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Toros y Deportes - October 18, 2010

Ignacio Garibay indulta a “Perlito” en Guadalajara; “El Payo” muestra que va para figura

Plaza México, pero que sigue su lucha sin descanso en cosos de provincia. Bien dicen por ahí que el toro pone a cada quien en su lugar.

El indulto de un toro tan alegre y repetidor, que mantuvo su entrega hasta el final, siempre es un triunfo de la Fiesta, sobre todo si el torero que lo protagoniza consigue poner a todo mundo de acuerdo, cosa que no es fácil y mucho menos en esta plaza.

En este sentido, la comunión de Garibay con los espectadores fue total en una tarde muy interesante, donde los toreros mexicanos se dieron un interesante agarrón, porque hay que decir que El Payo estuvo cumbre en el primero, y muy centrado en el sexto, pero sus repetidos fallos a espadas le impidieron acompañar a Garibay en la triunfal salida a hombros, algo que seguramente le mantendrá con la mente puesta en el reto que supone escalar peldaños como lo está haciendo este indómito queretano.

Pero volviendo a la faena del indulto, cabe apuntar que Garibay fue compenetrándose poco a poco con el toro –y con la gente– en una labor donde reinó la profundidad y el sentimiento, pues los muletazos tuvieron largueza y abrochó las series de redondos con soberbios pases de pecho, siempre en el sitio; siempre colocado con firmeza delante de la embestida de “Perlito”.

A más fue aquel trasteo, a la par de la embestida del toro, que siguió la muleta afanosamente y sin abrir el hocico. A la hora en que el público se puso en pie para solicitar el indulto del toro, Garibay no se dio coba y se perfiló sin miramientos. Por un instante dio la impresión de que él mismo pensó: “Venga, vámonos detrás de la espada y aquí le tumbo el rabo al toro”. Pero al segundo amago de perfilarse, ya cuando la petición era unánime, el juez de plaza sacó el pañuelo verde y fue así como “”Perlito” regresó a los corrales.

Ignacio dio una aclamada vuelta al ruedo y en la segunda pidió la presencia en el redondel del ganadero Pepe Marrón, que no cabía de gusto. Un triunfo así, en Guadalajara, reviste importancia para cualquiera. Y la felicidad de ambos subió hasta el tendido, desde donde habían caído a la arena una veintena de sombreros conforme Garibay fue tejiendo una faena para el recuerdo.

Con el segundo toro de la corrida, Ignacio ya había anunciado sus intenciones, y toreó francamente bien con el capote, a la verónica y por chicuelinas, antes de ejecutar una faena maciza ante un ejemplar que terminó refugiándose en tablas. La limpia estocada fue un digno colofón a una obra que mereció ser premiada con una oreja que la autoridad, inexplicablemente, no concedió.

Nacho dio la vuelta al ruedo con la gente a su favor, gustoso de haber dejado ya, desde ese primer momento, una impronta de torero maduro y expresivo.

El quinto no le dio opciones, pues fue un toro incómodo, que venía andando y hacía hilo en la muleta. Garibay porfió sin conseguir resultados favorables, y la gente terminó metiéndose con él acaso porque aquí la exigencia hacia los toreros es mayúscula.

Decíamos que El Payo está como navaja de afeitar: sobrado de todo, y con un regusto por ponerse delante de la cara de los toros, pisando la arena con una plomada que asusta, y preparado para rivalizar con el más pintado de aquí y de allá… si es que consigue afinar su técnica con la espada, claro está.

Porque un triunfo como el que tuvo al alcance de la mano aquí, en esta plaza donde el año pasado cuajó a un bravo toro de Los Encinos, no se puede dejar escapar cual vil pinchaúvas. Qué significativo hubiese sido verlo en volandas, en este repunte de su carrera, donde viene demostrando que aquello de la gravísima fractura de sacro quedó atrás, en la oscuridad del olvido.

La faena al encastado tercero fue de esas que mantienen al público al filo del asiento, porque al toro había que hacerle las cosas tan bien, que no hubiera permitido ningún error, y en ese arrebato frenético de vocacional entrega –porque también la entrega debe ir unida al riesgo calculado y saber en qué momento apretar a fondo–, el de Marrón lo levantó en vilo más de metro y medio, y estuvo a punto de golpearse la región donde el Día de Navidad del año pasado lo dejó al borde del retiro.

Cuando los toreros tienen esta ambición, como la que enseñó El Payo en esta sólida actuación de Guadalajara, el triunfo es algo que viene por añadidura. Así que ojo a este rubio de tenacidad de hierro, que viene arreando con una fuerza arrolladora.

La faena al sexto también tuvo su miga, pues no era fácil aguantar las miradas de un toro incierto, con El Payo volvió a mostrar su determinación. Sin embargo, el toro no terminó de entregarse y el queretano tampoco alcanzó a redondear el trasteo.

Antonio Barrera no tuvo su tarde. Por principio de cuentas, habría que decir que sorteó un lote desigual en hechuras y juego, y si a ello sumamos el toro de regalo (de San Marcos), que era un mulo con dos pitacos; un toro que sacó genio, como el primero de Marrón, las cosas no le resultaron al sevillano como él esperaba.

Es preciso señalar el esfuerzo que hizo toda la tarde, que se le puso cuesta arriba desde que pinchó al primero, un ejemplar que le pidió el carné, y con el que, en determinado momento, el público lo alentó cariñosamente.

El cuarto, un toro hondo y corto de manos, pero demasiado acochinado –berrendo en cárdeno y alunarado, de capa– llegó sin fondo a su muleta, y aunque intentó hacerle las cosas bien por el pitón izquierdo, la gente ya no estaba involucrada en su quehacer.

El de regalo fue una prenda que tampoco le dio opciones, y fue al falta de colmillo (al no haber regalado con anterioridad a Garibay el primer sobrero), lo que amargó a Antonio, uno torero profesional y honrado donde los haya.

Al final la gente salió feliz de la plaza después de saborear el gran triunfo de Ignacio y la soberbia actuación de El Payo, en una tarde cargada de emociones y buen toreo.
Ficha
Guadalajara, Jal.- Plaza Nuevo Progreso. Unas 4 mil 500 personas en tarde soleada y calurosa, con ráfagas de viento. 2 toros de San Diego de los Padres (1o. y 7o.), 5 de Marrón y uno de San Marcos (8o., de regalo). Destacaron el 3o. y el 7o., de nombre “Perlito”, número 725, negro bragado, con 500 kilos que fue indultado. Pesos: 470, 500, 515, 535, 525, 590, 500 y 495 kilos. Antonio Barrera (negro y oro): Silencio división y silencio en el de regalo. Ignacio Garibay (grana y oro): Vuelta tras petición, división e indulto en el de regalo. Octavo García “El Payo” (turquesa y azabache): Ovación y palmas. Destacó en varas Gabriel Meléndez, que picó muy bien al 2o.

Fuente: (mundotoromexico.com)

Foto: Cortesía (suertematador.com)

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