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Libros - April 16, 2010

“Nuevo tiempo de arena”, libro que compendia cinco lustros del quehacer fotográfico de Víctor Flores Olea

recientes. En síntesis, compendia un arco de vida que cubre cinco lustros.

El volumen, editado por la Dirección de Publicaciones de Conaculta, con prólogo de Ernesto Lumbreras, se presenta hoy jueves 15 de abril a las 19:00 horas en el Centro de la Imagen, Plaza de la Ciudadela 2, Centro Histórico, con los comentarios de Alejandro Castellanos, Rodrigo Moya, Pedro Valtierra, Juan Carlos Cruz Elorza en calidad de moderador y el autor.

En su presentación, Flores Olea afirma que para muchos, Nuevo tiempo de arena es irregular por su contenido y temática. Pero desde su punto de vista, en la fotografía hay infinidad de relaciones no evidentes que vinculan las imágenes, pero en este caso quiso ver el agua, el líquido que en París es tema fundamental por el río que lo atraviesa y que en Venecia es su vida misma, su forma de ser y vivir a través del tiempo.

El ex titular de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM, es subsecretario de Cultura de la SEP y ex presidente de Conaculta, rechaza que se trate de un libro de viajes, aunque sí un libro en el que ha querido detener el tiempo del viaje, en algunos de sus instantes, de dos ciudades que tanto han significado para él a lo largo de su vida.

“En París he tenido la fortuna de vivir por tiempos apreciables, en Venecia no pero siempre ha sido un imán al que he vuelto en cada oportunidad que se me ha ofrecido. Los instantes han sido fugitivos, el libro permanece con las imágenes. En color y en blanco y negro, según los humores, y hasta las modas del tiempo: en todo caso, la mezcla es una combinación espontánea”, explica.

Algunas de las fotografías reunidas en el libro ya han sido publicadas. La mayoría de las imágenes que Flores Olea ahora presenta, desde su punto de vista integran un corpus más coherente y acabado.

En el prólogo a Nuevo tiempo de arena, Ernesto Lumbreras afirma que la cámara de Víctor Flores Olea repasa el imaginario veneciano y trasciende el color local sin rehuir los tópicos del color local; los leones alados, las góndolas, las máscaras de carnaval, las cúpulas de San Marcos o los sepulcros del cementerio resucitan en la lente del fotógrafo –durante una fracción de segundo en el tiempo de arena- para prolongar su resistencia contra el progreso y los fanatismos mediáticos, Leviatanes más funestos que el siroco o las mareas.

¿Cómo se toma una foto en la Ciudad Luz?, se pregunta Lumbreras.  Y responde: “la historia de la fotografía ha pasado por las calles de París. Las fotos de Henri Cartier-Bresson, las de Brasaï, las de André Kertész, las de Philippe Gaitrand o las de Robert Doisneau son una antevíspera para cualquier fotógrafo que venga aquí a jugar y soñar con el arte de la luz. Víctor Flores Olea explora las conjugaciones de esos dos verbos con la conciencia y la inocencia de saber por dónde camina, en qué ciudad convoca el inesperado encuentro entre el ojo humano y la realidad hechizada”.

“Y sí, el artista mexicano trama un juego visual con sus collages callejeros –fijado en el muy nouvelle vague blanco y negro-donde se integran en un todo imágenes de paseantes, aparadores, artífices del dolce fare niente, encuentros idílicos y aterradores y, desde luego, las inevitables imposiciones de la poesía del azar. La parte onírica de Nuevo tiempo de arena se compone de fotos donde el elemento evocativo tiende a disolver y ocultar –y a veces, también, a descomponer y a desdoblar– el modelo mismo que la lente recrea; entonces nos encontramos con las fotos en color sobre los aparadores de la moda parisina que reúne la vida quieta de los maniquís mejor vestidos del globo con la vida meditabunda del paisaje urbano; con la veladura arbórea que nos permite entrever Notre Dame y con la carrocería de un vehículo oscuro que refleja un templo gótico, una bella composición de arte abstracto no obstante la identidad de los volúmenes”, apunta.

A decir del autor del prólogo, en ese segundo capítulo la ciudad es un modelo que muestra el día a día de sus habitantes; el fotógrafo sabe hacer la crónica visual de la cita, el cortejo y las caricias de los enamorados en la ciudad del amor; de los que regresan de sus labores diurnas y de los que van a encontrarse con la noche o será al revés porque se trata de esa hora cuando se confunde el amanecer con el atardecer.

Esa misma cámara, esa misma sensibilidad –observa– toma con gusto escultórico puentes, plazas y edificios emblemáticos de París acercándose con gracia a la intención del formato de las tarjetas postales.

“La liberación cultural del fotógrafo mexicano reside en un ejercicio de liviandad e inocencia –ese grado cero de la creación según Barthes– capaz de establecer un borroneo absoluto de toda iconografía anterior a la que él, observador in fabula, está disponiéndose a incorporar al inventario del mundo. Por lo mismo, tanto el capítulo veneciano como el parisino rebosan de espontaneidad, desenfado, atrevimiento lúdico, gozo elemental del flâneur que sale sin rumbo fijo y con la disponibilidad del asombro al alcance de un clic”, concluye Lumbreras.
AMS    

Fuente: (CONACULTA)

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