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Entrevistas - May 25, 2010

Una artesana zacatecana: Bricia Favela Astraín y su vida entre flores de fibra de maguey (3ª parte)

Aldama, Zacatecas. Tantas remembranzas, tanta vida ha acumulado esta generosa mujer que, de repente, quisiera poder compartirlas todas, deshilvanar las hebras abundantes de su prodigiosa memoria o elegir con precisión la que podría resultar más interesante o cercana a su corazón.

Tenía una trenzota, gruesota…

Mire, mis hermanos, uno se llamaba Juan, no, fueron Alfonso, Bruno, Juan, Estanislado (sic) y Ángel, eran cinco, y mis hermanas, Juana, María –la mamá de la sobrina que me enseñó a hacer flores–, Irene, Evangelina y yo, Bricia. Sí, mi nombre no es muy conocido, lo sacaron del Calendario Galván, porque es el día de mi santo, porque me preguntan: “Oye, ¿por qué te pusieron así, Bricia?”. Les digo porque así traiba, así me pusieron, no era muy conocido, pero ora sí ya hay muchas, ahí en mi pueblo, hasta tengo una nietecita que también se llama Bricia.

Sí, le digo, de todos mis hermanos sólo quedo yo, ay, mis sobrinos me quieren mucho, me siento feliz también porque viera cómo me quieren, mucho me quieren, los de mis hermanos, los de mis hermanas, los hijos de mis sobrinos, todos me quieren mucho. Sí, cómo no, yo también me casé, tengo tres hijos, me quedan dos, una hija y un hijo, porque hace seis años se me accidentó un hijo, que fue la razón por la que se me acabó mi trenza, tenía mi trenzota, mire, gruesota, se me acabó desde que se me accidentó mi hijo. Bueno, ése es pretexto, ya a mi edad también es otro para que se me acabe mi pelo, pero lo tenía hasta aquí (me señala más abajo de la cintura), negro negro, fuimos trenzonas todas mis hermanas y yo, todas, las cinco, yo creo que porque mi papá hacía trenzas [ríe], creo que por eso, luego de pelo ondulado, de pelo más lacio somos yo y María… Ah, sí, al caballo le quitaban el pelo de la crin y de la cola, lo tuzan, le nombran que los van a tuzar, y le vuelve a salir, le crece el pelo.

A él le gustaban mucho las mujeres

¿Mi marido?, ora verá, ya después de que yo me casé, a los 24 años, y viví con mi marido (guarda silencio un momento, como si pensara qué palabras decir)… Él se dedicaba a agricultor, trabajaba con personas, como con un doctor, cuidándole las labores, con él duró diecisiete años, pero nosotros no duramos mucho, nomás tenemos tres hijos: Efraín, Francisco Antonio –que fue el que se accidentó, mi hijo– y mi hija Edelmira. No, nos divorciamos, nos separamos nada más, nos llevábamos bien, pero a él le gustaban mucho las mujeres, por esa razón yo le dije: “Mira, yo no voy a… te digo, si vamos a vivir juntos, por nuestros hijos, porque nos queremos, vamos a procurar vivir lo mejor que podamos, y si no se puede, hasta aquí”.

Vivimos poco juntos, como nueve años, nos dejamos, él andaba con otra, y así no, le dije: “Mira, tú por tu camino, a mí déjame”, yo me recogí a vivir con mi mamá, entonces yo me hice cargo, ya mi mamá estaba señora grande, ella fue muy trabajadora, mi madre, pero en ese tiempo ya no trabajaba, pero me ayudó tanto señor, como usted no tiene una idea, cuando ya me separé de mi esposo, me ayudó tanto que… Yo dedicada a hacer las flores, yo madrugaba a hacerlas, había días que me levantaba a hacerlas a las tres de la mañana. Mi sobrina que me enseñó se llamaba Juanita Favela Favela, hija de mi hermana María, ella me platicaba que la enseñó una señora ya viejecita que le decían Turninita, ella no sabía cómo se llamaba, y falta lo mero bueno que platicarle de la flor, mire, la flor…

Mi hermano no podía comer nadita

Ah, bueno, entonces nos separamos, me fui a mi casa, me hice cargo de mi mamá y de mi hermano porque él estaba enfermo, él murió de 35 años, mire, empezó a enfermarse de postemillas, de muelas, que salen por dentro, eran como llagas por dentro, más fuertes que el fuego, que es aquí (se toca el labio), lo de él era muy fuerte, duraba hasta tres meses sin poder comer ni beber nadita, y al grado de que este huesito (me muestra la encía) como que se le estaba pudriendo, ya le olía mal, por la infección.

Luego un doctor que se llamaba Ricardo Balanzario, era de [ciudad de] México, pero fue a dar a Juan Aldama y allá se casó, le operó, le rajó, le rascó el hueso, le curó y se alivió de eso, mi hermano, pero quedó con otro problema, que ya le había dado anemia muy fuerte, de la anemia llega al grado de entrar la tuberculosis, ay, porque él no podía comer nadita, no podía comer ni dormir, en la noche se salía desesperado, se acostaba en el piso, de la dolencia, le digo que a nosotros nos parece una cosa tan sencilla una enfermedad de una postemilla, yo le tengo horror, le avanzó, así le pasó a él, pos sí lo curó Balanzario, pero le dijo: “Ya esto se curó, pero viene lo difícil, por la falta de alimento…”, y se murió mi hermano de 35 años, él no se casó, yo creo que por lo mismo de la enfermedad, qué difícil.

Aquí tú eres el hombre porque arrimas todo

Entonces cuando me casé ya sabía hacer las flores, pero cuando ya me vine a mi casa, ya con mi familia, con mis hijos, pos ya no tenía de otra más que ponerme a trabajar, hacer flores. Pero mi madre, haga de cuenta que yo arrimaba para que ella hiciera de almorzar, de comer, de todo, entonces decía mi amá: “Hágase de cuenta que tú aquí eres el hombre porque arrimas todo”, pero ella se entendía de lavar, de planchar, de hacerles de comer a mis criaturas, y yo a la flor, pero déjeme le digo que aquí es cuando viene lo mero bueno de la flor, porque en esa temporada hubo una crisis muy fuerte en Juan Aldama por la razón de que ahí se vive de la agricultura, ahí se siembra maíz, frijol, trigo, y se vino esa helada muy fuerte, fuertísimo, como tres años seguidos, así que la flor de maguey fue la que sacó… no le quiero mentir, pero más de 35 años, adelante a Juan Aldama, ahí mucha gente sabe trabajar la flor, ahí había personas que se dedicaban a sacar la flor a vender a Tamaulipas, a Chihuahua… Luego ellos se dedicaban a comprarme a mí y a todititas, a todas las que hacían flores en Juan Aldama, ahí se enseñó la gente por grave necesidad, le digo a una comadre mía, ella es de Sinaloa: “Oiga, comadre, ¿por qué aprendió a hacer flores si usted no es de aquí?”. Dice: “El hambre, con mis criaturas…”.

El maguey tiene mucha utilidad

¿Que si sembramos magueyes? Hay mucho maguey todavía, nos acabamos magueyeras completas, ya no se vuelven a sembrar, los jóvenes, los hombres de ahora ya no, entonces sí, que quebraban por decirle diez magueyes, si los quebran (sic)… Bueno, le tengo tanta plática que lo voy a aburrir. Mire, en aquellos años que no había escasez en Juan Aldama se usaba que ponían mielera, ponían cada año, para este tiempo hay mucha miel de maguey, ponían mielera, para venderla, es la temporada, quebran en febrero, marzo y abril, ésos son meses de vender aguamiel, miel y todo eso.

Entonces yo veo que el maguey tiene mucha utilidad, mire, del maguey se saca el aguamiel, de ahí hacen la miel, de la miel hacen la conserva, hacen otro que se llama jarabe… No, no hacen pulque, es otra clase de maguey, la aguamiel de allá está muy buena, mire, del maguey, antes de la flor, antes de todo eso, quebraban el maguey para el aguamiel, y ya dura unos días y lo despencan, porque no dura mucho dando aguamiel, lo despencan y… de la penca gruesa, bueno, el que está quitando el maguey sentado, de aquí salen las pencas, le cortan y queda la pencota gruesa, la cortan de ahí y queda la piña sola, pos la cocían y era quiote de piña, y luego el mezcal de la penca, y otro maguey el que va a quiotar echa el quiote grueso, también lo cocen (sic) y lo utilizan, el mezcal es para comerse, en rebanadas, y de quiote y mezcal de piña, la fibra nomás sale del centro del maguey, tengo fotos, pero pos allá, en Juan Aldama.

En aquellos años tiraban los jocollos

Entonces cuando yo ya saqué la fibra, el jocollo es este, lo corta uno, yo antes los cortaba, pero ahora ya no puedo, tenía uno su cuchillo y cuándo pos qué iba a comprar los jocollos. En aquellos años que le digo los tiraban, pero después ya no, los vendían. Luego deshoja uno el jocollo con cuidado para que no se rompa, como tiene espinas al tiempo de zocarlo se rasguña y se quiebra, lo saca con cuidado y con una… en aquellos tiempos usaba uno navaja de rasurar, ahora ya no, yo compro un exacto [cúter] con una navajita y le quito así (ilustra con movimientos de sus manos todo el proceso descrito), nosotros allá le nombramos fibra de maguey, aquí dicen que cutícula, pues yo digo es lo mismo, y se le corta, aquí, aquí y aquí, se le levanta ahí y se le estira y sale hasta arriba, si lo sabe sacar, si no, se rasga, si no, no importa, también se ocupa, y luego se dobla, se enrolla como está este papelito, ahí lo pongo y así lo voy enrollando, para ponerlo a secar porque si lo dejo que se seque después se quiebra al enrollarlo, y así no, mire, así lo voy poniendo.

Yo tengo cajas de maguey sacado, que en una caja así caben diez jocollos grandes, ya le digo que las personas que nos compraban la flor eran don Jesús Favela, bueno, la primeritita a la que yo le entregué mis flores fue a doña Cuca Acosta, a don Nieves, hijo de ella, a una hija, Chona Acosta, a don Jesús Favela, a Teo Ramírez, a Aurelio Peña, a Erasmo Peña, todos se dedicaban a la venta de las flores en otros lugares… El jocollo lo compro, depende de cómo esté, a unos 20, lo más 30 pesos, mire, más bien decir cuántas flores saco de aquel jocollo, también depende porque si hago flor chiquita saco muchas, pero si hago rosal de ése (me muestra uno a la venta en el IDEAZ), se ocupa más maguey. La flor la vendo a diez pesos aquí, no sé a cómo la venden ellos.

Las conocen tanto que saben cuando no son de mis flores

Mire, cuando yo me enseñé a hacer flores iba con mi sobrina porque yo no tenía los fierros, pero como poco a poco fui ganando me hice de mi herramienta para trabajar y ya me dediqué a trabajar en mi casa, pero bendito mi Padre Santo que tuve tanta venta de flor que ya no completé con las mías, yo compraba de la gente que hacía para poder surtir porque yo tenía pedidos de Reynosa, de Río Bravo. En 1956, fui a enseñar a un grupo de gentes a Camargo, Tamaulipas, allá hay un maguey más grueso, pero sí se trabaja, me pagaron para que fuera, me pagó cada una de las que fui a enseñar, sí me convino porque conocí… hasta la fecha, una de las que aprendieron a hacer flor de maguey es mi clienta, me compra unas dos, tres mil flores, todavía orita, orita las tengo de encargo, tres mil. Tengo dos nueras que ya saben hacer la flor y compro, pero, mire, conocen tanto mis flores que una señora de ahí, de Río Grande, me dice, me decía, Dios la tenga en paz, ya murió: “Todas las que haigas hecho tú, cuéntamelas”, y yo se las contaba porque le gustaban más, y los señores que me compraban flor, que les hacía tanta de diferente, decían: “Pero, mire, parece que la gente sabe”, y compraban no nomás a mí, a todo mundo le compraban, pero ponían unas cuantas y decían: “Pero escogen las suyas…”, que me decía don Aurelio Peña: “oiga, qué tiene su mano”.

La flor de maguey me ha dejado la satisfacción de no depender de nadie

Mire, por decirle, la flor se lleva mucho tiempo porque tiene que sacar el maguey, que pintarlo, que cortarlo, que plancharlo y ya para amarrarla, pos en un ratito le hago unas cincuenta, amarradas, terminadas en todo el día, ya teniendo todo esto, si son chiquitas en una hora, póngale en una hora le amarro unas cincuenta, si es botoncito. La flor de maguey me ha dejado mucha satisfacción de sacar a mi familia adelante, de vivir hasta ahorita sin depender de nadie, hasta ahorita, sin pedirle a nadie de mis hijos: “Oye, necesito zapatos, necesito medias, necesito con qué peinarme”, nada, al contrario, ahorita ya les ayudo poco, porque ya no trabajo como antes, pero cuando yo pude…

Ya me cansa, ya le digo, tengo 78 años, no crea que 78 son poquitos… Yo aprendí a trabajar en papel, también hago los arreglos, hay mucha gente que hace flor, pero no arreglos, yo vendería uno como a 350 pesos, dura ahí lo que lo cuide, más de un año duran, porque éste no se puede mojar, se desbarata, se encoge el maguey porque es fibra natural, la humedad también le afecta. Ah, le digo que me enseñé del papel crepé, muy bonitas flores, me daban ganas de traer… Son experiencias bien bonitas, tengo plática para todita la semana…

El tiempo transcurre inexorablemente y a doña Bricia la espera otra mujer y a mí otra entrevista, por lo que tenemos que concluir la sabrosa charla, pero me invita a ir a Juan Aldama, a su casa, para ver las fotos, para conocer cómo hace las flores. Le digo que me encanta la idea de visitarla y que, si puedo, con gusto voy para poder hablar más, para conocer más de esta mujer zacatecana que en más de un aspecto es un ejemplo por imitar. “Vaya, ahí toda la gente me conoce, nomás pregunte por mí”. Sí, Dios quiera que un día pueda pasar más horas con esta artesana que también ha hecho de su vida una flor hermosa, maravillosa, digna de permanecer muchos años en nuestra memoria, en nuestro corazón.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

Foto: Doña Bricia arreglando unas flores de cutícula de maguey en el IDEAZ, donde están a la venta.
Azteca 21/Gregorio Martínez M.

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