Home Entrevistas “Con esas manos se acarician”, antología de cuentos de Mario González Suárez
Entrevistas - July 22, 2010

“Con esas manos se acarician”, antología de cuentos de Mario González Suárez

González Suárez, el escritor que desde el inicio del ejercicio de su vocación y con el paso de los años se ha propuesto construir una obra literaria sin concesiones de ningún tipo; en otro, su interlocutor, dispuesto a entrevistarlo después de la lectura de “Con esas manos se acarician” (Ediciones B, México, 2010), su libro más reciente.

Es una antología, una reunión de quince de sus cuentos preparada por Magdalena González Gámez, según se consigna en el colofón. No se puede decir que los distinga un tema o característica común, a no ser el ritmo desenfrenado que los domina, incluso se pudo haber subtitulado “Sus mejores cuentos” con pretexto mercadotécnico. Sin embargo, el título –tomado de una frase del cuento abridor– es bueno y cumple con llamar la atención del lector posible. Además, considero que, para un autor como Mario González Suárez y para los lectores que no conocen su obra, es muy útil y benéfica una publicación de esta naturaleza, pues cumple con una de las intenciones o propósitos de cualquier antología: incitar al lector a buscar más libros del autor, en este caso.

Desconozco si “Con esas manos se acarician” incluye algún cuento inédito o nuevo de González Suárez, pero, con base en los libros anteriores de éste que tengo, publicados por Tusquets Editores, pude rastrear que “Autobiografía revelada”, el cuento que abre esta selección, “Un caso del doctor G.”, “El pelochido” y “Arroz Fumanchú” proceden de “Marcianos leninistas”(2002); “Alumbramiento” y “Taracán”, de “Nostalgia de la luz” (2003); “Volapié” y “El juicio y las tinieblas”, de “El libro de las pasiones” (1999), y “El símbolo de la muerte” apareció en agosto de 2004 en “Letras libres”. Los otros seis, por lo que se informa en la primera solapa, se infiere que fueron tomados de “La materia del insomnio” y “Dulce la sal”. Sin más preámbulos, la entrevista.

Mario, ¿por qué una publicar una antología de tus cuentos? Además, no lleva nota editorial acerca de cuáles libros tuyos procede cada uno ni prólogo, como se estila en otros de esta naturaleza…

Mira, la antología es una selección de 25 años de escribir cuentos, un poco más, entonces la editorial me propuso la antología. Yo había hecho una selección de 25 cuentos, se los di y, a partir de esa selección, pues ellos empezaron a trabajar en la suya y quedaron 15 historias bajo el criterio de encontrar una serie de constantes de mi trabajo literario. Por mi parte, los textos que les había dado no tienen otro criterio que el gusto, las historias que a mí me gustan porque creo que en ellas logré lo que quería, lo que me proponía. Luego la editora agrupó éstas porque le pareció que tenían en común esos aspectos que le parecen constantes en mi obra, que son el abordaje de lo sobrenatural, de lo fantástico y el erotismo. Respecto del prólogo… uno como de qué o por qué… No creo en los prólogos, me parece más interesante que el lector haga su propia experiencia, para no prejuiciarlo acerca de lo que va a leer, que corra su propio riesgo.

Dices que en esas historias lograste lo que te proponías, ¿qué se proponía hace 25 años un escritor de cuentos y qué ha cambiado en ese lapso hasta ahora? Es decir, en retrospectiva, ¿qué ha variado en esos propósitos?

Pues lo que he hecho siempre con mis libros es una exploración de la realidad, eso es lo que me he propuesto siempre, explorar el tejido, los bordes, la conformación de la realidad, eso es cada uno de mis libros, una exploración, un tratado acerca de la realidad, algo que siempre está por descubrirse. La realidad no es un monolito ni lo que pasa en el periódico, es un asunto individual, doméstico, inmediato, misterioso.

Quizás esté equivocado, tú dime, tengo la impresión de que, a pesar de estos 25 años de trabajo literario y de los premios que has recibido, no eres un escritor reconocido como, por ejemplo, Élmer Mendoza…

Élmer Mendoza es mucho mayor que yo, como quince años o más…

Sí, pero apenas debe de tener unos diez años de reconocimiento… Bueno, quiero decir que, a pesar de tu trabajo literario, aún no eres conocido por lo que se denomina el “gran público lector”, así, me parece que esta antología es una aventura dado que tus cuentos no son precisamente de lectura fácil, tampoco digo que sean difíciles, pero que apelan a un lector entrenado, un buen lector, pues.

Finalmente, los problemas de los lectores serán los problemas de los lectores, puede parecer absurdo, pero yo no escribo para los lectores, para complacer lectores. Yo tengo una serie de intereses personales personales y literarios, y eso es lo que exploro en mi literatura. Ese tema acerca de la fama o el reconocimiento, pues tampoco es algo que pueda yo controlar o medir. Me imagino que los editores interesados en publicar un libro sabrán que de alguna manera les beneficia o conviene o interesa publicarlo. Mis libros creo que sí se han leído, hay una película que acaba de hacer Carlos Carrera, “De la infancia”, basada en un libro mío, y bueno, pues ahí van, es la trayectoria normal de un artista. Nosotros solemos confundir fama con literatura, creo que la fama no tiene nada que ver con la calidad literaria, la fama es algo que tiene que ver con el destino o con las actividades públicas de una persona más que con su probidad literaria… Y, bueno, pues los libros ahí están.

En ese sentido, creo que tú eres de los pocos escritores en México que mantiene un principio o manifiesto estético, que en tus libros has hecho literatura sin pensar en esos asuntos, aunque, finalmente, también forman parte del proceso literario. De esta manera, considero que en este libro sigues arriesgándote, sigues construyendo tu obra sin hacer concesiones, con una coherencia artística. Es decir, buscas lectores que leen literatura, que aprecian la experiencia formal, como en tu caso.

El asunto literario no es algo que se limite a un fenómeno de lenguaje. La literatura es algo que se hace con palabras sólo en apariencia. La exploración y la experimentación te obligan a mirar muchos aspectos de la forma, desde el uso del lenguaje, los narradores, la construcción de atmósferas, de imágenes, de tramas, de personajes… Todos estos elementos son los que yo, de acuerdo con las necesidades de cada ficción, he tenido que explorar y experimentar. Tengo una novela que se llama “La sombra del sol”, que para muchos es una novela muy experimental porque tiene la forma de una obra de teatro, pero en realidad no es una obra de teatro. Parte de la ficción de esa novela es que estamos ante una representación teatral y, bueno, todos estos aspectos formales son los que van depurando la capacidad técnica de un escritor, o sea saber experimentar, tener un rigor en la experimentación, esta experimentación tiene que surgir de la necesidad de una búsqueda formal y no de una impericia, que “salió eso porque no lo pude hacer de otra manera”. Creo que la experimentación exige un dominio de la técnica, un dominio del lenguaje. Entonces no creo que la literatura sean historias, que los cuentos cuenten historias, sí, un aspecto del cuento es que cuenta una historia, pero tiene muchos otros elementos que lo hacen un fenómeno estético, un fenómeno literario.

Esto se advierte en esta antología, pero no estás exento de buscar alterar la percepción del lector, que tus historias logren o busquen conmoverlo, para mí ésta es una constante en tus cuentos, que se separan de las tendencias o de la moda literaria del momento, que responden a un verdadero reto estético, pienso, por ejemplo, en Tario y Arreola, autores que también han creado un universo propio y quienes, se dice, te han influido.

Creo que eso es un artista, alguien que sabe expresar su propia versión de la realidad, eso es lo que hace el artista. El artista, a diferencia del intelectual, no da la realidad como un hecho concreto, monolítico, un hecho dado ya, la realidad es algo que está por descubrirse, y también parte del poder del artista está en perturbar al lector, en tirarle su comodidad, que se salga de su poltrona y tenga la necesidad de ubicar sus propias coordenadas de lo real.

Crees que estás haciendo una obra artística y la posteridad te pondrá en tu sitio justo, pero hay gente a la que tus cuentos no le gustan, pero ése es un reto que muchos escritores no asumen. ¿Cómo sobrellevas esto, cómo te exiges para no transigir?

Pues, mira, por un lado te he decir que nadie cena con la posteridad, a mí la posteridad me vale madre, porque eso, en el caso de que exista, uno nunca lo puede ver.

Bueno, ahí está el caso de Tario, en el sentido que te decía…

La posteridad de Tario, ¿a él de qué le sirvió?

De nada, pero…

La posteridad no sirve de nada.

Pero su obra perdura.

Es que a uno le cuesta mucho trabajo entender que uno no es su obra, yo no soy mi obra, que la obra perdure muchos años, pues que a toda madre, pero si esa posteridad fuera para uno mismo sí sería muy importante buscarla. No me acuerdo quién fue el que dijo: “Yo quisiera ser inmortal, yo, no mi obra”. Entonces creo que la posteridad es un despropósito para un artista, cualquier gloria que puedas tener es en vida, y ser famoso no es lo mismo que ser buen escritor, o sea, la calidad literaria no tiene nada que ver con la fama, se puede ser famoso por cosas muy malas, por cosas vergonzosas. El trabajo, el compromiso de un artista tiene que ver mucho más con su vida interior, privada, con su mundo interior, que con una fama o con una presencia pública. Creo que todos los políticos son famosos, salen en la tele y en los medios todos los días…

Si la posteridad vale madre, ¿cuál sería entonces la intención de escribir tu obra, con qué fin hacer una estética desde la perspectiva de un artista consciente de estar construyendo su obra, sobre todo ahora que muchos escriben buscando la fama, por ejemplo?

Creo que todo es legítimo, si te propones ser famoso, rico, obtener lo que sea en el mundo, todo se vale. Yo trabajo continuamente con muchos jóvenes y no tan jóvenes, que están escribiendo y quieren publicar, y veo que muchos de ellos quieren ser famosos, tener éxito, ser reconocidos en la calle, estar rodeados de bonitas edecanes, viajes y cosas así, lo cual me parece perfecto, me parece una aspiración legítima querer ser rico y famoso, querer vivir del producto de tu trabajo. El problema es cuando se confunden las cosas. Ser artista tiene que ver principalmente con el destino, entonces un artista es alguien que está encargado de leer nuevamente las coordenadas de la realidad. ¿Para qué escribió Lezama Lima el “Paradiso” y todo lo demás? No creo que lo haya escrito para la posteridad, más bien formó parte de su propio destino, de su propia experiencia del mundo. Ahora a nosotros, o por lo menos a mí, la obra de Lezama me ha orientado de una manera decisiva e influido de una manera muy importante. Lezama, para mí, es una referencia obligada para cualquier persona que escriba en lengua española, no creo que él haya estado pensando en eso cuando escribió su obra. Yo creo que esto tiene que ver con lo que la psicología profunda estudia acerca de los procesos creativos, los procesos alquímicos. En realidad, la obra es el artista mismo, y lo que nosotros llamamos obra es lo que queda allí, como el rastro, la huella, de un proceso interior, incomunicable, intransferible. Esa obra es un testimonio solamente.

Sé que estás haciendo labor editorial en Conaculta, entonces podría pensar que también es otro rastro de tu actividad, una colección con autores como Salazar Mallén y Lamborghini, entre otros.

Es una colección que se llama “Singulares”, no fui precisamente editor, sino asesor del Conaculta, de la Dirección General de Publicaciones, donde propuse una colección de autores singulares, y en esa colección están Osvaldo Lamborghini, Pedro Miret, Salazar Mallén, Calvert Casey, Francisco Tario, y bueno, no sé cuántos van a sacar, pero eso fue el año pasado. Ahorita lo que estoy haciendo es dirigir la Escuela de Escritores de la Sogem. Trabajar con jóvenes es una experiencia muy enriquecedora, yo tengo un taller y he sido tutor de las becas del Fonca. Trabajo con mis alumnos en la Escuela de Escritores, y éste me gusta particularmente, la relación con los jóvenes, trabajar con gente talentosa, estar rodeado de gente talentosa es una experiencia sumamente enriquecedora, ver el talento, cómo se desenvuelve, cómo se desarrolla, cómo sufre, es uno de los trabajos más gratificantes para mí.

Entonces podría pensar que tus intereses vitales se han encauzado por la escritura, el magisterio y las actividades editoriales.

He hecho muchas cosas, a mí me han interesado muchas cosas, la literatura en primer lugar, la fotografía, la enseñanza de la literatura y la difusión de la literatura, y como difusión de la literatura he asesorado colecciones, he propuesto obra, hice la edición de los cuentos completos de Tario, he escrito muchas cosas de divulgación de la literatura. También llevo muchos años dedicándome a la enseñanza de la literatura, ya sea en mi taller personal, en la Escuela de Escritores, como tutor del Fonca, y he hecho fotografía; me he dedicado a la literatura y al arte toda mi vida.

En este sentido, ¿qué tanto hay de cine y música en tu vida, en tu obra?

En el caso de la música y el cine no he pasado de ser un espectador, no me reconozco ningún talento musical, sé disfrutar la música, sé escucharla, pero más allá de eso no he ido; mi participación en el cine, pues Carlos Carrera adaptó una novela mía, por ahí se van a hacer más cosas para el cine, pero tampoco intervengo en esas producciones porque yo no escribo los guiones, no hago las adaptaciones. De hecho, uno de los acuerdos que tuve con Carlos fue que yo no interviniera en el guión de la película, ante lo cual estuve totalmente de acuerdo, porque ya escribí la novela y pues la película que corra su suerte. No me meto en los asuntos del cine, no es algo que me llame la atención.

Vamos, no eres un melómano…

No, cine veo muchísimo, hay temporadas en que a diario veo una película o dos. El cine es algo con lo que estoy en contacto permanentemente, es parte de la formación de uno. Rápidamente, si necesitas saber algo acerca de un tema, de un autor, de un director, de un personaje, pues el cine siempre está ahí.

¿Hay algún director o película que te haya impresionado o que te agrade?

Hace algunos años uno podía decir tengo mi película favorita o mi cineasta favorito porque la industria no era este monstruo que es ahora. Yo no sé quién, no digamos leer los libros que produce una sociedad a lo largo de un año, puede ver las películas que están en cartelera a lo largo de un año, o sea, es tan avasallante la producción de cine de todo el mundo que podemos ver en una sala comercial o en las salas de arte. No creo que haya quien pueda ver todo. Yo voy al cine muy poco, casi todo lo veo aquí en casa, hace mucho tiempo que no me conmuevo, es muy raro que me conmueva, que me guste mucho una película. Ese cine que vi cuando iba a la universidad es un cine que sigo viendo, el cine llamémosle clásico, y unas de las películas que para mí han sido más importantes, tanto para mi apreciación estética del arte en general como de la realidad, son “8 1/2” de Fellini y “La Pantera Rosa”.

Creo que no eres un autor accesible, pero, en un momento de optimismo, aunque no te interese, ¿qué puede encontrar un lector joven o que no te conozca en esta antología? Finalmente, es un libro nuevo tuyo.

Pues sí, yo quisiera hacerle al lector el máximo daño posible.

¿Cómo?

Sacarlo de su comodidad, perturbarlo, que se sacuda un poco la idea convencional del mundo y la literatura.

¿Has hecho traducción?

No.

Me llama la atención que empleas el lenguaje, las palabras, de manera muy rigurosa, pues en tus cuentos hay palabras solas que podrían ser en sí mismas un acto creativo, palabras muy precisas, que sacuden, por lo menos, el conocimiento del lector.

Yo creo que, en la lengua que escribas, debes tener un conocimiento amplísimo del vocabulario de tu lengua, hay un autor como José Antonio Ramos Sucre que tiene una capacidad verbal, lingüística, un rigor en su lenguaje y en su vocabulario. Yo quisiera que todos los escritores tuvieran esta abundancia de vocabulario, quisiera leer a un escritor que escribiera en lengua española y que yo no conociera ninguna palabra. Yo no acabo de conocer todas las palabras de la lengua española. Afortunadamente, me sigo encontrando palabras que no conozco, creo que es muy importante saber asimilar todo el vocabulario de la lengua española y saber utilizarlo.

Lo que tú quieres que conozca el escritor, el lector no está obligado a conocerlo, ¿o sí?

No, el lector no, el lector puede seguir viendo la tele, pero un escritor sí. Te digo, yo trabajo con jóvenes escritores y hay mucho rigor en la enseñanza de la literatura.

Quizás de ahí tu aprecio por “Paradiso”, entonces ¿también sientes simpatía por Cabrera Infante, por ejemplo?

Por Cabrera Infante, por… Mira, hay unos autores españoles, como Sánchez Ferlosio, Martín Santos, Camilo José, con una prosa poderosísima.

Mario, por último, ¿quieres agregar algo?

Yo he escrito muchas cosas sobre Tario, él decía que la fama es una aspiración plebeya. Tario era un artista sin proponérselo, naturalmente era un artista. Hace como cinco años publiqué sus cuentos completos, en dos tomos, en Lectorum. Es un autor al que hay que leer con atención.

Después de agradecerle sus palabras y su tiempo, me despido de Mario González Suárez con la idea de que, al igual que Francisco Tario, pero en y por distintas circunstancias, se está convirtiendo para el lector conformista en un escritor incómodo, difícil, excéntrico, alejado del estruendo literario, poseedor de una obra sólida. Sin embargo, para otros lectores, de ésos que aún existen, es un escritor de culto. Singular, pues.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

Foto: Mario González Suárez durante la entrevista con Azteca 21.
Azteca 21/Gregorio Martínez M.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *