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Entrevistas - July 4, 2010

Miguel Cervantes, curador de la muestra “Pintura y Verdad”, obsesionado con el genio matemático de José Clemente Orozco

el fuego que se abre contra los “enemigos” en estos tiempos de lucha contra el narco, misma razón por la que se negó a dar su nombre. En mayo, descubrió el fuego del pintor jalisciense por casualidad: le tocó hacer guardia en el Instituto Cultural Cabañas (ICC) para cuidar las piezas del colombiano Fernando Botero.

Lo suyo, lo suyo, es la adrenalina, confiesa el agente parado como soldado en una de las salas del edificio declarado Patrimonio de la Humanidad, con un anillo y un reloj de plata toscos como sus manos, que sostienen un rifle que igual usa en “combate” que para resguardar pinturas. El arte no figuraba en su vida, hasta que Orozco se cruzó en su camino: “Cuando volteé a la cúpula del Cabañas no podía dejar de ver los murales. Sus colores me transportan, me generan un gran sentimiento de identidad, valoro más mis raíces. Todos los días me doy mi tiempo para que los guías me expliquen más”.

Carlos Monsiváis no se equivocó al decir que la pintura de Orozco es inolvidable. Y es que la “fuerza” del trazo que obsesionó al policía, es la misma que impactó desde su infancia a Miguel Cervantes, curador de la exposición de José Clemente Orozco (inaugurada el pasado 25 de marzo), visitada por más de 50 mil personas hasta la fecha y que en octubre viajará al Museo de San Ildefonso, en la Ciudad de México.

Preguntarle a Miguel Cervantes sobre José Clemente Orozco es tocar la puerta de una sus pasiones. La entrevista se realiza en su oficina, en la capital del país, donde abundan piezas de artistas tapatíos como Juan Soriano y Paula Santiago.

El espacio es luminoso. Sobre la mesa está el catálogo de la exposición del muralista en el Instituto Cultural Cabañas y dos expedientes desbordados de fichas detalladas de mil 600 obras del pintor zapotlense (sólo 345 están expuestas, en 19 salas del ICC). El curador enciende un Marlboro blanco e inicia la charla.

“Estoy convencido de que la riqueza artística de Jalisco tiene que verse como un fenómeno regional dentro del país, porque hay un dato muy importante: los monjes que fueron a esa zona eran principalmente franciscanos”, relata Cervantes.

Otro dato: Nueva Galicia no fue una zona minera y la vida era más austera, relacionada al mundo rural. “Cuando se mezcla esta sencillez y el pasado franciscano, se entienden rasgos de la producción artística”. Para ejemplificar, recuerda la arquitectura de Barragán y los retratos de José María Estrada.

Y aquí empieza la historia de Orozco en la vida de Miguel Cervantes. De niño, su madre lo llevó a ver los murales del Templo de Jesús Nazareno. “Me impresionó muchísimo, tenía una fuerza muy especial que no sentía con ningún otro artista. Me atraía su fuerza gestual, temática y tonal”, continúa el curador, quien con las manos pinta en el aire sus mejores recuerdos.

En 1975 comienza su amistad con Octavio Paz, quien no descalificaba del todo el movimiento muralista, como sucedía en aquel tiempo. “Uno de los temas que teníamos en común era su interés por el jalisciense. Me comunicó su emoción, me aleccionó”.

Es hasta 2007 que la entonces directora del Cabañas, María Inés Torres, lo invita a coordinar la exposición Pintura y verdad. “Les dije que tenía que pensarlo, porque era un compromiso fuerte y que tenía que ser una revisión crítica, como Paz la hizo”.

Un mes después, Alicia Lozano, ex curadora del Instituto y ahora directora del Museo Arte de Zapopan, mostró a Cervantes algo que éste desconocía: la colección de más de 100 bocetos de los murales de Orozco. Ese día fue clave, “porque descubrí una gran genialidad en ellos”.

El curador aceptó la propuesta e integró el equipo de investigación con Silvia Navarrete y Carmen Canales, en la Ciudad de México, y Diane Miliotes en Nueva York. En Guadalajara, Alicia Lozano fue clave, ya que Cervantes no encontraba especialistas en esta ciudad para el proyecto.

Iniciaron revisando la bibliografía, releyendo la crítica histórica, catalogando obras y armando una base de datos.

El dibujo

José García cursa Ingeniería Mecánica en la Universidad de Guadalajara. Está sentado en la sala donde se muestran los dibujos de El Hombre de Fuego, con el libro 1984 de George Orwell a un lado.

En su primer día cuidando el espacio como parte de su servicio social, aprendió lo que nunca habría escuchado en la escuela: la relación entre las matemáticas y el arte. “Creía que la pintura eran puras siluetas. Y ahora me doy cuenta que estos bocetos están calculados, que tienen ingeniería”. El estudiante se refiere a las ecuaciones que Orozco plasmó con lápiz hacia el borde de los dibujos.

En su estudio de la Ciudad de México, Miguel Cervantes explica que colocó esos dibujos con toda la intención de mostrar la evolución estilística del autor, pero también como uno de los ejes principales de la exposición. Son “extraordinarios” y están directamente relacionados con sus murales, señala.

Prende otro cigarro y toma el catálogo de la exposición: “Quiero que sientas su capacidad al dibujar”. Se detiene en la página 74, la Escuela Nacional Preparatoria (ahora Museo de San Ildefonso) y señala los cinco murales que Orozco borró “cuando regresó a terminar la obra, porque eran muy académicos y hay una profunda crítica a sí mismo. Aquí están las ideologías, la revolución y el franciscanismo. A través de él (Orozco) fui atando cabos de la historia de Nueva Galicia”. En estas pinturas aparece otro elemento común en toda su trayectoria: la caricatura, la sátira del mundo político y social. “Nunca abandonó el dibujo al natural, lo mantuvo hasta el fin de su vida”.

La revolución

Una parada obligada en la trayectoria del muralista es el año 1926, en Orizaba (Veracruz), donde hace suyo el tema de la Revolución. Los siguientes dos años realiza en Nueva York una serie de tintas que abordan el tema. Hoy se exhiben en la sala 13 del ICC. “Esa sala es bestial”, remata Cervantes.

La mayor parte de su producción en Estados Unidos se vendía a través de la Galería de Alma Reed y pocas llegaron a México a través de personajes como Álvar Carrillo Gil. Por ello, muchas siguen perdidas.

“Esta serie de tintas de la Revolución es uno de los capítulos del dibujo más notables que tenemos de la historia del arte en México”, afirma el curador. No por nada, José Juan Tablada llamó a Orozco “el Goya mexicano”, apodo que nunca simpatizó al jalisciense.
Su asombro por los paisajes que dejó la Revolución Mexicana se mezcló después con las anécdotas de la crisis económica de 1929 en Estados Unidos. “Vive el crash en el país más rico del planeta. Es un tema que escandaliza a Orozco y que se refleja en la serie que pintó en Nueva York”.

Una de las piezas que más sorprenden a Miguel Cervantes es Los Muertos, de 1931 (ver imagen en Sala 1 Sur), un óleo de rascacielos derrumbándose, “que refleja la caída de la modernidad”.
En las composiciones también son comunes las construcciones escenográficas, “probablemente muy influenciado” por el teatro popular al que el pintor acudía en las carpas del centro de la Ciudad de México.

La geometría

Al inicio de la década de los 30 en Nueva York, José Clemente Orozco entra al Círculo Délfico por invitación de sus amigos Eva y Angelos Sikelianos, lo que influencia su siguiente mural en el Pomona College: El Prometeo, “como el Dios que trae el fuego al hombre; es un paradigma de civilización”.

En los dibujos preparatorios cada vez aparecen más operaciones matemáticas, ya que es la etapa en la que incorpora la teoría de la simetría dinámica que propone Jay Hambidge.

“La geometría cada vez es más compleja, de una precisión absoluta. Y se nota en su siguiente obra en la New School for Social Research. Además, incorpora a héroes civilizatorios como Gandhi, Lenin y Felipe Carrillo Puerto; es la revolución como transformación del hombre”, cuenta el capitalino, mientras toma un café con leche.

La exposición fue dividida en 34 momentos y de manera cronológica. Miguel Cervantes no puede ocultar su obsesión y su redescubrir al artista en cada paseo por sus imágenes. Cuando se trata de Orozco, no le preocupa el tiempo.

Del regreso del pintor a México y los murales que hizo principalmente en Guadalajara, resalta cómo traduce el dibujo a los muros. “En papel un trazo de tres centímetros puede ser de un metro en el mural, entonces pintas con el cuerpo. Y lo impactante es que no usaba calcas, los bocetos los traducía directos”.

Es pues, como si las matemáticas se incorporaran a su memoria corporal.

El curador no tiene claro aún cuál es el misterio de la personalidad de Orozco. “Su melancolía, la hosquedad, la introspección, el ensimismamiento, no lo sé. Pero es evidente que la pérdida de una mano y de su capacidad visual en la juventud (por manipular pólvora), le tuvo que haber afectado; para un pintor la mano es sagrada. Pero en Orozco se nota también una sabiduría visual”.
Otro elemento importante para Miguel Cervantes: José Clemente Orozco es el príncipe del claroscuro, “más tonal como lo fueron Goya o Picasso. Su paleta sobria es contraria a la de coloristas como Matisse”.

La Verdad

Tres historiadoras del arte de la Ciudad de México visitaron la semana pasada la exposición Pintura y Verdad. Lo primero que preguntaron es por qué se utilizó la palabra “verdad” para el título.

Alicia Lozano alguna vez explicó que se debía a la búsqueda de “la verdad” del artista. La reflexión de Miguel Cervantes es similar: “¿hasta qué grado a la pintura le concierne la verdad? Creo que Orozco tenía una ética artística en la que expresar su verdad era importante. No se refiere a la Verdad, con mayúscula”.

Itzel Rodríguez Mortellaro, doctora en historia del arte por la UNAM, camina a través de las salas del Cabañas y considera que no hay muchas novedades; se quedó con ganas de ver xilografías, piezas de contorsionistas, monjas, cementerios y dibujos en periódico que no están incluidas.

Por su parte, Ana Garduño, también docta en arte, opina que la muestra es más una recopilación de obras y que no hay investigación, pues en la mayoría de las fichas se repite información de personajes como Justino Fernández. “Se pierde la oportunidad de hacer una revisión crítica”.
Como sea, las tres investigadoras que viajaron a Guadalajara exclusivamente para ver la muestra, confiesan que la disfrutaron, principalmente los dibujos preparatorios.

Y aún con los cuestionamientos, tanto empleados del Cabañas como extranjeros y artistas locales han gozado de las más de 300 piezas, porque el simple hecho de ver la obra físicamente, “se agradece”.

Miguel Cervantes, con otro cigarrillo entre los dedos, habla ahora del expresionismo de Orozco, las cantinas, el cabaret, la relación del artista con el poder, las obras que encontró durante el proceso de investigación, la ausencia de piezas de coleccionistas de Jalisco y del apoyo del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y el Instituto Nacional de Bellas Artes.
Las anécdotas llegan a la hora de comer. Intercalando el bocado y la palabra, el curador habla de la sospecha que tiene sobre el romance pasajero que vivieron la bailarina Gloria Campobello y Orozco, tema que siempre discutió con Carlos Monsiváis, quien aseguraba que fueron amantes toda la vida.

De pronto, Cervantes recuerda la acuarela Neptuno, Venus y Cupido, “en la que hay una celebración al amor”.

–¿Cuál es la diferencia entre un genio y un artista exitoso?
Miguel Cervantes levanta su mano y la mueve precisa: “la caligrafía, la expresión, la danza de la mano”.

Para saber

-Muchas de las piezas no se encontraron y otras no se prestaron, tanto de colecciones privadas como públicas. Las razones fueron: malas experiencias de los propietarios (porque no confían en que las instituciones de Gobierno cuiden las obras de arte), que estaban comprometidas para otras exposiciones, por conflictos legales y porque el hijo del pintor, Clemente Orozco Valladares, no quiso prestar.

-Por conflictos legales con la familia, el catálogo de la exposición no se puede vender en la tienda del Cabañas. Y sobre la antología crítica, cuidada por Ernesto Lumbreras, se ignora si en algún momento estará a la venta.

-Para realizar la exposición, el Bufete Larrea realizó una investigación de derechos de autor de la obra de Orozco y determinó que toda la obra realizada antes del 29 de enero de 1945, es de dominio público.

-En una ciudad de más de cuatro millones de habitantes, sólo 50 mil personas han visitado Pintura y Verdad.

-Axa es la empresa aseguradora de las obras de arte. El costo fue de dos millones de pesos.

-La muestra impactó en el mercado del arte. Patrick Charpenel pone como ejemplo la pieza que se vendió recientemente en un millón de dólares.

 

Fuente: Informador

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