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Inolvidables - January 10, 2011

Andrés Henestrosa no perdió nunca el ritmo alegre y el tono colorido lleno de afluentes y retruécanos de su lengua natal: el zapoteco

horizonte y sin dejar de ser aquel que descalzo anduvo en su niñez”, escribió el escritor Andrés Henestrosa (30 de noviembre de 1906-10 de enero de 2008), el hombre que hasta los 15 años sólo habló zapoteco y, después de muchos trabajos, aprendió español y con el tiempo se convirtió en poeta, narrador, ensayista, orador, escritor, político e historiador. Una de sus grandes contribuciones fue la fonetización del idioma zapoteco y su transcripción al alfabeto latino.

Rodeado de iguanas verdes, conejos y cocodrilos, bajo la generosa sombra de los pochotes, al amparo del Río Ostuta y pleno de mujeres vestidas de flores, nació Andrés Henestrosa, en Ixhuatán, el 30 de noviembre de 1906. La exuberancia natural, la mezcla de sangre blanca, negra, zapoteca y huave en su familia, el carácter dilatado y noble, su disposición a la escucha y observación, seguramente contribuyeron a que el niño Andrés atesorara en la memoria pasajes de un sitio mágico, vivo en la tradición oral de su tierra.

Andrés Henestrosa vivió hasta los seis años en Ixhuatán, estudió la primaria en Juchitán y, ya adolescente, emigró a la Ciudad de México para conocer al secretario de Educación Pública, el también oaxaqueño José Vasconcelos. El joven Andrés, a través de un intérprete, le pidió a Vasconcelos una beca para estudiar en la Normal Superior de Maestros, donde aprendió español con especial entusiasmo.

Ingresó a la Escuela Nacional Preparatoria y cursó sin concluir la licenciatura en derecho en la Escuela Nacional de Jurisprudencia. Al mismo tiempo fue alumno de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional.

El filósofo Antonio Caso –figura central de la llamada Generación de 1910–, en 1927 propuso al joven Henestrosa escribir los mitos, leyendas y fábulas que solía contar oralmente. Dos años más tarde sería publicado por primera vez el libro Los hombres que dispersó la danza, donde Henestrosa retoma y recrea tradiciones orales, en favor de una prosa eficaz que fluye con la frescura y cadencia musical de su idioma materno.

En Los hombres que dispersó la danza (1929) se exalta el pasado indígena que se afianza en el presente a partir de la defensa de una cosmovisión a la vez liberal e íntimamente espiritual, los fundamentos del nacionalismo mexicano.

En 1929 participó activamente en la campaña de José Vasconcelos por la Presidencia de la República que, aunque, fracasó políticamente dejó su impronta en la reconstrucción nacional mediante instituciones educativas de gran prestigio, como la Secretaria de Educación Pública y la Universidad Nacional Autónoma de México.

Interesado en la difusión y promoción de escritores mexicanos, así como del fomento cultural y educativo, Henestrosa canalizó esta inquietud en dos revistas que él mismo dirigió. La primera fue El libro y el pueblo, título de evidente perfil vasconcelista; y la segunda, ya como jefe del Departamento de Literatura y Editorial del Instituto Nacional de Bellas Artes, titulada Las Letras Patrias. En el número uno de esta revista, correspondiente a enero-marzo de 1954, se puede leer en el proemio “Las Letras Patrias… aspira a servir con dignidad a la cultura de México… tomado del título que don Manuel Sánchez Mármol aplicó con exclusividad a la literatura mexicana del siglo XIX y que Alfonso Reyes hizo extensiva a la historia total de nuestras letras”.

En 1936, la Fundación Guggenheim lo becó para realizar un estudio sobre la cultura zapoteca en América. Para cumplir su cometido Henestrosa vivió cortas temporadas en Berkeley, California; Chicago, Illinois; Nueva Orleans; Louisiana; Nueva York, y otros lugares, dedicándose a la investigación en archivos y bibliotecas.

Como resultado de la investigación Henestrosa logró fonetizar el idioma zapoteco, preparó el alfabeto y un breve diccionario zapoteca-castellano, en el que dicho alfabeto se puso en práctica.

En Nueva Orleans, en 1937, escribió el Retrato de mi madre, que junto con la Visión de Anáhuac, de Alfonso Reyes, y Canek, de Ermilo Abreu Gómez, es la obra mexicana más veces editada.

Periodista, divulgador

Andrés Henestrosa estaba convencido del poder que tenía la palabra para motivar cambios profundos en las personas. Infatigable lector, practicó el periodismo cultural y político con ahínco, desarrollando dicha labor por más de 50 años en diversos diarios de circulación nacional, como El Nacional, Excélsior, El Universal, Novedades y El Día, entre otros.

Escribió la columna “Pretextos” en la Revista de la Universidad de México y “Alacena de minucias” en El Nacional, luego en el suplemento cultural Sábado del periódico unomásuno, con la sección “La flor en el erial”. También colaboró en la Sección de Cultura de El Universal, en Hoy, Época, Revista de la Cámara de Comercio, Revista de América, Aspectos, Casa del Tiempo, de la Universidad Autónoma Metropolitana, y en Notimex. También se desempeñó como director de la revista Mar Abierto y De Ambos Mundos (1985-1992). En 1970 apareció el libro Alacena de alacenas, colección de artículos publicados cada domingo en el periódico El Nacional de 1951 a 1970. Mucha de su obra literaria se encuentra dispersa en periódicos y revistas, en espera de ser compilada y seleccionada.

Fiel a su primera formación, Henestrosa tampoco desdeñó la enseñanza literaria: Fue profesor de literatura mexicana e hispanoamericana en la Escuela Normal Superior, en la Escuela Nacional Preparatoria y la UNAM.

Como servidor público en el área cultural, Henestrosa fue jefe del Departamento de Literatura y Editorial (lo que actualmente es la Coordinación Nacional de la Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes), de 1952 a 1956; fue jefe de prensa del Senado de la República y subdirector de la Biblioteca del Congreso; como político fue diputado federal (1958 y 1964-67) y senador de la República (1982-1988).

Pero su oficio mayor es el de la palabra escrita, a la que dedicó noches y noches de insomnio hasta dejar páginas inolvidables en libros como Los hombres que dispersó la danza (1929); Retrato de mi madre (1940); Los cuatro abuelos (Carta a Griselda Álvarez) (1960); Sobre mí (carta a Alejandro Finisterre) (1936); Una confidencia a media voz (carta a Estela Shapiro) (1973), y Carta a Cibeles (1982). Estas cuatro cartas autobiográficas han sido reunidas en un volumen bajo el título de El remoto y cercano ayer.

En 1972, bajo el título de Obra completa, apareció en un volumen todo cuanto hasta entonces había publicado Henestrosa, y posteriormente publicó De Ixhuatán, mi tierra, a Jerusalén, tierra del Señor (1976) y El maíz, riqueza del pobre (1981).

En el campo del ensayo publicó Los hispanismos en el idioma zapoteco, que fue su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, en 1964; Acerca del poeta y su mundo, respuesta al discurso de ingreso de Alí Chumacero al mismo organismo (1965), De México y España, colección de artículos, ensayos y cartas (1974), y Espuma y flor de corridos mexicanos (1977). Prolífico autor, escribió el prólogo de más de 40 obras de autores mexicanos y extranjeros.

Del libro Los hombres que dispersó la danza y algunos recuerdos, andanzas y divagaciones, ha sido editado por el Fondo de Cultura Económica en (primera edición 1992, reimpresión 2006). También en esta casa editorial se consigue Los caminos de Juárez (primera edición en 1985, reimpresión 2010).

El maestro Henestrosa recibió en vida las distinciones, tales como el Premio Nacional de Periodismo de México (1983); la Presea Ciudad de México (1990); Premio Internacional Alfonso Reyes (1991) y la Medalla Ignacio Manuel Altamirano, de la Secretaría de Educación Pública (1992). También el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el campo de Lingüística y Literatura (1994) y la Medalla de Oro del Instituto Nacional de Bellas Artes (2002).

En su honor han sido instauradas la Medalla Andrés Henestrosa, de Escritores Oaxaqueños A.C. (1992) y la Medalla de la Comisión del Deporte Andrés Henestrosa. Con motivo de sus 100 años de vida, recibió el doctorado Honoris Causa por parte de la Universidad Autónoma Metropolitana (2007).

Autorretrato

De prosa ágil y directa, Henestrosa no perdió nunca el ritmo alegre y el tono colorido, lleno de afluentes y retruécanos de su lengua natal: el zapoteco. En una charla de 1961, en el Palacio de Bellas Artes, recordó que llegó a la Ciudad de México a fines de 1922. “Llegué aquí el 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes. Yo he dicho que no salí de mi tierra, sino que fui arrancado, pero que algunas de mis raíces se quedaron allá…”.

En una semblanza que escribió en tercer persona, ironizó: “Fue mozo de cuerda, empleado de mostrador, escribiente de juzgado, secretario de enamorados, de enamoradas, quizá fue mejor decirlo. Y a sus horas corre-ve-i-dile, tercerón, por no decir alcahuete; o corre chepe, como en el precario español que habló cuando niño se le dice. A los 12 años administró una casa de asignación. Cantor y tocador de guitarra en los fandangos; bravo improvisador cuando se agotaban las coplas que aprendió con sólo oírlas una vez…”

Henestrosa gustaba de fatigar las calles del Centro de la ciudad. Perdiéndose, para encontrarse, en las librería de viejo y los cafés. Pero sus libros delatan su otra querencia, la de su tierra natal, la madre nutricia, la que lo vio nacer.

Las aportaciones de Henestrosa pueden apreciarse indudablemente en términos literarios y lingüísticos, así como en su basto legado bibliográfico. Pero quizá su aportación más grande fue provocar que lingüistas, literatos, sociólogos y antropólogos se acerquen a la cultura zapoteca.

Henestrosa falleció la tarde del jueves 10 de enero de 2008, a la edad de 101 años en la Ciudad de México. Le sobreviven su hija Cibeles Henestrosa, y sus nietos Andrés Webster Henestrosa, Edemnida y Cérida. Su esposa Alfa Ríos Pineda falleció en 1995.

Amante de los libros

“Soy los libros que he leído” se puede leer en la fachada de la Biblioteca Henestrosa, en la ciudad de Oaxaca, que fue inaugurada el 30 de noviembre de 2003, para celebrar el cumpleaños 97 del escritor, con el apoyo de la Fundación Harp Helú.

Historia, literatura, estudios de lenguas indígenas, arquitectura, arte, urbanismo, arqueología, textos de carácter antropológico, más de 40 mil volúmenes integró Henestrosa en su biblioteca con la firme intención de legar su mundo al país que lo hizo universal. Hoy, la Biblioteca Andrés Henestrosa cuenta con más de 60 mil volúmenes.

En 2003, se emprendió la restauración de una bella construcción civil del siglo XVIII, facilitada por el H. Ayuntamiento de la Ciudad de Oaxaca de Juárez para crear la Biblioteca Andrés Henestrosa (Porfirio Díaz 115, esquina con Morelos, Oaxaca de Juárez, Oaxaca).

En el recinto se hallan ediciones destacadas de Miguel de Cervantes, José Vasconcelos, Rabindranath Tagore, Federico Nietzsche,  Antonio Caso, Alfonso Reyes, Esquilo, Jules Renard, León Tolstoi, Hans Christian Andersen, Leopoldo Lugones, Justo Sierra, Gabriel D´Annunzio, Sor Juana Inés de la Cruz, y los poetas de Contemporáneos.
JLB

Fuente: (CONACULTA)

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