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Libros - March 6, 2011

Eduardo Matos presenta libro sobre el Mictlan, el Tonátiuh Ilhuícac, el Tlalocan y el Chichihualcuauhco

civilizaciones como la griega, egipcia o sumeria, son algunos de los aspectos abordados por el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma, en su más reciente libro La Muerte entre los mexicas, presentado hace unos días.

En esta publicación, el investigador emérito del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH-Conaculta) también hace una relación de los paralelismos encontrados entre el pensamiento que tenían los tenochcas sobre la muerte, respecto de la obra del italiano Dante Alighieri, La Divina Comedia, en la que se plantea la existencia de nueve infiernos, y la coincidencia en igual número de casas que los mexicas creían que tenía que recorrer el fallecido para llegar al Mictlan.

En el marco de la última sesión del ciclo de conferencias conmemorativas a los 33 años del descubrimiento del monolito de Coyolxauhqui, efectuadas en el Museo del Templo Mayor, el profesor Matos Moctezuma presentó dicha publicación en la que ofrece nuevas reflexiones sobre la muerte entre los mexicas, cuyas concepciones a lo largo de la historia “se desprenden del constante miedo y negación del hombre a morir, por lo que ha creado en su imaginario sitios en los que supone irá después”.

Estas nuevas reflexiones, dijo, son producto del estudio de diversas fuentes históricas (códices y manuscritos), así como investigaciones arqueológicas y el análisis de las costumbres actuales de diversas comunidades indígenas o mestizas.

“El hombre siempre ha temido a la muerte y se ha negado a ella, por ejemplo, para los cristianos y católicos la continuación de la vida es en el cielo o en el infierno, dependiendo de cómo fue su forma de vida moralmente”.

En cambio, precisó, para los mexicas, lo que determinaba el sitio a donde irían las ánimas era la manera en que hubieran fallecido. Las fuentes históricas coinciden en cuatro mundos de los muertos: el Mictlan, el Tonátiuh Ilhuícac, el Tlalocan y el Chichihualcuauhco.

De acuerdo con el Códice Laud: si morían ahogados o de enfermedades relacionadas con el agua irían al Tlalocan.

Si la muerte era en guerra, sacrificios, en expediciones mercantiles fungiendo como espías, o durante el primer parto —pues consideraban que las mujeres dando a luz eran guerreras en combate— partirían al Tonatiuhixco o “Casa del sol”, a la que tardaban 80 días en llegar y, en donde después de cuatro años se convertirían en aves de rico plumaje.

“Así mismo, si los niños fallecían antes del primer año de edad se trasladarían a El Chichihualcuauhco, donde un árbol nodriza les proporcionaría leche para alimentarlos, según se aprecia en el Códice Vaticano A”, abundó el arqueólogo del INAH.

Si la muerte había sido de cualquier otra forma diferente a las anteriores, añadió, las ánimas irían al Mictlan o inframundo, el cual se concebía como un lugar oscuro, lugar de los descarnados, pero que también fungía como matriz regeneradora, donde para llegar a ella los difuntos tenían que cruzar nueve escaños o casas.

“Los mexicas pensaban que Tlaltecuhtli, diosa de la tierra, devoraba y paría a los cadáveres para que, los individuos muertos, renacieran a una ‘nueva vida’ en la que podrían continuar su tránsito hasta llegar al lugar que les correspondía según la causa de su muerte”, comentó Matos Moctezuma.

Para los mexicas —agregó—, este proceso tardaba cuatro años, el mismo tiempo que un cuerpo tarda en desintegrarse hasta quedar sólo el esqueleto; durante este lapso los difuntos tenían que cruzar nueve casas o habitaciones hasta finalmente llegar al lugar que les estaba destinado.

Matos Moctezuma señaló que según los escritos de fray Bernardino de Sahagún, a los 80 días del fallecimiento de una persona, el cuerpo era quemado junto con su perro, posteriormente los restos eran depositados en jarros u ollas con una piedra verde denominada chalchíhuitl, y finalmente eran enterrados dentro de las casas. Desde ese momento, hasta transcurridos cuatro años, los deudos daban ofrendas en nombre del difunto.

“Los mexicas trataron de entender qué pasaba con la muerte; al momento de explicarla la relacionaron con aspectos fisiológicos como el embarazo o la descomposición de los cuerpos”, puntualizó Eduardo Matos.

En su obra, el arqueólogo también refiere que a pesar de las diferencias en tiempo y espacio, la idea de la muerte de los mexicas presenta similitudes con la concebida por diversas culturas, como la sumeria, la egipcia o la griega, “aunque nunca tuvieron una relación directa, coinciden en el aspecto de la posible continuidad de la vida”.

En La Muerte entre los mexicas, el arqueólogo incluye una relación de los paralelismos entre La Divina Comedia, del italiano Dante Alighieri (1307 d.C.), y la ideología de dicha cultura prehispánica; “en la obra literaria se habla de la existencia de nueve infiernos, de igual forma los mexicas creían que había nueve casas o habitaciones que había que recorrer para llegar hasta el Mictlan o inframundo”.

Así también, los mexicas pensaban que los difuntos, ayudados por un perro, tenían que cruzar el río llamado Chiconahuapan; y creían, además, que una de las casas para llegar al Mictlan era fría, con vientos fuertes que levantaban piedras y navajas, por lo cual era llamada  Itzehecayan o  “viento frío de navajas”.

En este sentido, el texto de Alighieri habla de la necesidad de cruzar un río al morir;  también narra la existencia de un perro llamado Cancerbero que atormenta a las almas, así de un infierno de hielos y sombras.

Comentó que otra de las importantes coincidencias entre diversas culturas del mundo antiguo y las culturas prehispánicas, es la relativa a la creación de dioses por parte de la humanidad. En este sentido, cito los ejemplos más destacados de las culturas romana, egipcia y mexica: Jesucristo, Osiris y Quetzalcóatl, respectivamente. “Cada uno de ellos poseyó características divinas, pero a su vez convivieron con los mortales, murieron, descendieron al inframundo y resucitaron de alguna forma”, concluyó Eduardo Matos.

La muerte entre los mexicas, publicado por Tusquets Editores, se divide en cinco capítulos: De hombres, héroes y dioses; La dualidad vida-muerte; La concepción del universo y el cuerpo humano; La muerte de los hombres y Los diablos andan sueltos.

Fuente: (INAH)

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