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Inolvidables - December 28, 2010

Francisco Zúñiga supo retratar en la escultura la dignidad del indígena mexicano

una temática indigenista, y la recreación de formas prehispánicas.

Aprendió el oficio en el taller de su padre, Manuel Zúñiga Rodríguez, autor de imágenes religiosas y continuador de una tradición familiar de tallistas y escultores. Su madre se llamó María Chavarría.

En 1927 se matriculó en la Escuela de Bellas Artes de su ciudad natal, donde recibió lecciones de dibujo por poco tiempo. En el periodo 1928-1934 trabajó como ayudante en el taller familiar de escultura religiosa. En 1935 ganó el primer premio del Salón de Escultura en Costa Rica, con una imponente escultura en piedra que denominó La maternidad.

Viajó a México, vía Guatemala, en 1936, situando su residencia en la capital del país. Estudió diseño con el pintor Manuel Rodríguez Lozano y escultura con Oliverio Martínez, con quien colaboró para realizar los innovadores grupos escultóricos del monumento a la Revolución Mexicana. En 1938, fue nombrado profesor la escuela de Escultura y Talla Directa “La Esmeralda”, dirigida por Guillermo Ruiz, su fundador.

Ya en México se interesa por la escuela internacional de Barlach, Rodin, Maillol, Brancusi y Giacometti, así como el arte sólido de Henry Moore. En 1943 participó en la organización del Taller Libre de Escultura, junto a los pintores Pedro Coronel, Alberto de la Vega y Manuel Felguérez.

En 1946 se independiza y comienza los encargos oficiales con el monumento conmemorativo de la presa de Valsequillo, en Puebla. En 1947 se casa con la entonces estudiante de arte Elena Laborde y en 1950 forma parte del Grupo de Integración de Artes Plásticas, con el que realiza escultura integrada en arquitectura: fuente con altorrelieves La riqueza del mar (Veracruz).

En 1954 realizó, en talla directa, los relieves en el edificio de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes.

Al organizarse en 1957 el Centro Superior de Artes Aplicadas y Artesanías es designado jefe de su taller de escultura monumental y talla en piedra; un año más tarde recibe el Primer Premio de Escultura por el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). En 1970 deja la dirección de la Escuela Nacional de Pintura y Escultura. En 1972 durante su estancia en San Francisco (Estados Unidos) empieza a trabajar con la litografía, con la que pretende desarrollar ideas que no eran posibles en la escultura: La Juchiteca (1972), Madre e hija (1974), Mujer con canasto (1978), Niñas con panes (1980).

Su estilo personal quedó configurado a partir de 1966 y se caracteriza por la representación de recios y orgullosos personajes indígenas, sobre todo femeninos: Elena sentada (1966), Evelia sentada (1970), Juchiteca sentada y un canasto (1973), Yalalteca (1975), Tres generaciones (1985), Orate (1987); en ellas utiliza como materiales el bronce, la madera, la piedra, el mármol o el ónix.

El arquitecto jalisciense Fernando González Gortázar nombra a  Zúñiga como uno de los cien mexicanos más notables del siglo XX,  mientras que la Enciclopedia Británica le llama “quizás el mejor escultor” de la política mexicana de estilo moderno.

Las obras de Zúñiga se han expuesto ampliamente, tiene muestras en Los Ángeles, San Salvador, San Francisco, Washington DC, Estocolmo y Toronto. Entre los museos que poseen sus obras en sus colecciones permanentes están el San Diego Museum of Art, el Metropolitan Museum of Art, el Museo de Arte Moderno de Nueva York, el Museo de Arte Moderno de México, el Phoenix Art Museum en Arizona, el Museo de Arte de Ponce en Puerto Rico y el Hirshhorn Museum de Washington DC.

También trabajó la litografía desde 1973. En 1987 fue nombrado académico de número de la Academia de Artes de México; en 1990 perdió la vista pero continuó trabajando en terracota en su estudio personal. En 1992 recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes, en el ramo de Bellas Artes. En 1993, se retiró y en 1994  se presentó en una exhibición de su obra en el Palacio de Bellas Artes.

La representación de los indígenas

Fuertemente influido por la pintura de Diego Rivera, pero también por los volúmenes de Henry Moore, el escultor Francisco Zúñiga se destacó por darle dignidad a la representación del indígena mexicano. Más allá de una idea decorativa, sus sólidas esculturas y dibujos de mujeres indígenas, adquieren la contundencia de un volcán o una pirámide.

En México, recuerda la crítica Raquel Tibol, a Zúñiga se le abrieron las puertas de la oportunidad, al fallecer su mentor Oliverio Martínez, a quien se le habían comisionado varias obras, entre ellas las del Monumento a la Revolución en la Ciudad de México, que Zúñiga concluye para, a partir de allí, ver su fama crecer.

Desde los años cuarenta, sus pinturas habían sido adquiridas por el Museo de Arte Moderno de Nueva York, lo que facilitó su internacionalización. Para la década de los años 50 del siglo pasado, cuando Carlos Lazo decidió darle un sentido integral al nuevo edificio de la Secretaria de Comunicaciones, le comisionó a Zúñiga hacer  un conjunto escultórico. Zúñiga decidió crear una alegoría de las comunicaciones, de la vida y del arte, llamada La tierra y las comunicaciones. Las esculturas miden más de tres metros en relieve de piedra chiluca y abarcan 200 metros cuadrados.

En diversos estudios y análisis, a Francisco Zúñiga se le considera como uno de los escultores más completos del siglo XX, por la calidad con la que trataba todo tipo de materiales y por realizar piezas de gran complejidad.

A la muerte del escultor,  la crítica Tibol señaló que “hay que  tomar en cuenta que Zúñiga fue de los pocos escultores mexicanos de los últimos 50 años que conocía el oficio de la A a la Z. No hacía figuras, que han sido muchas veces tan corrientemente imitadas, sino tallas de mármol muy finas en las que supo sintetizar con gran lirismo el desnudo femenino, por ejemplo”.

Agregó que el artista “fue un maestro que supo inspirar a escultores de las generaciones siguientes, como Pedro Coronel, Armando Ortega y de muchos otros, porque enseñó mientras estuvo activo. Ya retirado y ciego, siguió modelando en arcilla; porque había perdido lo principal para un artista plástico, que es el sentido de la vista, además del vigor físico, porque sí tallaba; al contrario de otros escultores que dan a tallar”.

Zúñiga –concluyó Tibol– supo respetar ese estilo austero que a la vez marcó estilo. La síntesis verdaderamente insólita para su tiempo dentro de la corriente mexicanista o nacionalista y simbólica. La obra de Francisco Zúñiga, escultor monumental, escultor sensible, supo retratar un tipo de figura de mujer que reúne tanto el dolor ancestral de la marginación como la herencia de una cultura superior.

En su libro titulado Zúñiga. La abstracción sensible, Marcel Paquet anota: “En todas las obras Zúñiga hay de lo mismo que se afirma y se expresa en las distancias conjuntantes, como el ejemplo de lo que ocurre en las Juchitecas en conversación, que lejos de separar las figuras unas de otras, por el contrario, las ligan, las instalan en su diálogo. Aun cuando ningún sonido sale de sus bocas, aun cuando sus gestos están en suspenso, las mujeres están las unas y las otras con las unas y las otras; están unidas por el vacío, por ausencia de obra, por aquello en lo cual se es necesariamente abstracto, separado: lo sensible en tanto que sensible. Es en ese sentido que la obra de Zúñiga pertenece sin duda a la abstracción sensible”.

El maestro Francisco Zúñiga falleció en la ciudad de México, el 9 de agosto de 1998.
JLB
Fuente: (CONACULTA)

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