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Entrevistas - January 8, 2011

Evocación de Ricardo Pérez Escamilla, “coleccionista de amigos”, del investigador Óscar G. Chávez

arte mexicano, Pérez Escamilla es poco conocido por el lector común, quien no sabe que don Ricardo había formado una importantísima biblioteca, la cual tenía abierta a la consulta de los interesados en su domicilio de la colonia Tabacalera, en la ex Ciudad de los Palacios, o que una sala del MUNAL (Museo Nacional de Arte) lleva su nombre.

También Ricardo Pérez Escamilla era una gran persona y excelente amigo, como lo podrían confirmar muchos escritores, investigadores y artistas. Tal como ha hecho en su blog (http://miguelangelmoralex-bitacora.blogspot.com/) el escritor y pintor Miguel Ángel Morales, a quien debemos libros sobre cómicos de México y reveladoras investigaciones sobre muchos aspectos poco estudiados de la vida en México a finales del siglo XIX y principios del XX, publicadas sobre todo en diarios. “Ojalá las autoridades de la ciudad le hicieran a Pérez Escamilla un museo, donde se recopilaran todas sus colecciones y la que prestó al Museo Nacional de Arte…”, dice ahí Miguel Ángel, también buen amigo. Dada la importancia de Pérez Escamilla, en esta serie le rendimos un homenaje sencillo, pero necesario, qué duda cabe.

Así, recientemente hablé con un amigo potosino, Óscar G. Chávez, amigo a su vez de don Ricardo, y surgió la posibilidad de rememorar algunas anécdotas que pudieran dar una idea, aunque mínima y necesariamente fragmentaria, de la grandeza de espíritu y bonhomía de Pérez Escamilla. Óscar, también amable y sencillo, estudió filosofía e historia, es bibliófilo y coleccionista de arte mexicano. En sus trabajos de investigación se ha ocupado del libro antiguo y el grabado mexicano, así como del estudio genealógico de familias de elite mexicanas.

Actualmente, se dedica a realizar una investigación sobre genealogías potosinas, con dos libros en prensa sobre este tema. Además, artículos suyos han aparecido en las revistas de divulgación regional “Sofía”, “Tierra Adentro”, “Ventana Interior”, “La Corriente”, y en las “Memorias de la Academia Mexicana de Genealogía y Heráldica”. He aquí la conversación sostenida con este joven y generoso investigador.

Óscar, cuéntame, por favor, ¿cómo conociste a don Ricardo, cómo se dio tu primer encuentro con este gran personaje de la cultura mexicana?

Fue en 2003, gracias a un amigo común, el maestro Enrique Franco Calvo, quien fuera subdirector del Museo de Arte Moderno en tiempos de Teresa del Conde y lo invitó a San Luis Potosí a que diera una charla sobre símbolos patrios. En esa ocasión tuvimos oportunidad de conocer a Ricardo otras personas que llevamos amistad con él.

¿Cómo se fue alimentando, cultivando, esa amistad?

Este grupo de personas que conocimos y entablamos una gran amistad con Ricardo fueron, aparte de mí, doña Ysabel F. Galán, en ese tiempo directora de la Casa del Museo Francisco Cossío, nuestro amigo Fernando del Castillo y el arquitecto Marco Antonio Garfias. He de decirte que siento que nosotros no escogimos a Ricardo, sino que él fue quien nos escogió. Me preguntas que cómo se fue alimentando la amistad, te diré que en la mayoría de las ocasiones era Ricardo el que buscaba fomentarla con invitaciones a comer a su casa, a ver libros, a recorrer La Lagunilla y la Plaza del Ángel, a ir al cine, a ver alguna exposición importante, en fin, y siempre que él sabía que teníamos una ida a la ciudad de México aprovechaba para invitarnos. Luego él venía a San Luis y pasaba aquí algunas temporadas con nosotros. Como todo buen coleccionista (que ante todo es un conocedor), Ricardo se convirtió en un coleccionista de amigos. Siempre eran maravillosas sus llamadas semanales, una en lunes o en martes, para desearte buen inicio de semana y recomendarte alguna cartelera cultural.

¿Cómo fue cambiando tu perspectiva acerca de este gran hombre y personaje con el paso del tiempo y del trato amistoso?

Nunca hubo cambio de apreciación, siempre lo percibí como un estudioso del arte mexicano. Ricardo, desde el primer momento, se mostraba cómo era, nunca tuvo dobles facetas. En cuanto a lo amistoso, es evidente que conforme tratas a la persona aumenta la confianza, y bueno, llegamos a llevarnos fuerte. Él decía que yo sólo iba a México a chingarlo, a fastidiarlo, pues. Decía que yo era insoportable, pero que por eso me quería.

Respecto de las comidas, idas al cine o a exposiciones, en este sentido, ¿qué aprendizaje te dejó su trato, qué puedes decir que le aprendiste a Pérez Escamilla?

Lo mismo a conocer una buena antigüedad a partir del ojo especializado por la práctica que a saber tratar a vendedores –y estafadores– que pretendían venderle algo; a hacer buenos negocios a partir de alguna obra de arte; a disfrutar un paseo por el campo, una exposición o una película, o a sumergirnos horas enteras en las librerías de viejo de algún lugar a donde íbamos, a conocer sobre artesanías mexicanas, a disfrutar una buena comida en su casa, en algún buen restaurante o incluso en una fonda que está por la estación del metro Sevilla, donde le fascinaba el durito en salsa verde. Pero creo que, sobre todo, nos enseñó a muchos el valor de la amistad y las relaciones humanas.

¿Alguna anécdota que puedas compartirnos de Ricardo y que lo dibuje, si no de cuerpo entero, sí cabalmente?

Todo el trato con Ricardo estaba lleno de anécdotas, quizá no podría pensar alguna en particular, pero su agilidad mental para responder, para hacer bromas, su sarcasmo y su ironía eran magistrales. Pero, mira, recuerdo, por ejemplo, cuando murió Mariano Fuentes (uno de los espeleólogos de la UNAM que fallecieron atrapados en Puebla), hijo de Enrique Fuentes, el propietario de la Librería Madero, siempre dio muestras de tristeza y preocupación por la suerte de Mariano, y de la misma manera se solidarizó con Enrique Fuentes. Cuando Guillermo Tovar y de Teresa estuvo encerrado en su casa a consecuencia de una desafortunada intervención ortopédica en una pierna (que, por cierto, casi pierde), Ricardo constantemente le hablaba por teléfono a su casa en la calle de Valladolid para tratar de animarlo e invitarlo a salir al campo para ver vacas y reanimarse. Las reuniones que organizaba en su casa, adonde concurrían Monsiváis, Elena Poniatowska, Naranjo… Eran verdaderos duelos de ocurrencias. Cuando fue la campaña de Andrés Manuel, a Naranjo se le ocurrió decir: “Es que entiendan, Andrés Manuel no quiere gobernar a México, quiere cambiar a México”. Ricardo se le quedó viendo y espontáneamente le dijo: “¡No seas mamón!”. Todos soltamos la carcajada. En otra ocasión, iba con Roberto Hernández y lo jala del brazo y le dice: “Mira, Roberto, vamos a ver vinos”. Se meten a una vinatería del Centro y Roberto no hace mucho caso. Ricardo añade: “Cómprate un buen vino y disfrútalo”. Roberto constesta: “No, por ahora no”. Ricardo le dice: “Ándale, Roberto, cómprate algo. Si tus problemas son económicos, yo te los resuelvo”. Obviamente, los guaruras de Roberto Hernández aguantaron la risa. Ah, mira, ésta es buenísima: en una ocasión me invitó a La Lagunilla, llegué a su casa y me dijo: “Quiero que nos hagas favor de acompañarnos a Monsiváis y a mí”. Pero antes tomó un periódico yucateco llamado “El Bule” y se lo puso bajo la chaqueta. Salimos de su casa en su inolvidable Buick negro, llegamos a La Lagunilla, revisamos cosas, llegamos a un montón de libros nada acomodados y más bien regados por el suelo como un montón de grava. Monsiváis lo vio por encima y no revisó nada. Ricardo le dijo: “Ya te alcanzo”, y se entretuvo bromeando con el vendedor, luego alcanzó a Monsiváis y, antes de abordarlo, sacó de debajo de su chaqueta el periódico encuadernado: “Mira, Carlos, lo que compré”. Monsiváis se puso como loco y le dijo: “Llevo años buscándolo, y se me fue ahorita de las manos”. Después de un rato le dijo Ricardo: “Lo saqué de mi biblioteca”. Monsiváis sólo lo vio y masculló: “¡Eres un hijo de la chingada!”. Sobre su biblioteca te puedo decir que fue una constante y permanente adquisición de libros selectos, lo mismo en librerías especializadas que en los tianguis callejeros, en La Lagunilla con proveedores como los López Casillas o Enrique Fuentes. Como él decía: “Es una biblioteca que se ha formado contra todo, con poco presupuesto y mucho trabajo. Podrá haber muchas bibliotecas de mayor cantidad de volúmenes, pero ninguna especializada, como la mía, en arte mexicano”.

Óscar, ¿en qué se podría advertir influencia de Pérez Escamilla en ti, en tu trabajo?

Es algo que no te podría contestar de momento, pero en una ocasión estaba yo en la Librería Madero y me dice el magistral Enrique Fuentes: “Oiga, señor Chávez, que bueno que ya lleva su lote de libros, pero no ha visto aquello que le tengo reservado”. Entonces me muestra una reproducción de una pintura mural prehispánica existente en la huasteca potosina, encuadernada primorosamente y en un ejemplar numerado y dedicado a Salvador Novo. Volteé y me le quedé viendo, le pregunté el precio, me lo dijo, di la media vuelta y levanté los hombros como diciendo no me interesa. Fuentes se me queda viendo y suelta la carcajada: “Igualito a Pérez Escamilla”. Por otro lado, debo decirte que como estudioso que soy de los libros mexicanos, la influencia de Ricardo fue notoria, comencé a ver cosas que antes no veía, como ilustraciones, encuadernaciones y no ver el libro como sólo una fuente de información bibliográfica o histórica, sino a verlo también como arte objeto. De la misma manera aprendí sobre grabado y litografía, en lo que él era el mejor conocedor de México. Así, pronto mi biblioteca comenzó a verse saturada de ediciones que no se relacionan para nada con mis áreas de interés, que son la genealogía y la historia, sino también con ediciones bellamente encuadernadas, libros de arte y obras sobre artistas mexicanos. Comencé a profundizar en lo que me consideraba conocedor, que era el grabado y la litografía, sin embargo, junto a Ricardo veía que no sabía nada.

Imagina un escenario: eres un investigador de arte, vas a la biblioteca de don Ricardo, sin ser amigos ni conocerlo personalmente, ¿qué te hubiera deslumbrado de ese lugar, qué no olvidarías nunca? Claro, desde tu punto de vista actual, tus gustos, intereses, etcétera, pero sin el trato previo, sin prejuicios, pues.

Claro que me hubiera impresionado, pero no sólo la biblioteca, era el entorno en sí. Te prestaba el libro que buscabas, te sentabas en la mesa de trabajo y tenías al frente lo mismo un Diego Rivera que un doctor Atl o un González Serrano y a tu lado una escultura estofada del siglo XVIII y escuchabas constantemente a Lolita, su secretaria, diciéndole: “Licenciado, le habla Sari Bermúdez, que le quiere pedir un favor”, “Licenciado, le llaman de parte del señor Slim”, “Licenciado, que sobre los Frida que usted seleccionó para el Banco de México…”. Entonces efectivamente te impresionaba, pero no sólo la biblioteca, sino el entorno total del personaje.

¿Te hizo algún regalo u obsequio que aún guardas?

Sí, libros, una litografía de O’Higgins, antigüedades, chácharas de ocurrencia. Pero, desde luego, el mejor obsequio fue su amistad.

Óscar, ¿sabías cuáles eran las preferencias de don Ricardo, sus gustos? Claro, de un modo general, pues como coleccionista y experto sin duda le gustaban muchas cosas, pero algo que tú supieras…

González Serrano, poseía la mejor colección del artista y, obviamente, grabado y litografía mexicanos. En bebidas, te puedo decir que disfrutaba enormemente el anís de Chinchón y ginebra, la música mexicana y, mira, sobre todo, era un descubridor y animador de jóvenes talentos.

¿Musicales?

No, artistas plásticos; pintores, grabadores, investigadores de arte…

¿Deseas agregar algo respecto de don Ricardo?

No, por el momento.

Muchas gracias, Óscar.

Gracias a ti.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

Foto: Ricardo Pérez Escamilla, un personaje fundamental de la cultura mexicana contemporánea.
Cortesía: Óscar G. Chávez.

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