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Columnista Invitado - September 15, 2010

El gentilicio para Monterrey

mis paisanos se refieren a sí mismos.

Debo confesar que desde un principio esa práctica de llamarnos “regios” me pareció fatua, arrogante, presuntuosa, y por supuesto totalmente exagerada; hay una especie de narcisismo colectivo y extremosa autocomplacencia que raya en ese amor “propiae  excellentiae” y que, puntualmente, es la definición que da Santo Tomás de la soberbia.

Por eso me parece chocante, para no decirlo conforme a nuestro lenguaje coloquial: muy mamona. Pero, además, porque no se compadece con el carácter tradicional y de siempre de los regiomontanos, en el que la sencillez, la franqueza, la discreción y la mesura fueron rasgos característicos y virtudes socialmente estimuladas y aplaudidas en todas las clases sociales.

Es probable que en la actualidad dichos valores y virtudes se estén perdiendo o diluyendo, y que luego de cinco generaciones a partir que se inició la etapa del capitalismo moderno en la ciudad y se forjaran las primeras grandes fortunas, ahora, ya en calidad de viejos y nuevo ricos, y con una ciudad próspera en muchos sentidos, se nos haya “subido la mostaza” al grado de forjar esa extremosa autocomplacencia que nos lleve a transmutar no sólo nuestro carácter sino hasta el gentilicio que empleamos para, muy orondos, coronarnos con el de “regios”.

Pero aún así, es decir reconociendo que la gente y sus costumbres cambian, tampoco es aceptable dicho advenedizo gentilicio. Por la sencilla razón que el adjetivo “regio” o “regia” se refiere a lo real, perteneciente o relativo al rey o a la realeza, como dice el Diccionario de la Lengua Española, de la RAE, y en su segunda acepción: Suntuoso, grande, magnífico.

Me podrán alegar algunos de mis paisanos que por eso se llama Monterrey, porque alude al rey; no obstante es inapropiado, pues descomponiendo el nombre sería monte del rey, un monte que pertenece al rey o que se nombró así en honor del rey, pero no a los habitantes o naturales de la ciudad. Nosotros no somos “regios”, ni lo fuimos ni lo seremos. Durante siglos nuestros antepasados fueron la gente más sencilla y montaraz del mundo y ahora resulta que estamos a al altura de los reyes: ¡No manches!, como diría mi sobrino.

Por otro lado, da la casualidad –que nada tiene de casual- que en el referido diccionario aparece el adjetivo gentilicio “regiomontano, na”. Natural de Monterrey, capital del Estado mexicano de Nuevo León. Está claro que esta voz la incluyeron en algún momento a iniciativa de la Academia Mexicana de la Lengua, correspondiente de la Real Academia Española.

En todo caso, la ciudad fundada por Diego de Montemayor en 1596, la Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey, fue bautizada así en honor del reciente virrey don Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey.

Así es que, estimados paisanos, bajémosle a nuestro radio, cambiemos la corona por sombrero o cachucha de “Los Sultanes”, y sin tanta alharaca, con modestia, sencillez, honradez, y equilibrado orgullo volvamos a emplear nuestro original, oficial y verdadero gentilicio: el de regiomontanos.

 

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