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Libros - November 23, 2010

“A un paso del infierno”, libro del eminente criminólogo mexicano Juan Pablo de Tavira y Noriega

superar a la fantasía” (Editorial Diana, México, 1988), de Juan Pablo de Tavira, eminente criminólogo mexicano. Tras ojear algunas páginas, ese interés aumentó y decidí colocarlo en el librero de mis lecturas próximas. Hace unos días pude concluirlo.

Quizás pareciera extraño incluir un título de tal naturaleza en esta serie, pero ¿acaso obra y hombre como los que ahora me ocupan no merecen ser recordados en esta celebración bicentenaria de México como nación moderna? Asimismo, otros como Raúl F. Cárdenas, Alfonso Quiroz Cuarón, Sergio García Ramírez, Antonio Sánchez Galindo, Javier Piña y Palacios… Después de la lectura del susodicho libro, para mí la respuesta fue afirmativa, incluso casi perentoria. Además, de manera casual, se cumplen diez años de la muerte del doctor De Tavira. Por tanto, había suficientes razones para incluirlo aquí.

Vale la pena recordar la trayectoria profesional del abogado mexicano, que cito de la misma fuente: “… nació en la ciudad de México en 1945. Se recibió de abogado en la Escuela Libre de Derecho. En 1975 viajó a España, donde cursó la maestría en criminología en el Instituto de Criminología de Madrid. Cursó enseguida el doctorado en derecho, con especialidad en derecho penal, en la Universidad Complutense de Madrid, presentando la tesis ‘Sociología Criminal Mexicana’, calificada de sobresaliente. En 1977 regresó a México, donde se inició como criminólogo en el entonces recién inaugurado Reclusorio Preventivo Oriente, donde poco después fue ascendido a subdirector técnico. En noviembre de ese año fue designado director general del Instituto de Formación Profesional de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, estableciendo en 1978 la maestría en criminología. En 1982 obtuvo por oposición la cátedra de criminología en la UNAM. Durante esos años escribió diversas obras y ensayos sobre temas penitenciarios y criminológicos. Colaboró, además, con el licenciado Agustín Alanís Fuentes en la campaña de humanización de la justicia en toda la República. En 1983 se le nombró director del Reclusorio Preventivo Sur, siendo designado en ese mismo año director técnico y de readaptación social de la Dirección General de Reclusorios del Distrito Federal. En agosto de 1984 se le designó director de la Penitenciaría del Distrito Federal. En septiembre de 1986 se hizo cargo de nueva cuenta del Reclusorio Preventivo Oriente. Y en enero de 1987 se le nombró, por segunda ocasión, director técnico y de readaptación social de los reclusorios del Distrito Federal. Fue fundador del Colegio Mexicano de Criminología, del que es Presidente Honorario Vitalicio. Profesor de derecho penitenciario y criminología en la UNAM. Es, a no dudar, uno de los profesionales mexicanos con mayor experiencia en materia penal, penitenciaria y criminológica”.

Esto, hay que repetirlo, hasta octubre de 1988, cuando el doctor De Tavira tenía 43 años de edad. Por un lado, es evidente la sólida preparación académica y el veloz desarrollo posterior de una carrera profesional; por otro, faltan 12 años en esta breve semblanza. En síntesis, también habla de un hombre estudioso, trabajador y entregado a su vocación, que ineluctable e injustamente lo llevó a la muerte prematura, pues fue asesinado el 21 de noviembre de 2000 en Hidalgo.

Ahora bien, todo esto y más aún reluce en “A un paso del infierno”, obra singular y bien escrita que se publicitaba de la siguiente forma en la contraportada: “Documento irrecusable, escrito por uno de los más activos protagonistas de la reforma penitenciaria en nuestro país […], por sus páginas desfila una serie espectacular de casos verídicos, representativos de la trágica vida del presidio, desde el relato de uno de los acaudalados zares del narcotráfico internacional, hasta la pintoresca narración de la existencia del rey de los erizos, es decir, los reclusos más desposeídos, pasando por diversas historias apasionadamente humanas. En lenguaje directo y de eficacia excepcional, este volumen –comprobación de que la realidad suele superar a la fantasía– lo cautivará, lo asombrará y seguramente lo indignará, despertando en su espíritu un magnífico impulso de solidaridad humana”.

En realidad, este texto no está lejos de la verdad ni peca de hiperbólico, como otros situados en esa parte o en las solapas de los libros. El libro abre con la semblanza transcrita, seguida de “Nota introductoria”, un prólogo de Raúl F. Cárdenas, unos apartados titulados “Mi vida en los presidios”, “El Wama: carne de presidio”, “Juan R. ‘El soldado’: la violencia en la prisión”, “Juan Camaney: el rey de los erizos”, “Carlos Kiriakides: de Las Vegas a Lecumberri”, “Gil Cárdenas: el vigilante implacable” y “Alaska: a la cárcel por un amor”, y concluye con un “Epílogo”.

En la mayoría de ellos, De Tavira y Noriega revela un alto humanismo y un profundo conocimiento del medio en que se desenvolvía y de la naturaleza humana. Así, en la “Nota…” señala: “De una cruzada casi quijotesca hemos obtenido un aprendizaje que como eco resuena en los pasillos de los edificios, que nos sorprende incluso con los rayos del sol. De esas voces queda un registro, una historia que pugna por ser contada en alto, con el orgullo que debería caracterizar a todos los funcionarios y directores de los diversos penales que ha tenido esta ciudad, que quizá solamente se ha convertido en historia de humillaciones y golpes a lo más esencial de los seres humanos”.

El “Prólogo” es una interesante síntesis de principios o escuelas jurídico-penalistas y de experiencias de un reconocido penalista mexicano, maestro del mismo De Tavira. Quizás el texto más interesante y revelador del gran compromiso del criminólogo sea “Mi vida en los presidios”, donde comparte de algún modo la suerte de los condenados o presos, pero más allá de esto su valor radica en que es una especie de declaración de principios del eminente jurista, amén de una autobiografía profesional y humana. En ésta refulgen intensamente su humanismo, su integridad, su convicción, su compromiso. Sin dudarlo, su amor al prójimo y la comprensión de los yerros que los llevaron al infierno que son las cárceles mexicanas. Un texto que bien pudo ser un trabajo académico más pero, debido a la pluma y a los conocimientos del doctor en derecho penal, es un híbrido en el que la reflexión y el estudio van de la mano de ejemplos, casos concretos, reales, estremecedores. Quién sabe qué proyectos rondarían la cabeza del doctor De Tavira, pero ahí concluye de esta manera: “Próximo a concluir mi carrera de penitenciarista, digo con infinito desaliento que la cárcel no tiene verdadera solución, siempre será un laberinto de tinieblas. Tal vez un día no habrá más cárceles en el mundo. Ese día, y solamente entonces, el hombre estará verdaderamente cerca de Dios”.

Posteriormente, vienen los casos de personajes legendarios en las prisiones mexicanas –citados en los apartados o capítulos del libro–, ya sea por su impagable condena, por su violencia, por su imposibilidad de convivir en sociedad, por su perversidad, por su encarcelamiento debido a la falta de afecto y atenciones, o la del hombre que se entrega al cumplimiento de su deber casi religiosamente. En todos, el autor cede la voz a los protagonistas y la intercala con sus puntos de vista, con la sabia observación, con la justa posibilidad de mejorar nuestro sistema penitenciario. Incluso da espacio a un recluso para la descripción de los antiguos métodos de robar, que daban pie a los distintos apelativos de los ladrones: “Descuentero”, “Metemano”, “Carterista”, “Dos de bastos”, “Coscorronero”…

Asimismo, hay ecos de la Penitenciaría de Lecumberri, “El Palacio Negro”; de otras ya indicadas en la semblanza, y menciones de las Islas Marías. Pero éste no es un libro más que sólo trata sobre cárceles, carceleros y prisioneros; no, éste es un libro iluminador de un hombre que vivió una realidad que, como sociedad, como país, como personas, tendemos a soslayar, a omitir. Craso error. Las prisiones son parte de la historia de la humanidad, como lo son la bondad y la maldad, y el doctor Juan Pablo de Tavira nos sumerge en esos “laberintos de sombras” mexicanos, de los que, al parecer, él fue una especie de ingenuo redentor y mártir injustamente olvidado.

No está por demás agregar que debiera ser un libro de lectura o consulta indispensable para todos los estudiantes e interesados en el derecho, máxime para los penalistas e investigadores policiacos. Y si tuvieran tiempo para leer, tan ocupados en lograr el bienestar de sus paisanos, para nuestros legisladores. Hay otras obras del autor, que no conozco, pero, como un dato más, quiero añadir que tuve antes el librito titulado “Diez temas criminológicos” (INACIPE, México, 2002) escrito al alimón con Jorge López Vergara, quien ahí dice, respecto de su colega, “… como un homenaje a su memoria, ejemplo de honradez, dedicación absoluta y trayectoria profesional como uno de los grandes penitenciaristas de México…”. Palabras que, con respeto, hago mías.

Es cierto, en “A un paso del infierno” hay historias duras, fuertes, dolorosas; pero también ejemplares, casuísticas, aleccionadoras. Humanas. De esta manera, adquieren su verdadero sentido, cumplen el tácito propósito del doctor De Tavira: mostrar una realidad que sistemáticamente nos negamos a ver, a entender, a cambiar. Quien transita por estas páginas, se impregna del sentido trágico de la vida, pero también de la luz diuturna de la esperanza. Y no dejará de reconocer el valor, honestidad, sinceridad y pasión del autor por sus semejantes privados de su libertad, justa o injustamente. En seguida, la admiración dictará nuestras palabras. Porque por hombres como Juan Pablo de Tavira, por la labor que han desempeñado, México no había caído en la barbarie que hoy asuela gran parte de su territorio. Volver la vista a ellos podría devolvernos al buen camino.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

Foto: La portada del libro es un fragmento del mural “Todos somos culpables”, de Arnold Belkin, destruido por la incuria, la prepotencia y la ignorancia, el cual estaba en la Penitenciaría de Santa Martha Acatitla.
Cortesía: Editorial Diana.

“Mi Bicentenario y Mi Centenario”: “A un paso del infierno”, del doctor Juan Pablo de Tavira y Noriega

Por Gregorio Martínez Moctezuma

Corresponsal Azteca 21

Ciudad de México 22 de noviembre de 2010. Como ocurre con frecuencia a los lectores empedernidos, encontré en la “Librerías Las Américas” –que ya anunció su venta anual de fin de año con todos sus libros a mitad de precio del 9 al 18 de diciembre; consulte catálogo en www.vialibros.net– un libro que me interesó desde su portada oscura y título: “A un paso del infierno. En la prisión, la realidad suele superar a la fantasía” (Editorial Diana, México, 1988), de Juan Pablo de Tavira, eminente criminólogo mexicano. Tras ojear algunas páginas, ese interés aumentó y decidí colocarlo en el librero de mis lecturas próximas. Hace unos días pude concluirlo.

Quizás pareciera extraño incluir un título de tal naturaleza en esta serie, pero ¿acaso obra y hombre como los que ahora me ocupan no merecen ser recordados en esta celebración bicentenaria de México como nación moderna? Asimismo, otros como Raúl F. Cárdenas, Alfonso Quiroz Cuarón, Sergio García Ramírez, Antonio Sánchez Galindo, Javier Piña y Palacios… Después de la lectura del susodicho libro, para mí la respuesta fue afirmativa, incluso casi perentoria. Además, de manera casual, se cumplen diez años de la muerte del doctor De Tavira. Por tanto, había suficientes razones para incluirlo aquí.

Vale la pena recordar la trayectoria profesional del abogado mexicano, que cito de la misma fuente: “… nació en la ciudad de México en 1945. Se recibió de abogado en la Escuela Libre de Derecho. En 1975 viajó a España, donde cursó la maestría en criminología en el Instituto de Criminología de Madrid. Cursó enseguida el doctorado en derecho, con especialidad en derecho penal, en la Universidad Complutense de Madrid, presentando la tesis ‘Sociología Criminal Mexicana’, calificada de sobresaliente. En 1977 regresó a México, donde se inició como criminólogo en el entonces recién inaugurado Reclusorio Preventivo Oriente, donde poco después fue ascendido a subdirector técnico. En noviembre de ese año fue designado director general del Instituto de Formación Profesional de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, estableciendo en 1978 la maestría en criminología. En 1982 obtuvo por oposición la cátedra de criminología en la UNAM. Durante esos años escribió diversas obras y ensayos sobre temas penitenciarios y criminológicos. Colaboró, además, con el licenciado Agustín Alanís Fuentes en la campaña de humanización de la justicia en toda la República. En 1983 se le nombró director del Reclusorio Preventivo Sur, siendo designado en ese mismo año director técnico y de readaptación social de la Dirección General de Reclusorios del Distrito Federal. En agosto de 1984 se le designó director de la Penitenciaría del Distrito Federal. En septiembre de 1986 se hizo cargo de nueva cuenta del Reclusorio Preventivo Oriente. Y en enero de 1987 se le nombró, por segunda ocasión, director técnico y de readaptación social de los reclusorios del Distrito Federal. Fue fundador del Colegio Mexicano de Criminología, del que es Presidente Honorario Vitalicio. Profesor de derecho penitenciario y criminología en la UNAM. Es, a no dudar, uno de los profesionales mexicanos con mayor experiencia en materia penal, penitenciaria y criminológica”.

Esto, hay que repetirlo, hasta octubre de 1988, cuando el doctor De Tavira tenía 43 años de edad. Por un lado, es evidente la sólida preparación académica y el veloz desarrollo posterior de una carrera profesional; por otro, faltan 12 años en esta breve semblanza. En síntesis, también habla de un hombre estudioso, trabajador y entregado a su vocación, que ineluctable e injustamente lo llevó a la muerte prematura, pues fue asesinado el 21 de noviembre de 2000 en Hidalgo.

Ahora bien, todo esto y más aún reluce en “A un paso del infierno”, obra singular y bien escrita que se publicitaba de la siguiente forma en la contraportada: “Documento irrecusable, escrito por uno de los más activos protagonistas de la reforma penitenciaria en nuestro país […], por sus páginas desfila una serie espectacular de casos verídicos, representativos de la trágica vida del presidio, desde el relato de uno de los acaudalados zares del narcotráfico internacional, hasta la pintoresca narración de la existencia del rey de los erizos, es decir, los reclusos más desposeídos, pasando por diversas historias apasionadamente humanas. En lenguaje directo y de eficacia excepcional, este volumen –comprobación de que la realidad suele superar a la fantasía– lo cautivará, lo asombrará y seguramente lo indignará, despertando en su espíritu un magnífico impulso de solidaridad humana”.

En realidad, este texto no está lejos de la verdad ni peca de hiperbólico, como otros situados en esa parte o en las solapas de los libros. El libro abre con la semblanza transcrita, seguida de “Nota introductoria”, un prólogo de Raúl F. Cárdenas, unos apartados titulados “Mi vida en los presidios”, “El Wama: carne de presidio”, “Juan R. ‘El soldado’: la violencia en la prisión”, “Juan Camaney: el rey de los erizos”, “Carlos Kiriakides: de Las Vegas a Lecumberri”, “Gil Cárdenas: el vigilante implacable” y “Alaska: a la cárcel por un amor”, y concluye con un “Epílogo”.

En la mayoría de ellos, De Tavira y Noriega revela un alto humanismo y un profundo conocimiento del medio en que se desenvolvía y de la naturaleza humana. Así, en la “Nota…” señala: “De una cruzada casi quijotesca hemos obtenido un aprendizaje que como eco resuena en los pasillos de los edificios, que nos sorprende incluso con los rayos del sol. De esas voces queda un registro, una historia que pugna por ser contada en alto, con el orgullo que debería caracterizar a todos los funcionarios y directores de los diversos penales que ha tenido esta ciudad, que quizá solamente se ha convertido en historia de humillaciones y golpes a lo más esencial de los seres humanos”.

El “Prólogo” es una interesante síntesis de principios o escuelas jurídico-penalistas y de experiencias de un reconocido penalista mexicano, maestro del mismo De Tavira. Quizás el texto más interesante y revelador del gran compromiso del criminólogo sea “Mi vida en los presidios”, donde comparte de algún modo la suerte de los condenados o presos, pero más allá de esto su valor radica en que es una especie de declaración de principios del eminente jurista, amén de una autobiografía profesional y humana. En ésta refulgen intensamente su humanismo, su integridad, su convicción, su compromiso. Sin dudarlo, su amor al prójimo y la comprensión de los yerros que los llevaron al infierno que son las cárceles mexicanas. Un texto que bien pudo ser un trabajo académico más pero, debido a la pluma y a los conocimientos del doctor en derecho penal, es un híbrido en el que la reflexión y el estudio van de la mano de ejemplos, casos concretos, reales, estremecedores. Quién sabe qué proyectos rondarían la cabeza del doctor De Tavira, pero ahí concluye de esta manera: “Próximo a concluir mi carrera de penitenciarista, digo con infinito desaliento que la cárcel no tiene verdadera solución, siempre será un laberinto de tinieblas. Tal vez un día no habrá más cárceles en el mundo. Ese día, y solamente entonces, el hombre estará verdaderamente cerca de Dios”.

Posteriormente, vienen los casos de personajes legendarios en las prisiones mexicanas –citados en los apartados o capítulos del libro–, ya sea por su impagable condena, por su violencia, por su imposibilidad de convivir en sociedad, por su perversidad, por su encarcelamiento debido a la falta de afecto y atenciones, o la del hombre que se entrega al cumplimiento de su deber casi religiosamente. En todos, el autor cede la voz a los protagonistas y la intercala con sus puntos de vista, con la sabia observación, con la justa posibilidad de mejorar nuestro sistema penitenciario. Incluso da espacio a un recluso para la descripción de los antiguos métodos de robar, que daban pie a los distintos apelativos de los ladrones: “Descuentero”, “Metemano”, “Carterista”, “Dos de bastos”, “Coscorronero”…

Asimismo, hay ecos de la Penitenciaría de Lecumberri, “El Palacio Negro”; de otras ya indicadas en la semblanza, y menciones de las Islas Marías. Pero éste no es un libro más que sólo trata sobre cárceles, carceleros y prisioneros; no, éste es un libro iluminador de un hombre que vivió una realidad que, como sociedad, como país, como personas, tendemos a soslayar, a omitir. Craso error. Las prisiones son parte de la historia de la humanidad, como lo son la bondad y la maldad, y el doctor Juan Pablo de Tavira nos sumerge en esos “laberintos de sombras” mexicanos, de los que, al parecer, él fue una especie de ingenuo redentor y mártir injustamente olvidado.

No está por demás agregar que debiera ser un libro de lectura o consulta indispensable para todos los estudiantes e interesados en el derecho, máxime para los penalistas e investigadores policiacos. Y si tuvieran tiempo para leer, tan ocupados en lograr el bienestar de sus paisanos, para nuestros legisladores. Hay otras obras del autor, que no conozco, pero, como un dato más, quiero añadir que tuve antes el librito titulado “Diez temas criminológicos” (INACIPE, México, 2002) escrito al alimón con Jorge López Vergara, quien ahí dice, respecto de su colega, “… como un homenaje a su memoria, ejemplo de honradez, dedicación absoluta y trayectoria profesional como uno de los grandes penitenciaristas de México…”. Palabras que, con respeto, hago mías.

Es cierto, en “A un paso del infierno” hay historias duras, fuertes, dolorosas; pero también ejemplares, casuísticas, aleccionadoras. Humanas. De esta manera, adquieren su verdadero sentido, cumplen el tácito propósito del doctor De Tavira: mostrar una realidad que sistemáticamente nos negamos a ver, a entender, a cambiar. Quien transita por estas páginas, se impregna del sentido trágico de la vida, pero también de la luz diuturna de la esperanza. Y no dejará de reconocer el valor, honestidad, sinceridad y pasión del autor por sus semejantes privados de su libertad, justa o injustamente. En seguida, la admiración dictará nuestras palabras. Porque por hombres como Juan Pablo de Tavira, por la labor que han desempeñado, México no había caído en la barbarie que hoy asuela gran parte de su territorio. Volver la vista a ellos podría devolvernos al buen camino.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

Foto: La portada del libro es un fragmento del mural “Todos somos culpables”, de Arnold Belkin, destruido por la incuria, la prepotencia y la ignorancia, el cual estaba en la Penitenciaría de Santa Martha Acatitla.

Cortesía: Editorial Diana.

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