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Inolvidables - April 16, 2010

Pedro Infante sigue latiendo en el corazón de México a 53 años de su muerte

quincena, mayor movimiento de personas, tránsito lento, contaminación… Sin embargo, como cada año, acudieron miles de admiradores del Hijo Predilecto de Sinaloa, nacido, según Miguel Infante, en El Rosario, registrado en Mazatlán y autoproclamado oriundo de Guamúchil. Puro Sinaloa, pues.

Desde muy temprana hora, pasadas las seis de la mañana, los infantistas de más hueso colorado ya estaban ingresando al panteón, según me comentó una amiga. Poco a poco, iban llegando más personas, algunas solas, otras acompañadas, varias familias. También los vendedores de innumerables objetos relacionados con Pedrito, tales como vasos, palmeras, fotos, cuadros, discos, casetes, películas, libros… Algunos muy bellos, de colección; la mayoría, para alimentar el fuego perenne del mito entre el pueblo, que éste es el que, a más de medio siglo de su muerte, no lo baja de su inalcanzable nicho. Muchos de estos objetos se verían bien en el Museo de Pedro Infante que no hay en esta ciudad.

La tumba lucía primorosamente arreglada: una corona preciosa de flores blancas y el nombre “Pedro” de flores rojas en el centro; el busto del también aviador, obra del escultor Octavio Ponzanelli, según don Froilán Flores, presidente del Club de Admiradores, lucía un moño tricolor en el cuello. Abajo, un cuadro con el artista más popular en la historia de América Latina personificado de Tizoc y doña Refugio, su madre. A un lado, una corona floral con una cinta morada con el nombre de Ismael Rodríguez. Debajo de ésta, al parecer, una portada de la revista “Life” con el rostro sonriente del hombre más añorado de este país nostálgico. Varias fotos de escenas de películas del cantante y actor, en la que sobresale una con su “Chorreada”, la muy querida por sus admiradores, Blanca Estela Pavón, cuya tumba está a unos pasos de la de “El Torito”. Sobre el mármol, una bandera de México y, encima de ésta, unas rosas rojas sueltas, dispersas sobre la nieve del blanco. Un par de veladoras sin encender. El altar del ídolo.

Entre los asistentes se destacan algunos extranjeros, pocos; unos tres de aspecto europeo o canadiense; una pareja de japoneses –¿o chinos?–, una familia gringa; ¿vendrían a México expresamente al aniversario luctuoso? Hay casos, claro. ¿Por qué no visitar la tumba de tu ídolo a la vez que conoces esta ciudad giganta, hermosa? También un señor norteño, que trae una camisa bordada con el nombre de Pedro Infante y de numerosos artistas que compartieron créditos en muchas de las películas del más oveja negra de “Los tres García”. También se lee “53 aniversario de Pedro Infante. 1957-2010. Nuevo Laredo, Tamaulipas, presente”. El hombre se llama Manuel de Jesús y viene exclusivamente a rendirle homenaje a Pedro. También hay personas que vinieron de Villahermosa, de Puebla, de Pachuca, como don Manuel, que se viste de Tizoc y no le falla a Periquín desde hace muchos años.

El sol sigue su ascenso en el firmamento y el calor aumenta. La gente no deja de llegar a rendir tributo a su ídolo ni los vendedores de instalar más puestos o de brotar los fotógrafos de recuerdos instantáneos. No hay cámaras de las televisoras grandes de este país. Ya es casi el mediodía y algunos operarios apenas concluyen de instalar el templete, de colocar una lona alusiva y de afinar el sonido; esto en el pasillo aledaño a la tumba, pues la conmemoración ya no se hace próxima a aquélla, como hace años. Hay quizás doscientas, trescientas sillas, ocupadas en su totalidad. Muchos cientos de personas deambulan de un lado a otro, otras tantas están dispersas bajo la sombra de los árboles. Algunas comen, otras beben, un guitarrista canta con un amigo las canciones de Pedro. Un hombre vestido de charro, como cada año, se pasea ebrio por todos lados, con una botella de mezcal en la mano.

Un hombre asegura que hay menos gente que el año pasado y lo atribuye a que es jueves, entre semana. Lo cierto es que, alrededor de las 13 horas, debe de haber unas mil personas. En el templete, desde el filo del mediodía, comenzó el desfile de artistas. Ya no está la camioneta de “La más perrona”, estación radiofónica que ha contribuido a mantener latente el recuerdo del sinaloense. Abundan los hombres con el tipo de corte de cabello y bigote a la Pedro Infante. Hay lonas impresas a color del Club de Admiradores, de la familia Briones Infante. Conforme pasa el tiempo, el calor no disminuye ni el flujo de personas que se retiran y que llegan. Una verbena popular. Varios miles durante todo el día.

Entre los cantantes que recordaron con sus interpretaciones a uno de los mexicanos universales están José Julián, Lorenzo Negrete, Lupita Infante, Pedro Onofre, Ernesto Infante, acompañados por el Mariachi de la Secretaría de Marina; y Yolanda Morán, El Gallo de Michoacán, Raúl Neri, Rosarito, Hugo “El Caporal” y muchos más, que formaban una larga fila para subir al escenario, apoyados por el mariachi México Lindo.

La tarde seguía preciosa, disminuyó un tanto el calor, así como la cantidad de personas. Pero la fiesta continuó. No sé hasta qué horas. Había buen ambiente, brindis por aquí y por allá. Muchos amigos, casi una misma familia, como si hubiéramos perdido al mismo padre. Al forjador de un tipo de ser mexicano, que aún perdura, pero ¿hasta cuándo? ¿O acaso será, como estaba rotulado en una de las varias playeras alusivas: “Por siempre y para siempre… Pedro Infante”? Quién sabe, lo que sí sé, sabemos, es que hoy, actualmente, Pedro Infante sigue latiendo en el corazón de México.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

Foto: Así lucía hoy la tumba del inmortal artista mexicano.
Azteca 21/Gregorio Martínez M.

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