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Inolvidables - May 5, 2010

Agustín Yáñez, autor de la mayor trilogía sobre el campo mexicano

novedosa técnica, precursora de la novela moderna en México.

Yáñez fue, además, un notable educador y político. Ejerció diversos cargos públicos, entre éstos la gubernatura de su estado natal y fue titular de la Secretaría de Educación Pública; además de autor de una importante obra literaria que abarca la novela, el cuento y el ensayo, entre otros géneros.

Hoy que se cumplen 106 años de su nacimiento, Conaculta rinde homenaje al autor de la mayor trilogía sobre el campo mexicano: Al filo del agua; La tierra pródiga (1960) y Las tierras flacas (1962). Su vida y obra son reflejo de su peregrinar entre la literatura y la política, entre las “provincias” y la gran metrópoli.

“A diferencia de otros escritores, Yáñez alcanza la universalidad mediante la descripción y la acción de lo que sucede en la provincia”, asegura el crítico literario Emmanuel Carballo, quien consignó en su libro Protagonistas de la literatura mexicana (Lecturas Mexicanas, segunda serie, 1986) las conversaciones que sostuvo con el escritor en los años sesenta.

La obra de Yáñez, asegura Carballo; “vale por la unción y penetración con que están vistos la gente y los paisajes de la provincia; por la manera en la que ahonda en los conflictos de los personajes, a primera vista sencillos y tal vez simples; por el lenguaje, regional y aun municipal en sus cimientos, suyo, universal y artístico en su elaboración definitiva”.

Así, Al filo del agua actualiza y reelabora en nuestras letras las técnicas narrativas de grandes autores como Joyce (Finnegans Wake), Kafka (El Proceso) y Claudel, que el autor frecuentaba desde su juventud en Guadalajara, y de las cuales se publicaron traducciones en Bandera de provincias (1929-1930), la revista que fundó junto con  Alfonso Gutiérrez Hermosillo y otros jóvenes escritores.

Con motivo del 30 aniversario de la publicación de Al filo del agua, en 1977, Emmanuel Carballo resumió los valores que hicieron única a esta novela “punto y aparte en la prosa mexicana”: “Yáñez consigue en ella lo que no pudieron obtener los novelistas que usan este tema (la Revolución Mexicana): una partida de nacimiento y un acta de defunción… Es decir, agota a fuerza de ser excelente las posibilidades del tema y abre la puerta a los nuevos asuntos que vendrían a sustituirlo”.

La docencia y la política

“Las dos constantes en la vida de Agustín Yáñez fueron la docencia, producto de su infatigable apego al estudio; así como la honestidad y la disciplina en el campo de la política porque, aunque algunos lo pongan en duda, fue un excelente político”, asegura el doctor en derecho, Juan Manuel González Camarena, quien trabajó bajo las órdenes de Yáñez en la Secretaría de Educación, como director general de Administración.

Originario del mismo lugar donde nació Agustín Yáñez, el barrio del Santuario en Guadalajara, González Camarena estuvo en contacto en varios periodos de la vida del escritor y “lo frecuenté en el último trecho de su vida, durante 12 años, hasta que falleció”. Recordó que también, el escritor y político “accedió a ser padrino de nuestra generación de abogados (1958-1963)”, de la Facultad de Derecho de la Universidad de Guadalajara.

También en 1978 acompañó a Yáñez al pueblo de sus ancestros, Yahualica, Jalisco, para inaugurar una escultura conmemorativa de Al filo del agua, obra de Miguel Miramontes y realizada en cantera de la región. “Al acto acudió —abunda— el entonces gobernador Alberto Orozco Romero. Llegó en helicóptero, y fue uno de los últimos actos de su gobierno. Por cierto, esa escultura ha tenido una suerte extraña, porque la han cambiado de ubicación por lo menos en tres ocasiones, ahora creo que está a la salida del pueblo, por la carretera que va a Nochistlán”.

El también abogado enumera algunos de sus logros como gobernador: Fundó la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad estatal, además de la Escuela de Trabajo Social y la Biblioteca Pública, en Guadalajara. También construyó la Escuela Normal y la Casa de la Cultura, y las preparatorias de Ciudad Guzmán y Lagos de Moreno.

Como secretario de Educación Pública, nunca sintió la “sombra” de predecesor, el también escritor Jaime Torres Bodet, de hecho fue gran amigo y lo nombró en 1960 representante de México ante la XI Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), que se realizó en París, para que don Agustín “pudiera, finalmente, viajar a Europa”.

—¿A qué atribuye la destreza técnica de la literatura de Yáñez?, —se le cuestiona a González Camarena.

—Pocos recuerdan que Agustín Yáñez fue un dedicado profesor de literatura toda su vida. Incluso, cuando ya lo habían nombrado secretario de Educación, unos meses siguió yendo a dar clases a la preparatoria y la Facultad de Filosofía y Letras. Además, como escritor, desde muy joven se impuso la disciplina de escribir por las noches. En alguna ocasión me contó que siendo estudiante, llegaba a su cuarto, cenaba dos vasos de leche y un plátano y se ponía a escribir obsesivamente, a veces hasta 47 páginas de un tirón.

En efecto, Yáñez inició su actividad docente a los 19 años en su ciudad natal en la Escuela Normal para Señoritas. Tres años después, sin dejar la normal, impartió clases en la Preparatoria José Paz Camacho y en 1931 ingresó como catedrático a la Escuela Preparatoria de la Universidad de Guadalajara. En Nayarit fue director de Educación Primaria y primer rector del Instituto del Estado. En la ciudad de México tuvo desde 1932 las asignaturas de castellano y literatura en la Escuela Nacional Preparatoria, también trabajó como docente en el Colegio de la Paz Vizcaínas, en la Universidad Gabino Barreda, en secundarias y preparatorias de la Secretaría de Educación Pública, en la Universidad Femenina y en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Maestro del estilo

Desde muy joven, Agustín Yáñez demostró una seria preocupación por las cuestión del estilo literario, aunque él negara que éste lo gobernara y centrara sus afanes en encontrar “la respiración” adecuada para sus personajes. Marcado por la vanguardia literaria de su tiempo (Dos Passos, Joyce, Kafka, Faulkner), también gozó de una sólida formación literaria en nuestra lengua, desde López Velarde hasta Valle Inclán, desde Azorín hasta López Portillo… y también frecuentó la obra de Juan Ramón Jiménez, García Lorca, Alberti y un largo etcétera.

Su deuda con el pensamiento mexicano, la pagó Yáñez en 1951 con su tesis de maestría en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, que llevó por título Don Justo Sierra: su vida, sus ideas y su obra, con la cual recibió la mención cum laude por parte de sus sinodales Edmundo O’Gorman, Samuel Ramos y José Gaos, entre otros.

Su fuerte autocrítica, llevó a Yáñez a sacar de su bibliografía sus textos publicados antes de 1930, por considerarlos “experimentos fallidos, simples ejercicios escolares”. En dicho año, se publicó el cuento “Baralipton”, en la revista Campo, de Guadalajara, que prosiguió a la notable Gaceta de Provincias.

Muchas de sus preocupaciones en cuanto a la forma de sus textos literarios se las confió en entrevista a Emmanuel Carballo (Protagonistas…): “Un libro debe de ser un organismo en el que cada una de sus partes cumpla una función específica… Yo no pienso mucho en la función del estilo, ya que lo entiendo como una respiración orgánica, de tal manera que no es algo que se premedita sino más bien una consecuencia”.

Sobre la técnica de la novela y a propósito de La creación (1959) Yáñez acotó: “…yo no hago planes anteriores que me permitan saber el final de la composición, pero una vez que he puesto en marcha a los personajes procuro darle a la obra sentido arquitectónico. Pretendo que cada uno de los elementos significativos y aun de expresión responda a la idea general, al tono de cada una de las partes. Encontrar el tono es uno de los problemas que más arduamente me plantea el trabajo”.

Carballo pregunta: ¿Cómo concibe el estilo?, y Yáñez recalca: “La respiración de todos mis libros, y acaso de cada una de sus páginas, es diferente, ya que los caracteres, la geografía y la historia son en ellos distintos”. Más adelante zanja: “Mi preceptiva se compendia en dos términos: disciplina en busca de precisión”.

Agustín Yáñez fue miembro de El Colegio Nacional (1952) y la Academia Mexicana de la Lengua (1953). En 1973 recibió el Premio Nacional de Ciencia y Artes, en el campo de Lingüística y Literatura. Algunas de sus obras, arriba no mencionadas, son Genio y figuras de Guadalajara (1941), Flor de juegos antiguos (1942), Archipiélago de mujeres (1943), Ojerosa y pintada (1960) y Las vueltas del tiempo (1975).
JLB    

Fuente: (CONACULTA)

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