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Libros - November 11, 2010

Comparte el finado periodista cultural Jorge Luis Espinosa su tesoro bibliográfico en la Biblioteca Vasconcelos

filosofía y literatura principalmente.

En su corta vida (46 años), su único tesoro fueron los libros, expresó la compañera de Jorge Luis, la periodista Blanca Valadez, quien generosamente accedió a compartir este legado bibliográfico con el ánimo de que los lectores encuentren en él algo que les asombre o algún título que ya no pueda hallarse fácilmente en librerías.

Acompañada por el doctor Federico Hernández Pacheco, director de la Biblioteca Vasconcelos, Blanca Valadez cortó el listón rojo para permitir el acceso al espacio donde permanecerá la Colección Especial Jorge Luis Espinosa. La periodista recibió el reconocimiento de amigos, colegas y público en general, presentes en el acto.

De acuerdo con Federico Hernández Pacheco, la colección, otorgada en comodato fue organizada, catalogada y clasificada por el equipo de trabajo de la Biblioteca Vasconcelos, y está al servicio de todos los usuarios.

El funcionario explicó que la sala cuenta con catálogos automatizados para la búsqueda y recuperación del material bibliográfico, servicio de préstamo interno, amplificadores de lectura para débiles visuales, asesoría personalizada y diversas áreas de lectura.

Jorge Luis Espinosa Morales nació en Comitán, Chiapas, el 2 de noviembre de 1963 y falleció el 5 de noviembre de 2009. Egresado de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, unas semanas antes de su deceso vio publicado su libro En memoria del fuego, aparecido dentro de la colección de Periodismo Cultural del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta).

En la edición se encuentran reportajes y entrevistas de Jorge Luis Espinosa, publicados a su paso por distintos medios impresos. Gonzalo Rojas, Juan Goytisolo, César Aira, Isabel Allende, Mario Vargas Llosa, José Emilio Pacheco, Salvador Elizondo, entre otros aparecen en la edición. El periodista era consciente de que se trataba de textos que “crepitaron en el ayer”, pero no por ello dejaban de tener fuego.

Espinosa Morales comenzó el ejercicio periodístico a mediados de los años ochenta en el diario unomásuno, del desaparecido Manuel Becerra Acosta, siendo aún estudiante. El rigor de la disciplina en el oficio lo aprendió como auxiliar de redacción en la sección Cultural, teniendo como jefe al desaparecido poeta y editor Roberto Vallarino y a Alegría Martínez. Tiempo después fue ascendido a reportero, e inició así una destacada labor dentro del periodismo cultural.

Años más tarde continuó el ejercicio de su profesión y dejó huella en diarios como Milenio, El Independiente y El Universal. Fue colaborador de las revistas Milenio, Hojas de Utopía y los suplementos México en la Cultura de la revista Siempre y Confabulario de El Universal.

Posteriormente asumió la Jefatura del Departamento de Difusión en el Fondo de Cultura Económica y colaboró en Conaculta.

A la entrada de la sala destinada a la Colección Jorge Luis Espinosa, se halla enmarcado un escrito de Blanca Valadez, en el que hace una remembranza, de manera íntima, sobre quién fue ese ser humano con el que convivió:

“Una buena taza de café solía acompañar las lecturas matutinas de Jorge Luis Espinosa Morales, una pasión sólo interrumpida por el replicar incesante del celular, que demandaba su atención.

Jorge Luis fue un niño con sabiduría innata. A pesar de que a los cinco años protagonizó un tremendo berrinche para no ingresar a preescolar, tres años después ya había leído más de una veintena de autores clásicos y de ciencia ficción.

Su madre, doña Fide –a quien Jorge consideraba su máxima heroína-, cuenta que un día llegó a la puerta de su casa, allá en Comitán, Chiapas, un vendedor de libros.

Al escuchar de quién se trataba, Jorge corrió a revisar con emoción los ejemplares que ofrecía aquel hombre. ‘Ya lo leí, ya lo leí’, decía.

El vendedor quedó maravillado con el niño de ocho años que había leído lo que una persona común llega a leer a lo largo de toda su vida, obras como la Ilíada y la Odisea de Homero; Moby-Dick, de Herman Melville; Viaje al centro de la Tierra y Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne; Tom Sawyer, de Mark Twain; Los tres mosqueteros, de Alexandre Dumas, e inclusive poemas de Sor Juana Inés de la Cruz y de Pablo Neruda.

Jorge no fue un niño solitario. Solía internarse con sus camaradas por las peligrosas grutas de su pueblo: pero al caer la tarde y durante las noches, leía los libros obtenidos de la Biblioteca de la Casa de Cultura de Comitán. Doña Fide pensaba que su hijo dedicaba esas horas a las lecciones escolares, hasta que un día descubrió que eran otras las lecturas que ocupaban su atención.

En su juventud Jorge vagabundeó por las zonas oscuras de Friedrich Nietzsche, en búsqueda de la verdad-verdad, indagando sobre el hombre, su locura y su razón. Luego recorrió diversos puentes filosóficos que lo llevaron a Liddu Krishnamurti, quien lo volcó en un mar de interrogantes.

Hubo muchos autores que lo sacaban de un túnel para introducirlo en otro, él los leía en el Metro, en el parque, en el Centro Escultórico e inclusive en un estadio de futbol donde compartía victorias y derrotas con Alba, su adorada hija.

Quienes conocieron a Jorge admiraron su irreverencia ante los convencionalismos, ya sea que usara, por protocolo, un elegante traje oscuro pero el toque consistía en combinarlo con calcetines naranjas o amarillos, los cuales presumía con orgullo arrancando las risas de sus compañeros: Siempre fue así: amable, bromista, de risa contagiosa; un buen amigo.

La filosofía y la religión ocuparon su atención al final de sus días. En esa búsqueda por la verdad-verdad, adquirió las versiones más puras y exactas de la Biblia. Jorge siempre llevaba un libro bajo el brazo y muchos otros en su traqueteada mochila, muchas plumas fuentes y libretitas.

En su corta vida su único tesoro fueron los libros.

Esta colección contiene una mínima parte de sus lecturas atesoradas a lo largo de sus 46 años. Hay tomos que están sombreados en sus pestañas, con diferentes colores, que contienen anotaciones que pueden agilizar y nutrir la lectura. Hay otros que Jorge jamás recomendaría como lectura, pero que conservó. Ojalá el lector que accede a esta colección tenga la misma curiosidad de aquel intelectual, fiel a sus convicciones, que siempre mantuvo vivo en su interior a ese niño juguetón.”

En uno de los estantes de la Colección se encuentra el libro Tarde o temprano (1958-2000), de José Emilio Pacheco. En las primeras páginas del ejemplar se halla una anotación de Jorge Luis: “Sigue siendo una maravilla anochecer con un libro en la mano…”
RGT     

Fuente: (CONACULTA)

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