegó a las poesía formado a base de disciplina y búsqueda… casi personal. Un lector tardío que primero fue fascinado por la actuación, la cual he practicado desde que llegué a San Luis potosí en 1978, y que ya para 1990 decidí darle curso a la voz que pujaba en mí por ser poética, si acaso lo es… Claro que no niego todos los apoyos de amigos, maestros y de instituciones gubernamentales que otorgan becas y otras oportunidades, sin las cuales es muy difícil sobrevivir, sobre todo cuando ya hay responsabilidades de manutención, más allá de uno mismo. La pregunta generacional me parece importante para parcializar la historia con un toque  de didactismo. Pero recordemos que los poemas, si son buenos –no digo que los míos lo sean–, son intemporales, tal como lo dice el Eclesiastés bíblico. Soy todos los que me han precedido, decía un poeta, y yo seré parte de los que alguna vez me lean. No importa a quiénes y cómo pertenezca. Aunque yo sí envidio las grandes amistades entre inmensos poetas, pero, en estos modestos niveles en que nos encontramos, ni siquiera la vileza es genial. No estoy amargado, sólo digo que hay almas que tienen que encontrar su destino en esa escalera que tantos grandes terminan por caminar, y que se llama anonimato. Así estoy bien, sabedor de que pertenezco a mí mismo y, en todo caso, a la literatura, en mi modesta medida, si me lo permiten… ¡Y quién sabe si pertenezca a mí mismo y no a las raíces de enajenación, perversidad y deformación que propician, en este país, la chatarra “educativa” y sus deformadores! Después de todo, si nunca somos nosotros mismos, mucho menos seremos en otro… Pero no niego cierta importancia que hay en las generaciones, aunque también creo que se dan más como un orden a posteriori, y no porque los integrantes de la “Generación del 23”  hayan buscado esa pertenencia. Recordemos que el orden de la historia está en el futuro.

Las revistas literarias y de poesía

No he seguido una de forma sistemática. Leo lo que caiga en mis miradas, siempre y cuando cumpla con las mínimas delicadezas que debe contener la calidad: verdad y estética. Desde “Vuelta”, “Tierra Adentro”, “Dos Filos”, “Algarabía”… o cualquier otra de menos penetración, pero con toda la necesidad de renovar la sangre literaria en forma de “nuevas generaciones”, lo reitero entre comillas, porque no creo en “las nuevas generaciones”. Un niño no tiene por qué no tener cien años y un anciano no tiene por qué no tener seis… Mientras veamos de manera lineal al hombre, lo condenamos a padecerse sin espirales. Lo que leo en jóvenes revistas son, siempre, las ideas y los nuevos impulsos creativos, sólo por mirar si sigue existiendo la esperanza en la palabra poética, la renovación de los sentidos que se apropian de una pululante sociedad que, actualmente, semeja un incendio que todo lo destruye a su paso, pero que deja breves reposos para edificar con el verbo otras constelaciones. Sobre todo, en las revistas y suplemento culturales, como el mítico “Sábado” de “Unomásuno” o “La Jornada Semanal”, admiré mucho la exuberante erudición, la irónica y tempestiva plasticidad de ensayistas como Fadanelli, sólo por citar un ejemplo, y que está fuera de todo contexto y que vive entre la sociedad, porque no está dispuesto a darles el gusto de quedarse sin él (no hablo de suicidio, sino de algo más terrible: dejar de escribir). Y en las revistas de los jóvenes contemplo esa exquisita posibilidad de que el mundo pueda volver a ser desde intempestivos frutos.

Poética

Tengo versos, palabras, ideas… Pero siempre me están jodiendo con que soy un poseso, lo cual me halaga y me hace reír, pero ¿quién no lo está? También me dicen que mi poesía es medieval y gótica, que es de un misticismo inverso, es decir, no  cristiano en términos institucionales, pero que sí contiene rasgos de predicación reflejada por símbolos religiosos… lo que yo no me he propuesto porque ni recibí esa formación ni creo en lo sacerdotes; eso sí, admiro mucho a la Iglesia católica y toda su parafernalia, siempre me han parecido hechizantes sus rituales, pero no el ejemplo de su conducta, menos ahora que se ha destapado la cloaca de tantos enfermos sexuales que cultivan y protegen. Si hay alguien que está en verdad lejos de Cristo son los sacerdotes. Claro que sí admiro a Santa Teresa, a San Francisco, a Santo Tomás, a San Agustín, a San Juan de la Cruz, a la madre Teresa de Calcuta, a quienes trato de leer con avidez, pero, en lo relacionado con la poesía, mi discurso está muy alejado de razones que lo hagan existir; es decir, mi vida no está cimentada de la siguiente manera: “¡Ah, miren, escribe así porque quiso ser sacerdote!”. No, mi discurso tiene que ver con otras pulsiones que ni yo entiendo muy bien, pues además me llama mucho la atención la vida profana y el caos que impera en el hombre simple y sus legales vicios.

Influencias

Todos y de muchas maneras, pero César Vallejo, al que yo llamo el santo de los poetas, aun por sobre San Juan de la cruz, es corazón azul que late en mi frente. Su humanidad fue como un cáliz donde yo, todavía, soy su apóstol mundano. He pasado días, meses y años observando y sintiendo las estructuras genéticas de cada uno de sus versos. También cuando descubrí al tabasqueño José Carlos Becerra se convirtió en mi lectura de cabecera. Su exuberancia, su pasión, su inteligencia, la voz tan llena de significados emocionales y su criticidad estética ante un mundo embebido de su propia alquimia ególatra, y que es la peor alegre manera de soledad, me exiliaron por segunda vez del Paraíso. Me apasiona la poesía selvática, marítima, no en su temática en sí, sino por la cascada constante de su sonido y su voluntad de advertirle a los demás que estamos en nosotros mismos, y que desde nosotros pueden nacer mundos de múltiple diversidad. Me subyuga ese ritmo gregario que divide, cual Bautista, la sangre nuestra, la conciencia nuestra, la pasión nuestra para sembrarla en aquellos que la elijan por semilla. Hay otro poeta que nunca he visto que se le haga la justicia que merece (¡quién soy yo para decirlo!), pero digo que vale muchos más reconocimientos. Me refiero al maestro Marco Antonio Montes de Oca, y que también resulta un profeta de las urbes, una especie de misionero que tumba templos oxidados con su palabra. Fernando Pessoa, en su heterónimo Álvaro de Campos, sobre todo el poema “Tabaquería” y que después de leerlo se me antoja que deberíamos dejar de escribir.

De gustos y preferencias

La Biblia, pero desde una perspectiva literaria porque finalmente es el documento fundamental de nuestra formación, por más indirecta o repulsiva que sea; estemos o no de acuerdo, es un libro notable (¡quién soy yo para decirlo!). He leído otros libros que hablan de la cristiandad y diversas religiones, pero la Biblia siempre queda como el faro que tiene más luz. Los “Poemas humanos” de César Vallejo, que se equivocó de siglo y debió ser uno de los profetas de Jesucristo; “El otoño recorre las islas” de José Carlos Becerra, por las razones que antes exponía. “Canto a mí mismo” de Walt Whitman, pues su voz es un rescate de la propia existencia, a pesar de todos los dolores, a pesar de todos los sepulcros. “Las flores del mal” de Charles Baudelaire, porque creo que las razones están de más y son muy consabidas: el libro es una máscara que al mirarla incendia nuestros inútiles rostros que no llegan ni a máscaras, pues la estupidez es tan pobre que ni siquiera tiene máscaras. Yo nací en 1958 y, como te decía al principio, mi formación ha sido tan discontinua –me alegro– que conocí y me convertí en un fanático de los Beatles en 1979, año y meses antes de que asesinaran a John Lennon. Y hasta la muerte les seré siempre fiel porque su sonido y actitud tienen una fuerza intempestiva que no encuentro en otros grupos, por más que intento entregarme, los Beatles son la madre, el padre y el hermano que me hubiera gustado tener.

Del proceso de escritura

El ritmo de mi sangre, de mi corazón y la explosión solar de mis neuronas… Bueno,  también y, tal vez con mucha más frecuencia, las danzas terribles de los demás. Crecí en un mundo hermosamente caótico, es por eso que me cuesta mucho trabajo escribir cuento o novela: requieren de mucha paciencia y no la tengo, porque no creo mucho en el día de mañana, sino en el instante, y, como cualquier sobreviviente, me interesa mucho absorberle todo lo que se pueda, y el verso es más red y relámpago para esa necesidad. Tal vez escriba cuento alguna vez, por ahora sigo con la poesía.

De las antologías poéticas

No recuerdo ahora muy bien los títulos, pero creo que se llamaba “Poesía en movimiento” o “Poesía joven en movimiento”… Si mal no recuerdo, fueron dos tomos. Siento que esa selección tan generosa de poetas hizo mucho bien, pues no estaba embrutecida por los amiguismos y los odios de grupos que se dan en la actualidad, sino por una real necesidad de que la gente se acercara a la palabra escrita. Por lo menos, yo pasé horas deliciosas leyendo a tanto autor de calidad.

La preparación del poeta

Sí, sí. La disciplina es ante todo el hijo amargo que debemos adoptar, porque te aleja del mundo inmediato y al que casi todos le dan prioridad, y que siempre es, por más agradable que sea, una espina ante las responsabilidades de la vida cotidiana que, siempre, lucha por matarte antes de que estés muerto. El talento tiene que agarrarte trabajando, solía decir cierto poeta que ahora no recuerdo su nombre. Es fundamental, pues, laborar como abejas, como palomas, como serpientes… ¡como perros rabiosos!, en busca del alimento que encierran los versos y leer y leer todo, no sólo en los libros, sino toda la realidad que busca ir más allá de donde la dejó la Creación. Hay una estúpida actitud que detesto en los profesorcillos viejos y cansados que se acaban de jubilar y que “ahora sí” le va a hacer “el favor” a la literatura, de editar sus “maravillosos versos”, porque ya tuvieron un hijo, sembraron un árbol y no pueden morir sin dejar en mil idiotas ejemplares sus estupideces que creen es poesía… A ellos les digo: ¡la poesía no es una puta que pueda besar cualquier miserable!

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

Foto: Héctor Esquer en el patio del Museo Othoniano, en San Luis Potosí, del que fue director.
Azteca 21/Gregorio Martínez M.

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